Ni 'fake' ni 'news', sino posverdad

El propósito que se le atribuye a la operación rusa de diseminación de "noticias falsas" ha sido el de influir en varios escenarios mundiales de creación de opinión pública

Foto: 'Fake news'.
'Fake news'.

Desde 2017, desde diversas instancias tanto de Gobierno como de medios de comunicación se están realizando esfuerzos para visibilizar el riesgo y crear conciencia sobre la amenaza que podrían representar las denominadas "noticias falsas", las 'fake news'.

Al tiempo que se está intentando ejercer pedagogía sobre los retos a que se enfrenta la prensa para continuar desempeñando, en la era de la intoxicación informativa de las redes sociales, el papel de fiscalizador de los poderes públicos y de información del ciudadano para dotarle de la mejor información disponible para que adopte sus decisiones democráticas en la mayor cota de libertad posible, se ha venido advirtiendo de posibles operaciones de injerencia rusa consistentes en usar redes sociales —principalmente Twitter y Facebook— para inocular a través de ellas noticias de prensa con versiones distorsionadas de la realidad.

Esas realidades distorsionadas han sido calificadas de "noticias falsas", tratando de subrayar con el calificativo que el instrumento principal de la operación de manipulación han sido las noticias —por tanto, la información producida por medios de prensa— y que las informaciones distribuidas eran falsas, es decir, no se ajustaban a la verdad, esto es, no representaban la realidad.

Vladimir Putin y Donald Trump en un encuentro en el G20, en julio. (Reuters)
Vladimir Putin y Donald Trump en un encuentro en el G20, en julio. (Reuters)

El propósito que se ha venido atribuyendo a la operación rusa de diseminación de "noticias falsas" ha sido el de influir en varios escenarios mundiales de creación de opinión pública, principalmente procesos electorales en países considerados de Occidente —referéndum independentista en Cataluña, Brexit en Reino Unido o elecciones presidenciales en EEUU— con el objetivo final de alimentar al ciudadano con informaciones que le llevaran a apoyar opciones políticas que contribuyeran a la desestabilización política de esos países.

El planteamiento de fondo en este propósito atribuido a Rusia es que el debilitamiento de los sistemas democráticos de Occidente, mediante el triunfo de opciones políticas desestabilizadoras —triunfo derivado de decisiones adoptadas por ciudadanos influidos por informaciones sobre la realidad consumidas a través de un tráfico tergiversado de información en redes sociales— revertiría en mayor capacidad de Rusia para posicionarse en procesos geopolíticos globales: una especie de reformulación moderna del típico refrán "a río democrático revuelto, ganancia de pescadores rusos".

Sin embargo, primero el triunfo electoral de Donald Trump en 2016 y posteriormente el caso Cambridge Analytica, con Facebook en medio de ambos, nos están sugiriendo que el río revuelto de las 'fake news' puede no ser más que una parte de la aguas, en realidad un subconjunto, como es finalmente todo río que tiene que desembocar en el conjunto que lo contiene, que en este caso sería un mar de posverdad.

Tal como el propio gurú digital de Trump, Brad Parscale, ha subrayado en varias ocasiones y el caso Cambridge Analytica ha confirmado, una de las claves sobre las que dice la verdad oficial que se asienta la presidencia de Donald Trump es el 'microtargeting' de Facebook: la capacidad de segmentar y dirigir al máximo nivel de precisión individual contenidos al receptor final que encajen, o mariden mejor, con los intereses que ese usuario tiene definidos en su perfil de Facebook. De este modo, mediante el 'microtargeting' los asesores de campaña de Trump habrían dirigido contenidos producidos por su maquinaria electoral y medios de prensa afines a través de mecanismos de publicidad (los 'ads') contratados en Facebook que llegarían a la pantalla de cada votante individual sintonizando con sus emociones e intereses. Eso es la posverdad.

A efectos de riesgo para los sistemas políticos y sociales, es mucho más relevante centrar esfuerzos en defender los principios democráticos de las tácticas, técnicas y procedimientos de la posverdad que quedarse en las 'fake news', que a la postre no son más que un epifenómeno de la posverdad y que, además de la amenaza que pueden representar en sí mismas las noticias falsas, tienen el efecto perverso de distraernos del núcleo del problema.

Las noticias falsas son una máscara de la posverdad, una especie de versión ciberespacial de la operación Fortitude, que en la Segunda Guerra Mundial pretendía hacer creer a los alemanes que el desembarco aliado iba a producirse por Calais cuando en realidad fue por Normandía: las 'fake news' son el Calais de la Normandía de la posverdad.

El nudo gordiano del periodismo actual es cómo continuar cumpliendo su función de servicio de inteligencia del ciudadano

Trump y su campaña electoral nos han regalado el mejor caso de uso de la posverdad: la distorsión de la realidad para crear una versión que alimente las pulsiones emocionales de un determinado grupo poblacional para que ese colectivo tome decisiones (emocionales) sobre realidades (tergiversadas) que conduzcan a la sociedad en una determinada dirección (interesada).

Aunque a veces nos despistemos entre tanta información y entre tanto concepto para interpretarla, el debate y dilema reales del periodismo tradicional en las últimas décadas no son cómo pasar del negocio de papel al digital reduciendo costes con los mismos niveles y estándares de calidad informativa. El nudo gordiano del periodismo actual es cómo continuar cumpliendo su función de servicio de inteligencia del ciudadano (la mejor información para la mejor decisión) compitiendo con terabytes de contenidos digitales informativos que inundan la limitada atención de los usuarios, de la población. Expresándolo de otra manera: el reto aquí es lograr que los controles que la prensa tradicional tiene establecidos para asegurar la verdad tengan mayor eficiencia que los controles que los proveedores de contenidos digitales ejercen sobre las redes sociales en tanto canales de distribución de contenidos de posverdad. O dicho más en claro: el objetivo es que la mayor parte ciudadanos en las democracias continúen consumiendo periodismo de calidad incluso a través de Facebook y Twitter. El reto es lograr que los nuevos ciudadanos digitales naveguen por los ríos del mismo periodismo tradicional compitiendo con las aguas mucho más caudalosas de la posverdad.

El centro de la cuestión no es la mentira, sino la verdad, y la prueba de fuego para las democracias en los futuros que nos esperan dominados por la información en el ciberespacio es saber si tendrán capacidad para producir una realidad con una verdad no manipulada que contrarreste intereses antidemocráticos en lo político o anti-emancipadores en lo social.

De momento, el estado actual de la situación nos sugiere que vamos por el camino contrario. Tras responder bastante ambigua y evasivamente en comparecencias escritas en la Comisión de Inteligencia del Senado de EEUU a finales de 2017 sobre las injerencias rusas, Facebook, Twitter y Google nos despistaron simplemente bloqueando ads publicitarios de empresas rusas (como si el asunto tuviera solo que ver con eso) mientras en el primer tercio de 2018 la realidad se empeñaba en señalarnos que la pista de aterrizaje (o de despegue) está en la posverdad de Cambrigde Analytica.

Recientemente, Facebook ha elegido Barcelona para instalar su centro mundial de filtrado de 'fake news', sugiriéndonos explícitamente que serán los criterios de la operadora de redes sociales los que discriminen lo "falso" en las informaciones que a través de su red llegan al ciudadano, e implícitamente que el problema es discernir la mentira de la verdad; cuando en realidad, el problema para el ciudadano del ciberespacio es diferenciar la verdad de la posverdad, la realidad democrática y colectiva de la realidad tergiversada alimentada por intereses individuales que pretenden adueñarse de la emancipación democrática.

La Torre Glòries de Barcelona, donde se instalarán las oficinas de Facebook que controlarán las 'fake news'. (EFE)
La Torre Glòries de Barcelona, donde se instalarán las oficinas de Facebook que controlarán las 'fake news'. (EFE)

El riesgo real para las democracias en el futuro no serán los populismos ni los neofascismos, sino una mayoría de la masa ciudadana decidiendo a través de contenidos que ni se han generado ni se han distribuido por medios de prensa con vocación de contrapoder —cuarto poder— democrático. En eso no han cambiado ni cambiarán las democracias modernas: continuarán teniendo al periodismo como salvaguarda del ciudadano para adoptar decisiones políticas. Sin embargo, en la era de la posverdad, el periodismo tendrá que lograr que sus contenidos reflejen la verdad hasta donde el método periodístico permita afinarla; para ello, va de suyo concluir que el primer requisito de un medio de prensa será su independencia de poderes empresariales y políticos pues, caso contrario, la prensa se convertirá en una factoría de producción de posverdad y las redes sociales en sus canales de distribución al consumidor final.

*Andrés Montero es presidente de la Fundación Concepto, una de cuyas líneas de trabajo es la computación del ciberespacio.

Tribuna
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