¿Qué es una vivienda digna y adecuada?

El concepto de vivienda moderna se debe a la lucha de clases de la era industrial, y al hacinamiento producido por la explosión demográfica y el éxodo rural de la industrialización

Foto: Foto de archivo de una vivienda de protección oficial en Italia. (EFE)
Foto de archivo de una vivienda de protección oficial en Italia. (EFE)

El 18 de octubre de 2019 el Confidencial se hizo eco de una noticia de Guipúzcoa según la cual, una mujer, madre de tres hijos, habría solicitado el cambio de la vivienda de protección oficial en la que vive con estatus de “hogar monoparental” por otra más grande, argumentando que su vivienda actual ya no permitía el correcto desarrollo de los miembros de la familia. Según indicaba el artículo, el Gobierno Vasco le habría denegado el cambio atendiendo a criterios técnicos, pero el Defensor del Pueblo del País Vasco habría decidido apoyar los argumentos de la demandante.

La madre defiende que la vivienda de 2 dormitorios y un total de 63,08 m2 valía cuando sus hijos eran pequeños, pero ahora la cosa ha cambiado. Sus dos hijos varones, los mayores, tienen 16 y 14 años, la pequeña tiene 11. En estas condiciones, argumentan ella y el Defensor del Pueblo, la vivienda no responde a los mínimos de dignidad necesaria, ya que “dificulta el desarrollo de la personalidad”.

El argumento de los técnicos, siempre según el artículo de El Confidencial, es que la ratio mínima de m2 por persona según la normativa es 15 m2, y, en consecuencia, la vivienda excede el mínimo necesario por 3 m2, o lo que es lo mismo: 0,77 m2 por persona. Por tanto, el Gobierno Vasco defiende que la casa cumple los mínimos establecidos por la ley para que sea habitada por esta familia en concreto. Y hasta aquí el resumen de los datos que aporta El Confidencial.

En estas condiciones, argumentan ella y el Defensor del Pueblo, la vivienda no responde a los mínimos de dignidad necesaria

El hecho de que el Defensor del Pueblo apoye los argumentos de la demandante es lo que hace el asunto relevante, ya que deja de ser una demanda privada y se convierte en un conflicto entre instituciones públicas sobre la definición de la idea de dignidad, independientemente de los pormenores de la ley en su estado actual. Quedémonos pues en la superficie del conflicto: la dicotomía entre criterios para entender el concepto de un hogar digno.

A lo largo de la historia los hogares encontraban la dignidad proporcionando respuestas a los problemas principales que enfrentaban sus moradores/constructores. Una vez solucionado el problema del techo, lo siguiente solía ser la temperatura, principalmente la protección contra el frio, pero a veces también la defensa contra el calor. La cabaña fue, precisamente por esta razón, una realidad en muchos lugares de Europa y América hasta bien entrada la era industrial. Espacios únicos que albergaban las zonas de comer, dormir, trabajar, cocinar y lavarse, y en multitud de ocasiones incluían también a los animales domésticos: vacas , cabras, ovejas, etc. como forma de aumentar el calor de la casa.

El concepto de vivienda moderna se debe a la lucha de clases de la era industrial, y al hacinamiento producido por la explosión demográfica y el éxodo rural que acompañó a la industrialización. El obrero ya no se conformaba con tener un techo y un hogar cálido. En una sociedad racionalista y rendida ante los enormes avances de la técnica, cuestiones tangibles como los m2, y las condiciones de salubridad se convirtieron en los problemas a vencer.

Quedémonos pues en la superficie del conflicto: la dicotomía entre criterios para entender el concepto de un hogar digno

En respuesta a tales demandas apareció el movimiento moderno, una nueva forma de entender la arquitectura, la ciudad y la estética que veía los edificios como “máquinas de habitar”. Dichos arquitectos dedicaron sus esfuerzos a establecer los parámetros técnicos para vivir de manera digna y moderna, parámetros marcados por superficies, distancias entre fachadas, cuartos húmedos, soleamientos... elementos mensurables e irrefutables. Al fin y al cabo, en sus imaginarios y en sus recuerdos todavía estaban familias enteras durmiendo en una sola cama infestada de chinches o viviendo en habitaciones sin ventanas.

Tras el movimiento moderno la arquitectura volvió al debate estético, las condiciones de vida, desde el tamaño de los muebles hasta las distancias entre edificios quedaron atrás, bien exploradas y bien definidas. El único campo donde se siguió buscando una mayor calidad de vida fue el de las técnicas constructivas y la ciencia de materiales, con la lucha contra el amianto como gran ejemplo. Es decir, la idea del espacio digno que entendemos hoy, a niveles técnicos, viene de investigaciones de la primera mitad del siglo XX. Todo arquitecto ha tenido en sus manos el Neufert, la biblia de las medidas y los estándares, cuya primera edición es de 1936. Muchos lo siguen usando en su día a día.

Un edificio en construcción junto a viviendas residenciales en Bilbao. (EFE)
Un edificio en construcción junto a viviendas residenciales en Bilbao. (EFE)

Pero no seamos ilusos, las cuestiones prácticas nunca han sido la única razón de dignidad. Los condicionantes culturales juegan un papel fundamental. Pensemos en esas tribus que habitan juntos una misma estructura, decenas de ellos durmiendo y viendo toda su vida bajo un mismo techo, sin intimidad ni pudor ante aquellos que no son de tu núcleo familiar. El papel de la tribu como unidad de vida es cultural y tiene sus propias definiciones de dignidad. Lo mismo sucede con la segregación por sexos, ya sea de forma radical como en ciertas culturas islámicas, o de forma puritana burguesa como sucede todavía occidente. La búsqueda de la dignidad en el espacio apareció también en la lucha política por la igualdad y la emancipación. El movimiento moderno introdujo por primera vez lo que hoy entendemos por “la cocina” como forma de dignificar y emancipar a la mujer de sus cargas sociales y permitirla vivir su individualidad. Curioseen sobre Margarete Schültte-Lihotzky, Ernst May y la Cocina de Fráncfort.

Y por supuesto está el esfuerzo económico de la sociedad para proveer de vivienda, ya sea con ánimo de lucro o no. Es el mercado amigo, que diría aquel, quien juega un papel cultural muy importante en la dignidad de las casas en las que vivimos, sobre todo en su incremento.

Ahondando en la cuestión de las cocinas, este año 2019, el mismo Gobierno Vasco anunció la pretensión de introducir la perspectiva de género en la normativa de nuevas viviendas mediante la ampliación de las cocinas y vinculando estas al salón, así como la prohibición de dormitorios menores de 10 m2.

Es importante que no veamos el problema desde criterios meramente técnicos porque esta disputa guipuzcoana no se plantea en esos términos. De lo que estamos hablando aquí es de la importancia que le damos a la individualidad y que realidad física defiende tal individualidad. En este caso particular las posibilidades son muchas, puede que sea la madre quien reclame privacidad, o cada uno de los tres hijos. Puede ser por cuestiones sentimentales, por horarios de trabajo y capacidad de conciliar el sueño, por razones fisiológicas como la pubertad, o por muchas otras razones que alejan la vida diaria de los ideales de comodidad, con la información que ha trascendido no lo podemos saber. Por tanto ¿es relevante esta información para valorar lo adecuado de una vivienda? Es posible que sí, pero, también podemos preguntarnos cuantas familias españolas han vivido y se han desarrollado dignamente compartiendo cuarto entre personas de distinta generación o sexo. Ahí está Cuéntame: la hija dormía con la abuela, y el hijo mayor con su hermano de poco más de 10 años. O las familias muy numerosas, con más de dos hijos durmiendo en el mismo cuarto. Estas eran situaciones muy habituales en España hace pocos años, y todavía siguen siéndolo.

En respuesta a tales demandas apareció el movimiento moderno, una nueva forma de entender los edificios como "máquinas de habitar"

Fuera de las viviendas familiares tenemos hoy multitud de ejemplos donde jóvenes y adultos duermen juntos: Hospitales, residencias de ancianos y de estudiantes, cuarteles, albergues juveniles, cárceles, médicos y tripulaciones aéreas en sus lugares de trabajo, y un largo etc. ¿Sufren estas personas de dificultad en el desarrollo de la personalidad? Por supuesto tenemos que tener en cuenta la temporalidad del dormitorio y la segregación por sexos a la hora de considerar esta pregunta, pero en todos estos ejemplos hay casos donde lo unisex o su contrario están presentes, casos de largo recorrido y corto recorrido, casos que pueden encontrar similitudes de peso con la situación individual de esta familia y sus miembros. Pese a ello, el argumento del Gobierno Vasco de estar dentro del límite por 0,77m2, por persona sigue siendo bastante pobre, sobre todo cuando en la práctica eso supone que su casa será entre 25 y 50 cm más larga del mínimo.

Traducir conceptos no mensurables como “la igualdad de género” o “el desarrollo de la personalidad” al diseño de viviendas es una tarea compleja, lo normal es que acaben significando un aumento de la superficie y un mayor consumo de edificabilidad por vivienda, o lo que es lo mismo, menos viviendas por edificio. En ciudades en las que hacen falta casas esto quiere decir más gasto en suelo para satisfacer la demanda, y, por tanto, un aumento significativo de los costes y las rentabilidades de las operaciones inmobiliarias. Dicho de otro modo: los precios de las viviendas subirían. A no ser, claro está que se aumenten las edificabilidades (el volumen de los edificios), pero ese es un melón que habrá que abrir otro día.

Traducir conceptos como “la igualdad de género” o “el desarrollo de la personalidad” al diseño de viviendas es una tarea compleja

La cuestión está encima de la mesa, y al igual que con el debate sobre identidades de género y el uso del idioma, la protección de las sensibilidades individuales en la definición de dignidad va a dar mucho de que hablar en el futuro. A fin de cuentas la Constitución Española decreta el derecho a una vivienda digna y adecuada, pero nos deja a nosotros ir definiendo que entendemos por digno y que entendemos por adecuado. No es una cuestión técnica, es un debate sobre lo común y lo individual, sobre lo mínimo socialmente aceptable o las aspiraciones individuales, sobre el bien estar o el bien sentir, y también sobre quien lo paga.

Es curioso que este caso se haya dado en El País Vasco, quizás uno de los lugares del mundo con mayor capacidad de protección social. Cuando hablamos de vivienda pública hablamos de dinero, y cuando se tiene dinero es fácil, y puede que pertinente, el no conformarse. ¿Podremos permitírnoslo todos?

*Jaime Caballero es arquitecto

Tribuna