La Constitución, o la obra de muchas cabezas y muchas manos

Cuando pienso en nuestra Constitución, pienso en esas otras muchas cabezas y manos a quienes debemos extender el honor de habernos dejado, con sus virtudes y sus defectos.

Foto: Detalle de un ejemplar de la Constitución. (EFE)
Detalle de un ejemplar de la Constitución. (EFE)

Para un aniversario, 40 es un número extraño. No suele festejarse. Si se celebra, es porque hay muchas ganas de celebrar. O porque, aunque no toque, conviene celebrar. Este podría ser el caso del XL aniversario de nuestra Constitución, que presenta desde hace tiempo síntomas de fatiga y hasta algún que otro apunte de crisis. Por lo mismo, este pequeño homenaje por fuerza ha de sonar algo extraño.

La situación actual de nuestro sistema constitucional no es fácil. En realidad, nunca lo fue. Nació marcada por una transición algo menos modélica de lo que habitualmente se da en proclamar, con alguna que otra hipoteca, con más de un 'aparcamiento' o postergación, con tabúes y sobreentendidos en torno a decisiones políticas fundamentales, que evidenciaban la debilidad inicial de las fuerzas genuinamente democráticas. Para quienes habían luchado contra el régimen del 18 de julio no era la Constitución soñada, republicana, pero era tal vez la mejor de las constituciones posibles, lo más que se podía alcanzar en el escenario creado a la muerte de Franco —con tanto sacrificio como durante tanto tiempo se había hecho—.

Nuestros constituyentes, más los que venían de luchar contra Franco, no lo tuvieron tampoco fácil. Tuvieron que luchar por serlo, porque las primeras Cortes elegidas libremente no tenían un mandato de esa clase, y hubieron de sortear, en todo caso, muchas resistencias, muchas líneas rojas, dar muchos circunloquios, dejar no pocas cláusulas excesivamente abiertas, si no vacías. Inevitablemente, el resultado dejó algo que desear en cuanto a rigor jurídico y a la misma elegancia de estilo, pero políticamente, a la larga, pasó la prueba.

Justo es reconocer el trabajo de los siete diputados que, convenientemente seleccionados desde arriba y con claro predominio de la derecha, integraron la ponencia constitucional encargada de redactar desde dentro del Parlamento el anteproyecto de Constitución. Trabajaron bien y, en definitiva, supieron llevar a término el encargo recibido. Su empeño ha sido justamente reconocido. Todos han pasado a nuestra pequeña historia como los 'padres' de la Constitución, un título que tal vez exagera un punto el papel preparatorio de la ponencia, pero que sobre todo no hace justicia, sin que ellos tengan arte ni parte en ello, a tantos otros protagonistas de la Constitución.

El título de 'padre' es en sí mismo algo pretencioso. No es, por ello, raro que uno de los más auténticos 'founding fathers' de la inaugural Constitución estadounidense, James Madison, rechazara, con modestia republicana, que se le tratara como 'the writer' de esa magna ley. No era falsa modestia, ni lo hacía por su natural timidez. Si entendía que era un honor que no le era dable aceptar, solo se debía a su respetuoso convencimiento, que expresó con profundas y bellas palabras poco antes de morir a una muy avanzada edad, de que “a diferencia de la diosa mitológica de la Sabiduría, la Constitución no es el retoño de un único cerebro, sino la obra de muchas cabezas y muchas manos”.

Por eso, cuando pienso en nuestra Constitución, y más en una ocasión conmemorativa como esta, pienso en esas otras muchas cabezas y manos a quienes debemos extender, con uno u otro título, el honor de habernos dejado, con sus defectos, la Constitución de 1978. Pienso en Fernando Abril y en Alfonso Guerra, que con no menor dedicación y responsabilidad que los ponentes, de alguna manera gobernaban, a través de los ponentes de sus partidos, los trabajos de ese selecto gremio. No es justo que los olvidemos, aunque ellos en algún momento habrán perdonado con cierta ironía ese olvido. Ni que olvidemos a los centenares de diputados y senadores que continuaron y culminaron el trabajo de los ponentes y llevaron a referéndum popular la obra constituyente. Todos son tan 'padres' de la Constitución como los ponentes.

Ni a otros protagonistas políticos, académicos, funcionarios, ciudadanos que igualmente contribuyeron inicialmente al éxito de la redacción de la Constitución. Entre ellos, pienso en el catedrático Francisco Rubio Llorente, letrado asesor de la ponencia constitucional, a cuyo servicio puso no solo su inmensa sabiduría e inteligencia sino su ilimitada capacidad de trabajo y todo su apasionamiento.

No hace muchos días, precisamente, sobre Rubio se ha referido como el “octavo padre” de la Constitución un conocido político, o expolítico, extremeño. Rubio lo habría agradecido, pero, como Madison, lo habría rechazado calladamente. Su maestro Manuel García-Pelayo, desde fuera de España, en su templado exilio republicano, sin participar directamente en el trabajo político parlamentario de redacción, había hecho tanto por mantener viva la llama de la Constitución y la cultura constitucional durante los peores tiempos de la dictadura que no lo merecía menos.

Pero, si cabe, aun con más reciedumbre, se habría sentido incomodado con el halago. O Eduardo García de Enterría, el jurista de deslumbrante personalidad, desde la cátedra, la abogacía y alguna de las instituciones más abiertas de la España de la época anterior a la Constitución. Rubio, como don Manuel García-Pelayo o García de Enterría, además, siguió siendo determinante en la puesta en práctica y desarrollo de la Constitución. Son solo ejemplos, que se podrían alargar sin rubor, porque la Constitución, en definitiva, fue obra de muchos y de todos, de todos los ciudadanos que lucharon por ella, aunque algunos tristemente no hubieran de verla realizada.

Hace falta una actualización, más que una simple reforma. Una revisión, más que reformas puntuales. El problema es que la Constitución no lo facilita

Un total de 40 años después, el desequilibrio político originario que marcó la Constitución se ha ido atenuando, ciertamente, hasta casi desaparecer. Nuestro sistema constitucional se ha homologado con los de las grandes democracias europeas, y la Constitución, con sus defectos e insuficiencias, ha servido para crear un marco estable de convivencia al que nadie quiere renunciar sin más.

Pero la Constitución hoy en día no atraviesa por sus mejores momentos. A los defectos originarios, que aún se siguen percibiendo con fuerza, se suman otros nuevos, algunos debidos al desgaste inevitable de los ya cuatro decenios transcurridos. Unos y otros han afectado a puntos neurálgicos del sistema constitucional: a la institución monárquica, siempre de problemática compaginación con la lógica democrática; al propio sistema de separación de poderes, que sufre continuamente embates desde los ejecutivos, lo mismo estatal que autonómicos, agravados por una deriva partitocrática que lamentablemente ha contagiado pronto a los nuevos actores políticos; a la constitución territorial, desarrollada a partir de un confuso, impracticable, Título VIII de la Constitución que ha exigido un extenuante trabajo de reacomodación a cargo del Tribunal Constitucional, que —de manera generalizada, y no solo por el conflicto catalán— no admite ya más remiendos ni más interpretación.

Hoy haría falta, más que un consenso como el de 1978, personalidades como las que entonces supieron llevar adelante el proyecto nacional

Hace falta una actualización, más que una simple reforma, de la Constitución. Una revisión, más que reformas puntuales y alicortas. El problema es que la Constitución no lo facilita. Hoy haría falta, más que un consenso como el que supuestamente se dio en 1978, personalidades como las que entonces supieron llevar adelante el proyecto nacional.

Personas con el impulso y la humanidad de Adolfo Suárez, la inteligencia y habilidad o la sabiduría y las ideas de los protagonistas que hemos mentado y de otros que sin pretenderlo hemos injustamente omitido. Sin personas meritorias como esas estaríamos en una posición casi peor que cuando empezamos la andadura constituyente. El problema es el de siempre, el que ya identificó Unamuno: que “el instrumento con el que los hombres hacen hombres son las ideas, pero sin hombres no hacen ideas las ideas”. Pero los hay —hombres, e ideas—. Entre los jóvenes y entre los viejos. Hay que buscarlos.

*Jaime Nicolás Muñiz, administrador civil del Estado y constitucionalista.

Tribuna
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