Platós de televisión, ¿y de violación?

¿Asistimos a una violación en un horario de máxima audiencia y para todos los públicos? Los platós de los realities reemplazan ahora a los de Hollywood y ojalá se desate un 'MeToo'

Foto: Carlota y José María, en el salón de 'GH Revolution'. (Mediaset España)
Carlota y José María, en el salón de 'GH Revolution'. (Mediaset España)

En 2017 los concursantes de Gran Hermano (GH) celebraron una fiesta con alcohol, proporcionado por el programa. Al día siguiente, la única pareja que había establecido una “relación sentimental” abandonaba “la casa”: él, expulsado “por conducta intolerable”, según la productora; y ella, “voluntariamente”. Más tarde regresaría al programa.

Dos años después, una jueza debe resolver la denuncia que aquella chica interpuso a su antiguo “compañero” por un supuesto abuso sexual. ¿Asistimos a una violación en un horario de máxima audiencia y para todos los públicos? Los platós de los realities reemplazan ahora a los de Hollywood y ojalá se desate en ellos una campaña del 'MeToo'. Porque entonces sí denunciaría no solo los abusos de las profesionales liberales sino también de las trabajadoras más precarizadas... Y, sin embargo, más ensalzadas.

Que nos planteemos un caso de abuso sexual revela que la mal llamada telerrealidad es un fraude – pero bueno, entonces ¿no es real lo que vemos ?- y le arranca la careta de teledemocracia. GH arrancó en 2.000 de la mano de Telecinco, como supuesta plataforma pública que protagonizarían de las clases populares. Por fin, anunciaban, fijaríamos nuestras agendas de debate, sin paternalismos ni elitismos. En aquel “experimento sociológico” decidiríamos qué celebridad nos representaba, sin mediación alguna. Votando, en vivo y en directo: con los índices de audiencia, las “nominaciones” de expulsados y ganadores. Se trataba, en realidad, de los primeros estudios de mercado, pagados por el consumidor... ¡e incluyendo a menores!

Las productoras de realities no acatan la “votación popular” (ninguna cláusula les obliga a ello y no guardan registro oficial de los “sufragios”), pero le permite conocer las preferencias de la audiencia. Lo cual no implica hacerle caso. Guionizan una ingente cantidad de horas de grabación, obtenidas a precio de saldo. Y siguiendo la economía de la atención: generan la tensión creciente y el escándalo necesario para convocar el mayor número de televidentes. Pero cuidado, siempre que sea al mínimo coste.

Las productoras de realities no acatan la "votación popular" (ninguna cláusula les obliga a ello), pero les permite conocer las preferencias de la audiencia

La telerrealidad no es popular; sino, ante todo, lucrativa. Todas las encuestas demuestran que preferimos las series de ficción nacional. Así lo reconocía Mikel Lejarza, el director General de Telecinco que acabaría lanzando GH: “Nuestro objetivo no es luchar por el primer puesto de audiencia, sino ser los líderes de la rentabilidad económica”.

La fórmula, entonces, resulta evidente: ínfima calidad y máxima rentabilidad para aquellos que no pueden pagar una oferta mejor. Se obtiene desplegando (y disimulando) todas y cada una de las vías de ingreso posibles. Los espectadores consumen famosos y anuncios de marcas 'low cost'. Las celebrities, de fabricación y consumo rápido, adoptan el formato de éxito seguro y actúan de contenedores publicitarios: hombres y mujeres anuncio.

Los realities normalizaron la precarización y la inseguridad laboral. Muchos concursantes -igual que legiones de becarios - afirman que pagarían por “la experiencia”. Trabajan gratis 24/7, aún dormidos; tal como estaba (supuestamente) la chica de OT de la que hablábamos al comienzo. Y, como aquella, los concursantes no tienen otra posibilidad de representación legal que no sea la productora del programa. Y los tribunales son una su instancia de apelación. Operación Triunfo llegó a negar (¡desde TVE!) el derecho a la huelga. Hace casi un año, los concursantes exigían media hora más de sueño, entre broncas de la "directora de la academia". Los representantes de la “nueva política”, millenials como son, ni siquiera lo señalaron. Se enzarzaron declarando en las redes quién era “su triunfit@ preferid@”.

El reality, formato por excelencia de la televisión digital, no es fruto de una conspiración. Es resultado de la mercantilización de la tecnología digital, cuya interactividad ha sido trucada para garantizar el lucro de la industria “cultural”. Los realities anticiparon con sus votaciones el concurso de 'likes' que generalizaron las (mal llamadas) redes sociales. Sus promesas de ciberdemocracia resultan igual de fraudulentas que las del reality. Pero sumadas, monopolizan el espacio público de visibilidad, debate y reconocimiento social.

Las pantallas de todos los dispositivos apuntan a segmentos sociales y perfiles de consumo individualizados

La realidad que las clases populares pueden protagonizar y consumir está en las redes y los realities. Juntos convocan castings multitudinarios, ponen a trabajar a la población en conversaciones promocionales y estudios de mercadotecnia personalizados 'ad infinitum'. El prosumidor digital nació con el televidente de la falsa telerrealidad. Los instagramers, con las celebrities de la telebasura.

Ahora, las pantallas de todos los dispositivos apuntan a segmentos sociales y perfiles de consumo individualizados: targets (dianas) publicitarios, que la industria cultural presenta como protagonistas. Los televidentes y los cibernautas “toman la palabra” y “deciden”, aunque los primeros pagan dinero por votar y los segundos con su privacidad. ¿Trasladamos esto a las cibercampañas electorales?

Los concursantes de los realities se encierran para trabajar gratis, expresión que define a la perfección el tiempo de ocio que pasamos interactuando en las redes. ¿Trasladamos esto al mercado de trabajo? A lo mejor ya está pasando y nadie se lo ha contado.

GH, que afirmaba inaugurar la tele digital el siglo XXI, marcó la senda de un formato que ahora coloniza las parrillas y cuya narrativa ha acabado de contagiar a (casi) toda la programación. Incluidos programas electorales. Claro que estos los formulan unos cuantos.

Dar más a quien más tiene, la desigualdad acumulativa de la televisión y la redes digitales, se impone en la esfera pública. Quienes cuentan con otros muchos recursos que su físico y talento, se erigen en representantes del éxito social y aspiran a gobernarnos. Risto Mejide amaga con presentarse a las elecciones. El pequeño Nicolás se presentó como candidato tras pasar por Gran Hermano VIP y comprar seguidores de Instagram. El actual Director de Juventud de la CAM esgrime como CV haber sido “domador de canis y chonis” en el infausto Hermano Mayor... Y sí, Donald Trump protagonizó durante más de una década el reality de su propiedad 'The Apprentice'. Y luego se convirtió en el mayor 'troll' de Twitter y de la (geo)política. Sus émulos han aprendido la lección.

José María y Carlota en 'GH Revolution'. (Mediaset España)
José María y Carlota en 'GH Revolution'. (Mediaset España)

Aquel “experimento sociológico” de GH, avalado en su arranque por filósofos como Gustavo Bueno, instauró la falacia de que la oferta de las pantallas reflejan, primero la demanda y luego la actividad expresiva del “pueblo”. Pero quien reparte papeles y concede victorias es el 'Super'. “I hire you, I fire you” (“Te contrato, te despido”) era el lema de Trump en su show. Lo repiten todos los “presentadores” y “conductores” de realities que le imitan, según dicten los índices de audiencia. 17 horas tardó GH en denunciar el caso que abría este artículo; y luego “contrató” de nuevo a la denunciante. Cierta o no, no sería la primera, ni la última violación ocurrida en un plató de televisión.

*Víctor Sampedro Blanco, catedrático de Opinión Pública en la Universidad Rey Juan Carlos.

Tribuna
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