Gobierno de Donald Trump: Desinformación: más que un problema de seguridad

Desinformación: más que un problema de seguridad

A mi modo de ver, este problema ni es nuevo, ni se limita a las noticias falsas ni es solo un problema de seguridad, sino algo mucho más peligroso

Foto: El presidente de Rusia, Vladimir Putin, conversa con su homólogo estadounidense, Donald Trump. (Reuters)
El presidente de Rusia, Vladimir Putin, conversa con su homólogo estadounidense, Donald Trump. (Reuters)

Si algo tenemos que agradecer al presidente de Rusia, Vladimir Putin, es que haya colocado el problema de la desinformación en un lugar destacado de todas las agendas políticas de Occidente. La implicación rusa en la elaboración y propagación de noticias falsas ha hecho que salten las alarmas en los centros del poder y de la seguridad. Se ha visto como lo que es: parte de una estrategia hostil con la que Moscú pretende librar esta especie de nueva Guerra Fría. Dada la fuerza claramente disminuida de la Rusia de hoy en comparación con la Unión Soviética de antaño, a Putin no le queda otra que las amenazas mixtas, que reservan las acciones militares para su entorno más cercano mientras trata de desestabilizar Occidente mediante la intoxicación propagandística adaptada al entorno digital del siglo XXI.

¿Y por qué tenemos que agradecer al presidente ruso esta forma de agresión? Porque, a mi modo de ver, el problema de la desinformación ni es nuevo, ni se limita a las noticias falsas ni es solo un problema de seguridad, sino algo mucho más peligroso. La actual desinformación no funciona igual que las mentiras de toda la vida. Ahora no se trata tanto de engañar como de sembrar desconfianza entre los ciudadanos. No es necesario que se crean aquello que el equipo de Trump llamó “hechos alternativos”, basta con que dejen de creerse los hechos reales, sin apellidos. Cuando no sabemos a quién creer, nos inclinaremos por la versión que mejor se acomode a nuestros propios prejuicios o que confirme lo que ya pensábamos. Cuando esto sucede, aumenta la polarización, se resiente la convivencia y prosperan los populismos. Punto para el Kremlin.

Pero sucede algo todavía peor. La democracia liberal se basa en la idea de que son los ciudadanos los que deciden, con su voz y con su voto, las políticas del país. No se espera que acierten (que acertemos) siempre en un mundo tan complejo e incierto, pero sí se confía en que las decisiones estén basadas en hechos ciertos, en la verdad. Cuando no hay verdad (o hay demasiadas verdades), cuando no hay forma de ponerse de acuerdo siquiera en lo que está sucediendo, entonces es muy fácil cuestionar las bases de la democracia. Cualquier cínico puede decir: “Para eso, dejadlo todo en mis manos”. Que viene a ser, en realidad, lo que Putin lleva cerca de 20 años diciendo a los rusos.

A regímenes como el de Rusia los llamamos ahora 'democracias iliberales'. No es mi papel enmendar la plana a los académicos, pero me siento más cómoda hablando de Rusia como de un régimen autoritario. Putin ha despojado a la democracia de sus valores deliberativos, la ha reducido a un mecanismo de sanción del poder. Dejando a un lado fraudes y manipulaciones electorales (que ya es mucho dejar), su visión política no deja espacio para la virtud cívica. Algo parecido podría ocurrir en Occidente si no afrontamos el problema de la desinformación. No creo que la democracia sea un simple mecanismo incruento de legitimación o traspaso del poder. Es un sistema que permite al ciudadano ejercer sus libertades y que lo hace responsable de sus decisiones. ¿Dónde quedan libertad y responsabilidad cuando ya no hay hechos en los que basarse?

No se espera que acierten (acertemos) siempre en un mundo tan complejo, pero sí se confía en que las decisiones estén basadas en hechos ciertos

La virtud cívica siempre estuvo ligada a la educación más que a la legislación. Creo que la propuesta del presidente Macron de legislar contra la desinformación es digna de ser estudiada, pero es posible que tenga razón el grupo de expertos de la Comisión Europea cuando en su informe recomiendan tener cuidado con esto y, en cambio, señalan la necesidad de aumentar la alfabetización digital y mediática de la población.

En las escuelas ya se habla de las redes sociales y de sus peligros. Los niños reciben charlas sobre cómo proteger su intimidad y cómo evitar el ciberacoso o diferentes formas de chantaje. En cambio, no se les explica que a través de sus dispositivos se les están colando patrañas que ellos ayudan a difundir. Fomentar el espíritu crítico siempre fue un principio esencial de la educación. No se trata tanto de decirles “esto es verdad” o “esto es mentira” como de darles las herramientas necesarias para aprender a separar información de desinformación, hechos de fantasías, verdad de mentira.

Y no se trata solo de política. El movimiento antivacunas, los defensores de supuestas medicinas alternativas que no curan a nadie y los inventores de teorías de la conspiración no están necesariamente subvencionados con el oro de Moscú, pero sus falsedades tienen consecuencias reales en la salud y en el bienestar de los ciudadanos. Todos los que comparten un bulo creen que ellos son los críticos, los que de verdad saben, los que no se tragan las mentiras oficiales. ¿Se está enseñando en las escuelas que el espíritu crítico empieza por cuestionarnos a nosotros mismos, por desconfiar de aquello que nos da la razón? ¿Saben los alumnos lo que es la disonancia cognitiva, la cámara de eco o el sesgo de confirmación? ¿Tienen las herramientas necesarias?

Por supuesto, el debate sobre seguridad y desinformación sigue siendo imprescindible, pero sería un error quedarnos solo ahí. Hoy son Facebook y WhatsApp, mañana será otra plataforma, y los 'hechos alternativos' tomarán otro cariz. Pero si conseguimos formar a los ciudadanos de hoy y de mañana para tomar con cautela los mensajes que reciben, para distinguir las fuentes fiables de las que no lo son y para desconfiar de sus propios prejuicios, estaremos haciendo algo mucho más importante que combatir a Putin: estaremos fortaleciendo la democracia.

*Beatriz Becerra es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa (ALDE).

Tribuna

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