Inmigración 2.0: cambio de aires en Europa

El rechazo de los flujos migratorios por la UE y el apoyo a Grecia ha sido taxativo. Europa marca así un punto de inflexión en cómo se interpreta a sí misma frente a fuerzas exógenas

Foto: Una niña junto a una tienda de campaña en el campo de refugiados de Moria, en la isla de Lesbos. (Reuters)
Una niña junto a una tienda de campaña en el campo de refugiados de Moria, en la isla de Lesbos. (Reuters)

Con la inmigración ocurre como con el coronavirus, siendo un fenómeno global, se gestionaría mejor a nivel europeo. En ambos, también, la realidad presenta la impertinente propiedad de recurrir si no se confronta. Los acontecimientos de estas semanas en la frontera griega, en la que vuelven a agolparse refugiados de la guerra siria por decenas de miles, dan testimonio de la esclerosis de la política de defensa e inmigración europea. Es el resultado de la falta de visión estratégica para Europa que acusó Merkel al enfrentarse a la última gran crisis migratoria solapada con la del euro en el 2015.

Pero esta vez hay quizás algo muy distinto: la unanimidad y contundencia del apoyo por parte del frente europeo a Grecia en el intento de frenar la ola migratoria. "Las fronteras de Grecia son las de la UE", declaró Von der Leyen, en un alegato que evoca y suscribe en su raíz toda la propuesta de Macron a favor de más integración y un nivel de soberanía propiamente europea. No debiera escapar al ojo clínico. En esta consigna se expropia implícitamente buena parte de las reivindicaciones del mosaico de derechas europeas en torno a la identidad. Arbitrar identidades nacionales por la europea es el 'zeitgeist' es espíritu de los tiempos por excelencia. Como lo es también conciliar el credo de la inclusividad y los derechos fundamentales del individuo, con la defensa del sentido de pertenencia a un espacio público, una identidad europea.

A título de recordatorio sobre la coyuntura política del continente: la concurrencia de presiones exógenas sobre Europa —inmigración, defensa, fronteras— y ahora también coronavirus, con necesidades de política interna —acabar de construir el euro—, fermenta el debate en torno a una integración en punto de ebullición que esta vez Alemania tendrá muy difícil evitar. Máxime cuando ahora se dirime el relevo de Merkel. De fraguar con éxito ese paso, la vacuna contra los populismos de toda suerte está servida.

De aquellos polvos...

Ningún momento marca más época en la historia reciente de Europa que ese 2015. El BCE acababa de sacar a la eurozona de una crisis existencial con las compras de bonos, la flexibilización, pero en Grecia el Gobierno de Syriza, fuera de mercados, era el garbanzo negro. Jaleado por su ministro de finanzas, Varoufakis, Tsipras flirteaba con la posibilidad de salirse del euro amparado por el rechazo en referéndum al cumplimiento de las condiciones articuladas por la 'troika' para un tercer rescate. Estaba en juego la mismísima integridad de la moneda única. Merkel aguantó el órdago y Tsipras finalmente cedió poniéndose el referéndum a la espalda. Pero el hecho de haber forzado el desentendimiento de una consulta popular por una prescripción económica que ya levantaba suspicacias por ineficaz —caída del PIB del 30% en 7 años—, indudablemente le debió dejar un mal regusto.

La canciller alemana, Angela Merkel. (Reuters)
La canciller alemana, Angela Merkel. (Reuters)

En paralelo otra crisis se gestaba: Siria en guerra y una ola de refugiados llamando a las puertas del continente. Quizás —a modo de bálsamo por aquel regusto—, Merkel decidió unilateralmente abrir las fronteras europeas a un millón de refugiados sirios que se calificaron todos de políticos. Un palo brutal de puertas adentro y algodones para los de fuera. La calculadora nata, el paradigma de la paciencia y la táctica política, no calibró oportunamente el choque cultural de una asimilación forzada de semejante magnitud y tinte islámico. Tanto en Alemania como en el resto de Europa, que tuvo que plegarse a la asunción de cuotas, se calificó la imposición de traumática. La vinculación de ese punto de saturación con la eclosión de la extrema derecha populista en el continente es inevitable.

Desde entonces, desde ese final de segunda legislatura, nunca fue la misma, siempre a remolque de los acontecimientos. Desde entonces también, el proyecto de integración europea quedó varado en dinámicas recurrentes de polarización entre acreedores y deudores, donde todavía está… La falta de visión estratégica sobre Europa, en gran parte impedida por las servidumbres veladas a la extrema derecha, el AFD, la lectura grosera de extender la escasa fiabilidad del caso griego al resto, precipitó allí también la fragmentación política. La postración ante un concepto hermético de identidad nacional, en correlato con una idea supina de soberanía nacional, obnubiló su juicio para lidiar en conjunto, estratégicamente, con la naturaleza propiamente europea de ambas crisis.

Estos lodos...

Vuelve a ser Putin el que mueve los hilos entre bambalinas con su socio en el conflicto, el carnicero Al-Assad. Metiendo la provincia de Idlib en el conflicto bélico fuerza otra ola de cientos de miles de refugiados a territorio turco. Por su parte, Erdogan no ha tenido inconveniente en instrumentalizar esos flujos migratorios abriendo las fronteras con Grecia, y así extorsionar a la UE pidiendo más ayuda financiera e incluso presencia europea en el frente militar. A la OTAN, después de las desavenencias de EEUU con Erdogan el verano pasado, ni se la espera. Con razón, Macron en su entrevista en 'The Economist' del pasado mes de enero sospechaba de la vigencia real del tratado de Alianza Atlántica. Erdogan ha reventado el acuerdo de 2015 y Europa ha quedado sin iniciativa y a remolque de los acontecimientos. La llamada de atención sobre las deficiencias de una Europa que aspira a definirse soberana en frentes propiamente de Estado, defensa, fronteras e inmigración, suena estridente.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen. (EFE)
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen. (EFE)

Pero afinando el oído ahora hay algo bien distinto. El rechazo de los flujos migratorios por parte de las autoridades comunitarias y gobiernos; y el apoyo total a Grecia ha sido taxativo. Von der Leyen agradece 'in situ' a Grecia actuar de escudo frente a la presión migratoria y subraya que las fronteras griegas "son las fronteras de la UE". Además de no plegarse al chantaje de Turquía ni a la manipulación rusa, convertidos en intérpretes convenidos y benévolos del derecho internacional sobre refugiados políticos, Europa marca un punto de inflexión estructural en cómo se interpreta a sí misma frente a fuerzas exógenas. Sin perjudicar las posibilidades de un nuevo arreglo con Erdogan en ciernes, y de hacer lo que se pueda con las facciones más vulnerables del colectivo de refugiados, la consigna geoestratégica de Von der Leyen merece un ejercicio de reflexión, por cualitativamente distinta y rompedora. En su discurso de toma de posesión, cuando habló de "una comisión geoestratégica", no iba de farol. Del dicho al hecho (o mejor dicho, del hecho al derecho) hay un trecho, pero este parece cada vez más cerrado.

La significación del cambio desde el 2015 huele a trascendente. Quizá un antes y un después. Pasar de puertas abiertas a una línea roja de fronteras presupone una articulación jurídica de Europa más profunda, federal, y abre la ruta para conformar un sujeto de derecho en torno a la ciudadanía europea, concepto inextricablemente atado a la identidad y al sentido de pertenencia. De ahí a trastocar la política de países anclada ya fatídicamente sobre ejes de populismos de derecha radical, a un espacio propiamente europeo en torno al centro radical, hay un paso. El mismo que quizá explore y concluya el centroderecha alemán para reformularse frente al AFD. Qué bien le hubiera venido a Merkel una "ciudadanía" europea para lidiar con aquellas crisis del 2015 —crisis tapadas pero no solucionadas—.

Esterilizar el debate: pragmatismo al rescate

Ningún fenómeno más polémico y turbulento en la búsqueda de Europa que la inmigración. Aquí saltan chispas entre el buenismo irredento de populismos de izquierda con las banderitas cortas de populismos de derecha. La intrincación de valores —la inclusividad, e intereses— y el estancamiento demográfico es total y hay que hilar muy fino. En ello se juega Europa conciliar la sostenibilidad de un perímetro identitario de mínimos y la vocación universal de su ideario.

Un grupo de refugiados camina hacia el centro de Edirne (Turquía), en la frontera greco-turca. (EFE)
Un grupo de refugiados camina hacia el centro de Edirne (Turquía), en la frontera greco-turca. (EFE)

Hoy en día, en política, las guerras culturales marcan el ritmo y solucionar problemas, ser pragmático, parece algo accesorio. En España, donde la inmigración ha sido una bendición, la presencia mayoritaria de inmigrantes de Latinoamérica con fuerte afinidad cultural producto de nuestra historia —cuánto podríamos mostrar—, no hay un problema de asimilación que desarraigue el sentido de pertenencia. Pero en la mayor parte del resto de Europa donde el inmigrante islámico es predominante y en gran parte no se integra (guetos), es un auténtico clamor. No es un secreto que el posicionamiento doctrinario del Islam hace muy difícil separar la religión de la política. Con razón, Macron recientemente ha hecho campaña contra el "separatismo islamista" —toda la inercia islámica que aprovechando la libertad de culto fagocita facciones de la vida civil—. Otra línea roja que empieza a marcarse, otra reivindicación del centro a la derecha.

El cambio de aire en la respuesta contundente a esta nueva crisis migratoria anuncia que Europa reconoce un punto de saturación en la capacidad de asimilación y una disposición a gestionarlo. Antes, cualquier denuncia en este sentido era "políticamente incorrecta". En Europa ciertamente la memoria de los horrores de la barbarie suscita la aprehensión inmediata de la opinión publica que ha evitado calibrar un problema latente de asimilación en su justa medida. Y a costa de ignorarse, se engorda. El peso creciente en Europa de partidos radicales con tendencia xenófoba es un síntoma de la desatención política del centro a esa problemática. Preservar un equilibrio salubre entre sentido de pertenencia e identidad europea, y la vocación universal de su ideario, es más un problema político que una paradoja metafísica.

Es peligroso ignorar que en las próximas décadas, África será el epicentro de la explosión demográfica: los 2.000 millones de africanos actuales van a superar los 3.000 millones en el año 2050. Además, la tipología del calentamiento global apunta a que las mayores subidas de temperatura media tendrán lugar en los trópicos, complicando la vida humana en extremo, con lo que las presiones demográficas van a tender hacia el norte. Solo hemos visto un aperitivo de lo que está por venir. Pensar y planificar estratégica y sistemáticamente a medio plazo es imperativo. Y hacerlo desde la unidad europea, idealmente refundada jurídicamente, una garantía de éxito. Quizá invertir en el sur, bien, no merezca ya un apelativo peyorativo tipo "colonización".

Planificar estratégica y sistemáticamente a medio plazo es imperativo. Y hacerlo desde la unidad europea, una garantía de éxito

Si el pragmatismo, lo viable, lo posible, es una guía por la que orientarse estratégicamente en política, el grado de saturación en la asimilación y un marco realista de lo que está por venir en inmigración, sugieren que los días de blanco impoluto que llevan marcando la "corrección política" de la mano de la izquierda, probablemente han llegado a su fin. Cuanto más se desmitifique la cuestión, más se centra el problema. Desde un marco jurídico propiamente federal en el que identidad y ciudadanía europeas se den la mano, se borra todo el histrionismo nostálgico de la derecha radical identitaria y Europa supera su adolescencia bienintencionada en el plano geoestratégico.

A finales de este abril, la conferencia del CDU-CSU para elegir sucesor de Merkel apunta candidatos (Merz, Roetggen, Lasche, Spahn), cada uno de los cuales ha denunciado a su manera la deficiente respuesta de Merkel a las propuestas de Macron a favor de la integración, en suspenso hace ya 4 años. Tanto en el frente griego como en los pasillos de Frankfurt y Bruselas, el aire que se respira parece distinto al de 2015. Está por ver si esta vez en Alemania la confrontación a su propio populismo de derechas se hace efectiva y real —pero sobre todo con el ideario adecuado: no a costa de Europa sino con Europa—.

Es un problema fisiológico: si quieres predicar salud hay que estar sano. 'Si vis pacem, para bellum'. En estos tiempos de consumismo, 'likes', flexibilidad financiera y presiones exógenas incipientes, una moral compartida de exigencia, es un buen principio.

* Fernando Primo de Rivera García-Lomas es Abogado, economista e inversor

Tribuna
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