El fin del trabajo

Las características del cambio tecnológico al que nos enfrentamos pueden ser decisivas en el cambio de algunos de los atributos históricos del trabajo

Foto: Un vehículo de guiado automático (AGV) que emula a una enfermera transporta documentos especiales en el Hospital General de Mongkutwattana en Bangkok (Tailandia). (EFE)
Un vehículo de guiado automático (AGV) que emula a una enfermera transporta documentos especiales en el Hospital General de Mongkutwattana en Bangkok (Tailandia). (EFE)

Desde hace años cunde el alarmismo, y en ocasiones el pánico, sobre el futuro del trabajo. Desde la aportación, en cierta forma seminal, de Jeremy Rifkin sobre el “fin del trabajo” (1995), las visiones con intención prospectiva se han sucedido. Y casi siempre dibujan un negro horizonte para el empleo (que no debe confundirse con el trabajo). En realidad, el mito del trabajo humano absorbido por las máquinas es tan antiguo como la aparición de los nuevos ingenios técnicos. A lo largo del pasado siglo, la ciencia ficción ha venido dibujando sociedades del futuro en las que los humanos sobreviven en su nueva condición de esclavos de máquinas autómatas, que habrían asumido el control del planeta, tras adueñarse no solo del trabajo sino también de las instituciones políticas.

En un horizonte más cercano al descrito, no faltan quienes auguran que, al ir absorbiendo las máquinas una fracción creciente de trabajo humano, el empleo comenzaría a ser escaso convirtiendo en estructural el fantasma del desempleo masivo. Durante las últimas décadas, al calor de la intensificación de la nueva oleada de cambio tecnológico (la tercera y cuarta revolución industrial), ese mito se ha convertido en un clamor medroso, hasta el punto de que a tenor de algunos análisis habría que anticiparse a esa nueva edad oscura para el futuro laboral, sustituyendo conceptualmente (y para algunos más osados, incluso fiscalmente) el trabajo por la máquina. Para los defensores de esta perspectiva, la robotización en su estadio más avanzado, contando con la aportación de la inteligencia artificial, constituye una buena razón para proponer cambios sustanciales en la organización social y, particularmente en las relaciones laborales. En esa nueva era el trabajo, como atributo esencial del ser humano, abandonaría el centro del orden social y económico, alterando así las bases de la distribución del valor añadido generado en el proceso productivo.

Tributación de las máquinas

De ahí que no resulte extraño que algunos analistas, incluso desde una pretendida retórica progresista, aboguen por la tributación de los robots y las nuevas máquinas en los mismos términos en que lo ha venido haciendo el trabajo durante el último siglo. Si el trabajo es sustituido por las máquinas, que coticen estas para pagar nuestras pensiones. Afirman, además, que el entorno de desregulación del empleo y de desprotección del trabajo sería ampliamente extendido incluso en las sociedades más avanzadas. El trabajo indecente, evocando el concepto puesto acuñado por la Oficina Internacional del Trabajo, se abriría paso como escenario hegemónico en el terreno de las relaciones laborales.

Como en el pasado, el avance tecnológico producirá convulsiones y alteraciones profundas en la economía y las sociedades

Al respecto, merece la pena no olvidar que las máquinas ya tributan. En realidad, para ser precisos, lo hacen a través de sus resultados en términos de excedente empresarial y de rentas salariales, cuando absorben las ganancias de productividad generadas, a través de los mecanismos tributarios habituales en las economías modernas. Lo que ocurre es que la tributación es desigual según el origen funcional de las rentas. Como en el pasado, el avance tecnológico producirá convulsiones y alteraciones profundas en la economía y las sociedades. Pero la solución desde la perspectiva fiscal no reside seguramente en gravar los nuevos artefactos técnicos (algo que no se llevó a cabo en las fases anteriores de desarrollo industrial) sino en adaptar nuestros sistemas fiscales, empezando por mejorar el cumplimiento de las reglas en la tributación de los beneficios.

Como argumentaba hace unos días Paul Krugman, este conjunto de falacias, no viene a ser sino una forma de desviar la atención sobre nuestros problemas económicos y políticos más inmediatos. Una forma de obviar el impulso de “políticas que aborden las causas reales de la debilidad del crecimiento económico y del aumento de la desigualdad”. El miedo a la robotización que nos dejaría sin empleo (que no sin trabajo) está siendo ideológicamente instrumentalizado por las élites económicas y políticas para soslayar los cambios radicales que se vienen produciendo en materias como la distribución de la renta, la ordenación de las relaciones laborales, la fiscalidad o el gasto público compensatorio de las desigualdades. Otra forma de dibujar un mundo de incertidumbres para avanzar hacia una sociedad más desigual.

Lo que nos dice la historia de las revoluciones industriales

El análisis histórico de lo acaecido sobre la cantidad de empleo destruido o creado en las anteriores “revoluciones industriales“, no depara tan agoreras conclusiones como las que hoy se oyen acerca de las implicaciones de la nueva ola de cambio tecnológico en el que estamos inmersos.

Joseph Schumpeter.
Joseph Schumpeter.

Como han señalado numerosos pensadores económicos, el cambio tecnológico significa un incremento notable de la productividad del trabajo que puede desencadenar procesos de destrucción, pero también, simultáneamente, de creación de empleo en una cadena de “destrucción creadora” cómo señalara ya hace ya casi un siglo, el economista austriaco Joseph Schumpeter. El resultado de ese proceso, ha deparado siempre, al menos en el largo plazo, el crecimiento del volumen global de empleo. En términos macroeconómicos, los incrementos de la productividad del trabajo derivados del cambio tecnológico impulsarían un incremento de rentas que a su vez promoverían el aumento de la demanda agregada y, por extensión, nuevos impulsos al crecimiento del empleo. Un proceso bien conocido, que sin duda afectará en el corto plazo a muchos trabajadores desplazados, cuyos sectores productivos sucumben a la aparición de nuevas tecnologías. Es lo que ocurrió, por ejemplo, tras la incorporación de las nuevas máquinas con motores de combustión: enormes desplazamientos de trabajo empleado en el sector agrario, hacia sectores industriales o de servicios en expansión que tomaron el relevo.

Al respecto son muy ilustrativas las conclusiones de un estudio reciente de la consultora internacional Mac Kinsey, donde se constata, tras un análisis empírico realizado en más de 60 países, que “las nuevas tecnologías han estimulado la creación de muchos más empleos que los que han destruido y algunos de los nuevos consisten en ocupaciones que no se podía ni imaginar en un principio”.

Cabe, no obstante, observar algunas cualidades del actual proceso de innovación tecnológica que lo pueden hacer distinto en cuanto al saldo neto de empleo que se derive de la implantación paulatina de máquinas como los robots diseñados en un entorno de inteligencia artificial.

Los efectos de la tecnología sobre el empleo

Por supuesto, la tecnología destruirá empleos, siempre lo ha hecho. Pero no trabajo, conviene no confundir ambos conceptos. Las características del cambio tecnológico al que nos enfrentamos pueden ser decisivas en el cambio de algunos de los atributos históricos del trabajo, como la tradicional dificultad para la movilidad geográfica, y harían más flexibles en sí mismos los mercados laborales. La expansión de las tecnologías de la información y la comunicación (TICs) está incidiendo de modo sustancial en algunos de dichos atributos. Por ejemplo, la indisoluble vinculación física y mental del trabajo a sus propietarios, las personas, ha venido significando que la movilidad geográfica de aquel se enfrentara tradicionalmente a dificultades de toda índole derivadas de los costes del desplazamiento físico de personas y familias y de los procesos de adaptación e inclusión en sus nuevos entornos. Ahora, las Tics posibilitan “mover” el trabajo, online, para su concreción en actividades que se demandan en otros escenarios geográficos, sin que físicamente se produzca un desplazamiento de la persona con su lugar de residencia. Ello introduce enormes dosis flexibilidad en la relación laboral, en lo que hasta ahora había sido el patrón habitual de los procesos de trabajo.

Proteger el trabajo es hacer frente al proceso de adaptación desde atención a las necesidades de cobertura económica y de recualificación laboral

Junto a ello, el diferencial en cuanto a los efectos en la cantidad de empleo creado o destruido, derivada del actual proceso de cambio tecnológico, dependerá de: 1) la velocidad del cambio, de tal modo que a medida que avance más rápido, la proporción de trabajadores desplazados aumentará también a mayor ritmo, 2) la extensión sectorial en la implantación de las nuevas tecnologías, ya que a mayor número de sectores implicados mayor será también el número de trabajadores afectados. Sin duda, como ocurrió en anteriores ocasiones, en el corto plazo, y teniendo en cuenta el impacto diferencial del proceso de cambio actual, puede producirse un incremento más intenso del desempleo, que afectaría en mayor medida a aquellos trabajadores cuyos empleos están sometidos a mayores dosis de rutinización en su aplicación práctica. De aquí que los efectos en la estructura social pueden hacer más profunda la dualidad creciente que ya estamos observando.

Las respuestas abarcarán amplios renglones de las políticas laborales, fiscales y de protección social. Pero deberán mantener el principio esencial que ha sostenido la visión europea en la orientación de las estrategias de acción en el terreno social y laboral: lo que debe protegerse es el trabajo más que los empleos en un mundo que los hará cambiar a una velocidad acelerada. Proteger el trabajo es hacer frente al proceso de adaptación desde atención a las necesidades de cobertura económica y de recualificación laboral. Frente a propuestas de reforma que a menudo responden más a apriorismos ideológicos, lo que necesitamos es restaurar en muchos casos la simetría en el poder de negociación construyendo equilibrios viables desde la regulación. Porque la dimensión del proceso requerirá buenas políticas ('policies') pero, sobre todo, exigirá el concurso de la política ('politics').

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*Valeriano Gómez es economista y exministro de Trabajo.

*Santos Miguel Ruesga es catedrático de economía aplicada en la Universidad Autónoma de Madrid.

Tribuna
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