'Gangs of Barcelona'

El destino de la capital catalana, archivo de la cortesía y ciudad de los prodigios, es tan incierto hoy como era el de Nueva York en 1863

Foto: Los autodenominados comités de defensa de la república (CDR), en una manifestación en favor de la independencia. (EFE)
Los autodenominados comités de defensa de la república (CDR), en una manifestación en favor de la independencia. (EFE)

Barcelona se adentra en otro otoño caliente de confrontación civil y política. El guion, a grandes rasgos, lo conocemos de sobra. Es un guion que se asemeja inusitadamente al largometraje 'Gangs of New York', del director italoamericano Martin Scorsese. Estrenada en 2002 y con la riqueza visual que caracteriza a su director, la película es una alegoría del conflicto étnico y una reflexión sobre las transformaciones históricas y sus fricciones que toda sociedad antes o después debe afrontar.

La acción se desarrolla en las calles de la Nueva York de la segunda mitad del siglo XIX y narra los enfrentamientos entre dos grupos: los 'nativistas', liderados por Bill el carnicero, interpretado por un magistral Daniel Day-Lewis, y los 'nuevos americanos', cuyo personaje principal, encarnado por Leonardo DiCaprio, es hijo de un antiguo líder irlandés asesinado por Bill. Los nativistas se arrogan el control de los barrios bajos de Manhattan por derecho de nacimiento y se ven a sí mismos como los herederos de la épica política que dio luz a los Estados Unidos. Los segundos son inmigrantes irlandeses, holandeses, católicos, etc., recién llegados o de segunda generación, que alimentan la mezcolanza social que con el tiempo será la seña de identidad de la Nueva York global y cosmopolita que conocemos.

Fotograma de 'Gangs of New York'.
Fotograma de 'Gangs of New York'.

Salvando indudables diferencias, las analogías con la tensión política en Cataluña son múltiples. La equivalencia es evidente: por un parte está la Cataluña interior, monolingüe y homogénea y en control de las instituciones. Frente a ellos, la Cataluña costera, bilingüe y urbana de naturaleza mestiza y cambiante donde la aceptación de identidades múltiples es la norma. Hay también semejanzas en la narrativa nativista: convencidos de ser custodios de un legado superior al interés individual. Intuyen el ritmo vertiginoso de la inmigración de la época y sufren la ansiedad existencial de verse diluidos cultural y lingüísticamente en su propio país.

Al igual que en Cataluña, la confrontación se traslada a la arena política. Los nuevos americanos son conscientes de su marginación y reclaman una presencia en las instituciones en consonancia con sus números. Los nativistas se resisten: para Bill, los nuevos americanos son sospechosos de albergar lealtades foráneas por no ser descendientes directos de los primeros colonos. Les tolera siempre y cuando se asimilen en una relación de subordinación, pero manteniendo el estigma de su origen y apellido foráneo. Y reserva el peor castigo a los que desafían su hegemonía: cuando un irlandés consigue ser elegido 'sheriff', Bill le degüella sin que la multitud que lo presencia se oponga.

Y por supuesto, el tema principal de la película: la lucha por 'la calle' y la importancia de los símbolos. Los nativistas consideran como suyos ciertos barrios y lo demuestran con marchas en grupo en las que ostentan su poder. Cuando el personaje de DiCaprio cuelga el emblema proscrito de su clan en mitad de una plaza nativista, el efecto es inmediato: la Manhattan mestiza acude al llamamiento y se enfrenta a los nativistas que exigen responder a la osadía.

Evidentemente hay importantes diferencias. Afortunadamente, la teatralización de la tensión en la Cataluña de nuestros días no alcanza el mismo nivel de violencia. Pero la película de Scorsese entraña dos importantes lecciones que son plenamente aplicables al caso catalán.

La primera yace en la pequeñez y futilidad de estos enfrentamientos en el contexto de las grandes cuestiones de cada época. En la película, el trasfondo histórico son los 'disturbios del alistamiento' de 1863 ante la guerra civil americana. En una magistral escena de una sola toma, Scorsese muestra cómo inmigrantes irlandeses recién llegados son reclutados y poco después, provistos de uniforme, son reembarcados rumbo a los sangrientos campos de batalla del sur. Lincoln no podía permitirse prescindir de ningún recurso en el esfuerzo bélico del norte. El mensaje es que a pesar del foco de la película en el cainismo callejero, lo que estaba en juego en aquel momento era en realidad la abolición de la esclavitud y la unión de la nación americana.

Afortunadamente, la tensión en la Cataluña de nuestros días no alcanza el mismo nivel de violencia que en 'Gangs o New York'

Algo similar ocurre en Cataluña: nuestra atención, talento y energía se desperdician en un conflicto social interno que nos impide apreciar, comprender y actuar frente a las fuerzas globales que determinan nuestro futuro. Este mismo mensaje lo volvemos a encontrar en la última escena: Bill es enterrado junto al padre de DiCaprio. Ambos, nativista e irlandés, comparten cementerio y vemos cómo sus lápidas envejecen devoradas por la vegetación. Mientras, el paisaje de Nueva York evoluciona con toda su energía y vitalidad en una alegoría de la promesa de prosperidad que aguarda a las sociedades que se liberan de estériles deudas identitarias.

La segunda lección la encontramos en la escena clave de la película. Nativistas y nuevos americanos se enfrentan en una gran batalla final. Solo se consigue evitar la aniquilación mutua cuando el ejército de la Unión, sofocando otros disturbios a cañonazos, disuelve la reyerta y hiere mortalmente al líder nativista. Es una fuerza externa la que resuelve el empate entre los dos bandos, pero lo inesperado de la intervención demuestra que no era inevitable ¿Qué hubiese ocurrido si el ejército no hubiese intervenido?, ¿y si hubiese sido el líder irlandés el herido de muerte? Hoy, la derrota nativista nos parece congruente con la realidad de los Estados Unidos, pero extrapolar esta tendencia al futuro es un peligrosísimo error. La Historia es siempre retrospectiva y nunca una fórmula de lo ineludible. En Cataluña, ninguna fuerza externa ha hecho acto de presencia y, mientras, batallas similares emergen en otros lugares. El destino de Barcelona, archivo de la cortesía y ciudad de los prodigios, es tan incierto hoy como era el de Nueva York en 1863.

*Toni Timoner es economista de riesgo global en una institución financiera en Londres y máster por la SAIS-Universidad Johns Hopkins en Washington, DC.

*Luis Quiroga es socio y director de un fondo de inversión en Londres y máster por la Universidad de Georgetown en Washington, DC.

Tribuna

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