La venganza de Fu Manchú

Un factor que no se ha tenido en cuenta puede explicar la determinación de Puigdemont: la venganza. La venganza política

Foto: (Imagen: EC)
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Carles Puigdemont ha decidido jugar hasta el final su única baza: ser presidente o forzar elecciones. ¿El motivo? Simple y sencillo. O es presidente o se convierte en un jarrón chino, tipo Felipe González. Influyente pero intrascendente. Y además en el 'exilio' belga. En una palabra: amortizado.

Su victoria electoral, inesperada ante la tendencia marcada por los sondeos a favor de los republicanos, ha marcado el rumbo posterior: o Puigdemont o Puigdemont. Otro candidato sería aceptar el marco mental del 155. 'Ergo' ser un traidor a la causa presidencial.

Pero la posición numantina de Puigdemont, ¿a qué se debe? ¿O él o el caos? Un factor que no se ha tenido en cuenta puede explicar la determinación de Puigdemont: la venganza. La venganza política.

Volvamos al 26 de octubre. Puigdemont ya ha decidido convocar elecciones y frenar la aplicación del artículo 155. El día anterior la reunión en el Palau de la Generalitat ha sido tormentosa. Según las crónicas, Marta Rovira ha sido la punta de lanza para impedir la disolución del Parlament ante el silencio cómplice de Oriol Junqueras.

Jueves 26. Puigdemont convoca una rueda de prensa para anunciar la convocatoria de elecciones. Y la presión vuelve a hacerse presente. Tuit asesino de Gabriel Rufián: 155 monedas de plata. Judas Puigdemont. Estudiantes ante el Palau que gritan traidor. Presión interna al presidente que, finalmente, cede.

Viernes 27. El Parlament asiste a un acto de proclamación de la república pero sin proclamarla y, además, en voto secreto de los diputados secesionistas. En Boston y en París, los patriotas se estarían removiendo en sus tumbas revolucionarias.

La continuación se conoce. Puigdemont se instala en Bruselas. Entra en fase insurreccional, no aceptar la autoridad del Estado, abre una web del gobierno de la república, se postula como candidato y gana a ERC las elecciones, previa destrucción de su partido, el PDeCAT. E inicia su acoso y derribo a Esquerra y a Junqueras: restituir al presidente legítimo. No se puede gobernar Cataluña desde la cárcel. Prefiero ser presidente antes que presidiario. Investidura telemática o por diputado delegado. El relato de hierro ya está escrito. Puigdemont igual a democracia.

Es cierto que la interpretación del Tribunal Constitucional ha dejado un margen muy estrecho a Puigdemont al bloquear las posibles salidas a su investidura como presidente. Pero solo tiene una salida: ser presidente.

ERC ha quedado atrapada por el error estratégico que cometió el jueves 26 de octubre, y Puigdemont con la fuerza de las urnas no va a consentir que haya otro candidato. Tiene 15 diputados incondicionales que son la minoría de bloqueo de cualquier solución. Y, a diferencia de Artur Mas, Puigdemont sabe que apartarse significa quedarse en Bruselas como eurodiputado durante 20 años pero convirtiéndose en un jarrón chino camino de la estatua política.

Estamos asistiendo a un acto de supervivencia política, cierto, pero con los rasgos de la venganza. Recuerda aquellas viejas películas de serie B en blanco y negro de los años treinta de Fu Manchú, personaje creado por Sax Rohmer. Si Fu Manchú representaba el llamado 'peligro amarillo', Puigdemont representa el bucle infinito del 'procés'. Hemos visionado 'La máscara de Fu Manchú' y 'Los tambores de Fu Manchú'. Ahora vamos a asistir a La venganza de Fu Manchú. ¿Hasta cuándo seguiremos en las películas de serie B?

*Gabriel Colomé, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Tribuna

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