La identidad y el futuro

La identidad es la circunstancia de ser una persona o cosa en concreto y no otra, determinada por un conjunto de rasgos o características que la diferencian de otras

Foto: Manifestación independentista. (Reuters)
Manifestación independentista. (Reuters)

Basta echar un vistazo a la desalentadora literatura que se derrama en estas jornadas preelectorales, visible en programas, críticas, entrevistas o análisis, para captar la cardinalidad que se da al tema de la identidad, como eje de nuestro presente y nuestro futuro, que “necesariamente”, según algunos, se habrá de construir partiendo de ella. Apañados estamos.

Siguiendo el diccionario, la identidad es la circunstancia de ser una persona o cosa en concreto y no otra, determinada por un conjunto de rasgos o características que la diferencian de otras. Vista así la cuestión, la identidad es una propiedad 'individual', que abarca una enormidad de dimensiones, desde aquellas mínimas y comunes que se recogen en el DNI o en el pasaporte hasta todo aquello que se integra en la personalidad de un sujeto. Es cierto que se producen acumulaciones de personalidades similares por razones varias, y así se generan culturas diferenciables integradas por valores, creencias, tradiciones, normas sociales, también el idioma, por supuesto, que conforman un grupo diferenciable, y de estudiar esas realidades se ocupa la antropología cultural. Ese conocimiento es necesario y enriquecedor.

Cuando en la disputa política se alude a la identidad, no se está pensando en eso, sino en otra cosa bien diferente, la llamada 'identidad nacional'

Evidentemente, cuando en la disputa política se alude a la identidad, no se está pensando en eso, sino en otra cosa bien diferente, que es la llamada 'identidad nacional', que poco tiene que ver con lo anterior, y que se construye a partir del sentimiento de pertenencia a un colectivo histórico y cultural, de base territorial más o menos amplia, con una vertebración social y política, que puede identificarse con un Estado o contra un Estado.

Tanto en un caso como en otro, las identidades políticas son ajenas al orden constitucional, y, según algunos, se caracterizan no porque el individuo las 'elija o asuma' sino porque están allí donde nace o vive, y solo puede elegir entre compartirlas o no hacerlo, asumiendo, en el segundo caso, las consecuencias de rechazo por parte de quienes sí las asumen, y que, en supuesta coherencia con su credo, no aceptarán a quien no comparta sus filias y sus fobias, sus fanatismos, las supuestas o reales glorias, victorias, derrotas, etc. que configuran su carácter histórico y presente (que ayer y hoy se puedan fundir en la misma cosa es otro motivo de preocupación). A ello se pueden añadir 'sub-características', como el fatalismo o el victimismo.

Una mujer, con un paraguas de la bandera de España. (EFE)
Una mujer, con un paraguas de la bandera de España. (EFE)

A esta altura de este pequeño comentario, quien me haga el honor de leerlo supondrá que me estoy refiriendo solo al sentimiento identitario catalán, y se equivocará, pues me refiero a todas las identidades nacionales, y en nuestra realidad social y política sería absurdo no traer a escena tanto la catalana como otras, así como, por supuesto, la española, que, por su parte, atesora tantos fanatismos como injustos insultos recibe.

Asumido que la identidad nacional es un hecho que existe, a ese reconocimiento se le pueden añadir algunas consideraciones, no sobre su legitimidad, faltaría más, sino sobre los modos de proyectarse sobre el individuo y sobre los que no la comparten. En cuanto a lo que significa para cada persona, he leído que no se trata de una 'religión' que se tiene o no se tiene, sino que es algo más, que existe por encima de los individuos, que está presente y debe ser aceptada como marco referencial de la vida colectiva en todas sus dimensiones. Se trata pues de un marco obligatorio, con plena independencia de cuántos sean los que lo comparten.

Cuando se oyen algunas censuras amenazantes provenientes de la política, que cantan 'soluciones drásticas', la desesperanza se enseñorea

Cuando se llega al punto de la obligatoriedad de la aceptación del marco es cuando las cosas se tuercen más, porque la oferta, presentada como 'generosa', es muy clara: se tiene que aceptar todo lo que derive de ese marco, y bajo esas condiciones, que se plasmarán en un sinfín de consecuencias culturales y económicas, se permitirá vivir a los no creyentes, y a los creyentes se les inculcarán ideas extravagantes, para que consideren que solo la independencia da la segura felicidad, idea tan deformada como sería creer que una obra musical es más o menos bella según el origen del compositor, o que lo importante de un libro no es lo que dice sino el idioma en que lo diga, dislate en que incurren unos y otros, aunque ninguno lo diga expresamente. ¡Es tan bella la identidad!

Frente a eso se alzan, claro está, un sinfín de disidencias que hacen difícil la convivencia, salvada habitualmente por la mayoritaria buena voluntad de las personas. Pero cuando se oyen algunas censuras amenazantes provenientes de responsables de la política del Estado, que sin disimulo cantan las excelencias de las 'soluciones drásticas', la desesperanza se enseñorea entre los muchos que no aceptan que la identidad nacional sea una religión 'no elegible', con pretensiones teocráticas, pero que no tienen inconveniente alguno en respetarla si son respetados.

A esa gran cantidad de personas no les hace gracia la descalificación exclusivamente basada en otro patriotismo igualmente identitario, sino que desean que de una vez por todas se supere esta maldición hispana, de origen lejano, tema del que se han ocupado grandes historiadores con la autoridad de la que yo carezco, y se puedan priorizar los problemas de la vida colectiva, que no son pocos, en todos los órdenes: economía, trabajo, previsión social, salud, educación, justicia, bienestar, migración, problemas que comienzan a ser maltratados cuando se adjetivan, cual si su sentido dependiera de la clase de ciudadanos, sin asumir que si merecen tener esa categoría es porque son de todos.

Se dirá que la lengua, la educación y sus contenidos culturales son diferentes y que, en esa diferencia inicial, se instala fácilmente la radicalidad

Se dirá que la lengua, la educación y sus contenidos culturales son diferentes y que, en esa diferencia inicial, se instalan fácilmente la radicalidad y la deformación. Es cierto, y es muy difícil luchar contra la convicción de que una cultura solo sobrevive si niega otra que también está presente, incluyendo la lengua. Parece imposible conseguir algo tan simple como evitar la manipulación de la historia, que, aun teniendo modos alternativos de entenderla, registra hechos que no son discutibles, y, en todo caso, no se puede construir una vida colectiva acorde con los retos de nuestro tiempo exigiendo antes aclarar los abusos del Conde-Duque de Olivares o los perjuicios que supuestamente causó a Cataluña la llegada de Felipe V al trono español, a la vez que el otro invoca la traición de los catalanes a Felipe IV, ofreciendo el condado de Barcelona a Luis XIII, que, por cierto, se cobró bien la renuncia en el Tratado de los Pirineos quedándose con Rosellón, Conflent y Vallespir para compensar los gastos que le supuso la ocupación de Cataluña. Con ese debate tan 'actual' no se va a ninguna parte.

Por eso, y por otras muchas razones, cuando, como dije al principio, se lee y se oye decir que el problema de la identidad nacional es una de las cuestiones 'centrales' en el debate entre los partidos de cara al futuro, el españolito machadiano percibe otra fuente de enfriamiento del corazón, sin que eso suponga indiferencia ante la segura necesidad de modificar la solución que actualmente ofrece la Constitución para organizar las relaciones entre los territorios nacionales, y de estos con la Administración central.

No es mucho pedir que no se maneje el patriotismo como un opiáceo. Conseguirlo pasa por un esfuerzo que requiere que las responsabilidades públicas recaigan en personas de indiscutible preparación. En el mundo en que vivimos, se me dirá que no se puede discriminar al inepto, aunque quien lo diga no desearía que fuera un inepto quien le operara del corazón.

*Gonzalo Quintero Olivares es catedrático de Derecho Penal.

Tribuna

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