Verdugos, enterradores y salvadores

Hemos enterrado más de 25.000 personas en los últimos dos meses. Ya es suficiente dolor. No es cuestión de enterrar 50.000 empresas, el luto será más duro

Foto: Un sepulturero, trabajando. (EFE)
Un sepulturero, trabajando. (EFE)

Hay profesiones que sufren un estigma social importante, siendo la de enterrador quizá la más destacada. Siendo imprescindibles, cuanto menos se hable de ellos, mucho mejor. En el mundo corporativo, el ejercicio de la reestructuración corporativa o la administración concursal presenta igualmente ciertos estigmas. Es el caso de los que nos dedicamos a las reestructuraciones (financieras u operativas): quizá sea porque el eje de nuestro relato se entiende más por nuestra afición a cortar (u optimizar) que por el fin último, que no es otro sino salvar una compañía que está en una situación delicada y camina hacia la desaparición.

Los gestores administrativos alertaban hace un par de semanas de que la situación derivada de la pandemia conlleva que más de 50.000 empresas en España se fueran a concurso de acreedores, principalmente por falta de liquidez derivada de la dificultad a la hora de gestionar los ERTE o acceder a la financiación del ICO. La cuestión no es hacer un velatorio anticipado a 50.000 empresas, y con ello permitir la desaparición del sustento de cientos de miles de familias. Se trata más bien de reivindicar las refinanciaciones y el concurso de acreedores como unas buenas herramientas para reestructurar una empresa y dotarla de viabilidad.

"Uno de los problemas a la hora de salvar una compañía en concurso y evitar la liquidación es la tardanza a la hora de presentar ese concurso"

En el caso de las refinanciaciones, se estigmatiza a la banca y se la culpa de la no concesión de líneas de liquidez, haciéndola responsable del deterioro de una compañía. La premisa fundamental, y muestra de ello será el destino de los fondos avalados por el ICO, es sustentar la petición en planes de caja y de negocio sólidos, creíbles y ajustados a la realidad, y asumir compromisos que garanticen la viabilidad de la empresa y el pago de la deuda. El resto, como ocurrió en 2010-2012, es el remedio de 'la patada hacia delante'.

Luego está el concurso de acreedores. Uno de los problemas a la hora de salvar una compañía en concurso y evitar la liquidación es la tardanza a la hora de presentar ese concurso. Las modificaciones a la Ley Concursal recientemente aprobadas no ayudan. La extensión de plazos supondrá que muchas empresas lleguen en una situación peor. Los que no han podido vender ni fabricar, y carecen de un circulante holgado, verán que sus activos se deprecian al mismo ritmo que su caja. Se agarrarán a un clavo ardiendo, pero quizás es tiempo de tener la cabeza fría y ver todas las opciones.

"Los que no han podido vender ni fabricar, y carecen de un circulante holgado, verán que sus activos se deprecian al mismo ritmo que su caja"

Una de ellas es presentar una propuesta de continuidad, bien por vía de propuesta anticipada de convenio junto a la solicitud de concurso, o mediante un convenio durante la tramitación del mismo. Si esa propuesta llega a tiempo, permite vender activos (unidades productivas) y que la empresa sea viable. Igualmente, el concurso voluntario permite reestructurar el pasivo. En ambos casos, se evita la liquidación total y se salvan actividad y empleo.

Hemos enterrado más de 25.000 personas en los últimos dos meses. Ya es suficiente dolor. No es cuestión de enterrar 50.000 empresas, el luto será más duro.

*Juan Rivera, 'senior managing director' FTI Consulting.

Tribuna
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