¿Por qué Madrid es de derechas?

Zonas bien comunicadas, con estaciones de metro, intercambiadores, rotondas y circunvalaciones para que los coches lleguen rápidamente a los centros comerciales

Foto: Calle de ensanche con edificios de pisos de poca altura y chalets en Torrejón. (Foto: Roberto Sánchez)
Calle de ensanche con edificios de pisos de poca altura y chalets en Torrejón. (Foto: Roberto Sánchez)

Estos días, desde muchos sectores de la izquierda y de la prensa madrileña se están buscando responsables de la derrota electoral, a la vez que se preguntan cómo es posible que pese a los casos de corrupción y el desgaste del PP, los votantes de centro derecha sigan siendo mayoría.

“¿Por qué suma la derecha en Madrid?”, preguntaba Pepa Bueno a Íñigo Errejón. Este hablaba de una cierta “antropología neoliberal” basada en las privatizaciones, la especulación y los impuestos bajos, que la derecha ha conseguido implantar como régimen en la Comunidad de Madrid. Esta idea no va desencaminada. Poco a poco y sin mucho ruido, la derecha ha conseguido completar con éxito uno de los mayores experimentos de ingeniería social de la historia de la España moderna. La población de Madrid y su área metropolitana es mayoritariamente de derechas porque durante más de dos décadas se ha planificado y construido un modelo social y económico que genera unas lógicas de comportamiento liberal-conservadoras.

Para crear una hegemonía de pensamiento individualista, la derecha ha utilizado cuatro herramientas fundamentales. Dos de ellas bien conocidas por los ciudadanos: la sanidad y la educación concertada y otras dos que casi siempre se mantienen en un segundo plano, el urbanismo y la política de vivienda. Uno de los principales fallos estratégicos de la izquierda, de sus políticos, asociaciones y prensa afín, ha sido centrar la mayor parte de su batalla cultural en criticar la educación concertada religiosa y segregada por sexos (cuyos usuarios generalmente no son sus votantes) y sobre todo las concesiones privadas de los nuevos y modernos hospitales, construidos por los gobiernos del PP en el área metropolitana.

Las asociaciones de vecinos, trabajadores y demás colectivos ven esos “escándalos” ante sus narices y ponen el grito en el cielo. Entonces la prensa se hace eco y los políticos de izquierda hacen declaraciones indignadísimos, y así vemos pasar las legislaturas, mientras la derecha se frota las manos. Porque la gran batalla no solo se libraba allí. Fuera del foco mediático, en la Comunidad de Madrid, sus casi siete millones de habitantes llevan años viendo con total naturalidad como con las leyes del PP se construían barrios y ciudades de poca densidad, mezclando zonas con bloques cerrados con piscina e hileras de chalets. Ciudades seguras, con mucha presencia policial y con modernos hospitales. Barrios con pocas tiendas y bares a pie de calle, con aceras limpias, parterres con flores y carriles bici. Zonas bien comunicadas, con estaciones de metro, intercambiadores, rotondas y circunvalaciones para que los coches lleguen rápidamente a los centros comerciales, universidades y colegios concertados.

En la Comunidad de Madrid casi siete millones de habitantes llevan años viendo con total naturalidad con las leyes del PP

En definitiva: la derecha ha construido un área metropolitana para una forma de vida burguesa, una suerte de sueño americano, al que casi cualquier madrileño independientemente de la clase social a la que se pertenezca podía acceder. Mientras a ojos de la izquierda se desmantelaba el estado de bienestar, al trabajador del extrarradio se le ganaba por la estética de vivir en ciudades limpias y dignas, y no en barrios obreros problemáticos. Lugares que fomentan el individualismo, donde es difícil conocer a los vecinos del barrio, y por tanto saber si se comparten los mismos problemas.

Tanto en los Planes Generales de los ayuntamientos, como en la Ley del Suelo de la comunidad, la izquierda lleva dos décadas a por uvas. Durante este tiempo no puso su maquinaria política y mediática para proponer otro modelo de ciudad alternativo. Ha perdido por incomparecencia. Porque nuevamente, en esos dos campos, el gran logro de la derecha fue conseguir que solo se hablase de los casos más vistosos: la venta de viviendas sociales a los fondos buitre, la excentricidad de Eurovegas, la Operación Chamartín y las operaciones Campamento y Mahou-Calderón (ambas con muchísima menos presencia).

Y ¿por qué la izquierda juega ya en campo contrario? Porque planificar cómo son nuestras ciudades y nuestras casas significa planificar cómo vamos a vivir, cuáles van a ser nuestras necesidades y prioridades, nuestros intereses del día a día y por lo tanto nuestra forma de pensar. ¿Vamos a necesitar coche porque no hay comercio de proximidad? ¿Vamos a bajar al jardín o a la piscina del edificio o tendremos que ir a una plaza o al polideportivo municipal?

En los años anteriores a la crisis, un concejal de Las Rozas explicaba lo siguiente respecto a la norma de construcción de edificios de viviendas con un máximo de 3 alturas, recogida en la Ley del Suelo durante el gobierno de Esperanza Aguirre: aquellas personas que viven en áticos con terraza y en bajos con jardín son potenciales votantes de derechas. Ante la creciente demanda, cuantas menos plantas tengan los edificios de viviendas, habrá que construir más edificios y por tanto habrá más proporción de gente viviendo en áticos y bajos. Este sistema implicó que la densidad de población fuese muy baja, haciendo poco rentable poner muchas tiendas a pie de calle para tan pocos vecinos. El comercio se concentró en centros comerciales --shopping malls-- que son los que pagaron las obras de urbanización.

La izquierda querría que no se vendiesen las viviendas protegidas para mantener un gran parque público de suelo y de viviendas

Incomprensiblemente han sido el PSOE, Podemos, Ecologistas en Acción y otras asociaciones vinculadas a la izquierda, quienes, en vez de denunciar que este modelo de urbanismo es un desastre medioambiental y elimina los tejidos comunitarios, durante buena parte de la última legislatura defendieron esa ley de tres alturas como herramienta para oponerse a operaciones puntuales muy vistosas como las torres del Calderón o de la Operación Chamartín. Utilizaban para ello algunos argumentos “de peso” como que los rascacielos son de derechas o que esas operaciones iban a gentrificar aún más los barrios del centro de Madrid. Siempre del centro de Madrid.

Pero fuera de la M-30 este modelo urbanístico no sólo no fue contestado con contundencia, sino que en buena medida se dio por hecho y se aceptó con total naturalidad. En Madrid capital, los ensanches de los 2000 y sus habitantes, el ahora llamado “cinturón naranja”, empiezan a ser objeto de estudio en los periódicos. Hablamos de Las Tablas, San Chinarro o Montecarmelo. A los que hay que añadir los que se siguen desarrollando en la periferia (Valdebebas, Ensanche de Vallecas, los Berrocales, Los Ahijones, etc.), en algunos casos del tamaño de capitales de provincia como Segovia, y en los que Ciudadanos ya es segunda fuerza. Este mismo fenómeno ha ocurrido en todos los ensanches construidos en las ciudades y pueblos de la región en los últimos veinte años. Algunos de ellos tan grandes como los de la capital. La otra cara de la derrota de la izquierda ha sido la política de vivienda.

Calle de ensanche con hileras de chalets en Torrejón. (Foto: Roberto Sánchez)
Calle de ensanche con hileras de chalets en Torrejón. (Foto: Roberto Sánchez)

La izquierda bohemia, sita en Malasaña y Lavapiés, ha dedicado casi todo su tiempo y energía a criticar los pisos turísticos (un problema que afecta principalmente al municipio de Madrid y concretamente al interior de la M30), y a proponer medidas contra la subida de los alquileres (recordemos que de alquiler vive solo en torno a un tercio de la población). Mientras tanto la derecha, a través de las empresas municipales de vivienda, cooperativas privadas y el IVIMA, llevaba décadas promoviendo viviendas protegidas en los nuevos barrios de la periferia. Viviendas que vendió o alquiló con opción a compra. Y esto es fundamental, pues es la diferencia entre crear una sociedad de inquilinos o de propietarios. La izquierda querría que no se vendiesen las viviendas protegidas para mantener un gran parque público de suelo y de viviendas en régimen de alquiler, para que funcionen como una herramienta política más del estado social, pero nuevamente ¿cuándo ha puesto su maquinaria en marcha para hacer pedagogía y ganar esa batalla?

La derecha tomó nota cuando en 1980 Margaret Thatcher le rompió el espinazo al partido laborista, privatizando las viviendas sociales y convirtiendo a sus 5 millones de inquilinos de clase trabajadora en propietarios de un piso en carísimas ciudades como Londres, lo que desplazó la mentalidad y los intereses de una parte de la base electoral del Labour hacia las lógicas neoliberales de la tercera vía. Y es que aquí también lo tienen complicado. En un país que la dictadura hizo “de propietarios”, ni PSOE ni Podemos han encontrado la forma de convencer a la ciudadanía de que ésto debería cambiar. Es muy difícil evitar que las políticas de vivienda pública y de alquiler sean vistas como medidas asistenciales. También lo es que la sociedad las prefiera a la situación actual, en la que las administraciones destinan recursos públicos a consolidar la clase media a través del acceso a la propiedad. En la región de Madrid, dos tercios de la vivienda protegida hecha en la etapa democrática han sido construidas por cooperativas o promotores inmobiliarios, es decir: por la iniciativa privada. La izquierda madrileña, sus partidos, radios, periódicos y televisiones se están enterando ahora de que perdieron la batalla por la hegemonía social hace más de veinte años, después de no haber puesto seriamente en cuestión la política de vivienda de la derecha y de comprarle su modelo urbanístico.

Tiene razón Íñigo Errejón cuando habla de “antropología neoliberal”. Durante casi treinta años la derecha ha creado un área metropolitana a su imagen y semejanza y ya son muchos cientos de miles los propietarios de clase media y trabajadora que, gracias al crédito, de forma individualista, a la norteamericana y muy a gusto. Un estilo de vida del que no escapan ni los que se erigen como líderes progresistas, que también disfrutan en barrios donde el espíritu comunitario se disuelve en un modelo social de urbanizaciones “con piscina y plaza de garaje”. Incluso cuando muchas de ellas, como en el caso del expropietario Ramón Espinar, son edificios de viviendas protegidas. Pero también los que viven en chalets con jardín, sea en Pozuelo, Galapagar u otras urbanizaciones del extrarradio, donde ya buena parte de sus habitantes van a comprar a centros comerciales, llevan a sus hijos a colegios concertados y van a trabajar al centro de Madrid en coche privado. Gente cuya forma de vida ya está muy alejada de la que en teoría defiende la izquierda.

Tribuna
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