El día que cambiamos a los jefes de prensa por directores de comunicación

En esos años de transición y consolidación de la democracia, los partidos tenían jefes de prensa, que canalizaban la comunicación entre periodistas y políticos

Foto: Vista de la fachada del Congreso de los Diputados, este martes, en Madrid. (EFE)
Vista de la fachada del Congreso de los Diputados, este martes, en Madrid. (EFE)

El encanallamiento que se ha instalado en la clase política, el guerracivilismo de los que se han apropiado de la bandera de todos, el odio que rezuman las redes por uno y otro flanco del espectro político, la manera de conjugar los pronombre personales (el “y tú más”, el “ellos o nosotros”), el juego irresponsable de intentar tirar el Gobierno en la calle por encima de la decisión de los ciudadanos en las urnas, la incontinencia verbal, la carencia de pudor a la hora de mentir sin temor a la hemeroteca o a los verificadores o llamar asesino y criminal al Ejecutivo y responsabilizarlo de los miles de muertos de la pandemia… Hemos superado todos los límites imaginables. Los líderes políticos y los periodistas amigos han sobrepasado todos los límites de lo que una legítima crítica al Gobierno aconseja. Razonablemente. En una democracia consolidada. Entre ciudadanos libres e iguales. ¿Quién lo parará?

Intolerancia y cainismo. A veces no reconozco el país en el que vivo. Me da vergüenza

Y miramos con envidia a nuestro alrededor, a Francia, Alemania, Portugal... Somos únicos. Puedo entender la indignación de algunos de estos líderes y periodistas cuando consideran que el Gobierno miente, que Sánchez jugó irresponsablemente a un adelanto electoral confiando en succionar los votos de sus vecinos ideológicos, que dijo que no pactaría con UP y luego lo hizo, que quema horas de televisión sin mensaje alguno, que pacta con un Bildu que no acaba de condenar la violencia terrorista… Pero una sociedad civilizada como la nuestra tiene sus cauces para esa crítica, para el debate político sosegado, para ubicar ese debate en el día a día del ejercicio democrático y no para actuar y sobreactuar como si estuviéramos (con coronavirus y sin coronavirus, ahora y antes) ante una situación límite, explosiva, con una recua de malvados y perversos responsables dispuestos a acabar con todo y con todos. Somos gente adulta, con 40 años de experiencia democrática, eso no es de recibo. Intolerancia y cainismo. A veces no reconozco el país en el que vivo. Me da vergüenza.

¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí?

Situaciones como estas que vivimos a diario eran impensables en los años de la transición y durante bastantes años de ejercicio democrático, incluso con lenguas tan afiladas como las de Alfonso Guerra, vicepresidente del Gobierno con Felipe González. Entonces, cuando había un debate algo subido de tono en el hemiciclo, todos sabíamos que era parte de la teatralización de la política, de la necesidad de evidenciar que había Gobierno y oposición y una alternancia en el horizonte. Pero todos sabíamos que un rato después los contendientes estarían compartiendo un café en el bar del Congreso. Se trabajaba, se proponía, se discutía de políticas, no de politiqueo. La diferencia británica entre 'politics', entendida como el juego cotidiano de actores por los espacios de poder y de influencia (politiqueo) y 'policy', lo que vendría a ser la acción de gobierno, las políticas públicas que solucionan los problemas de la gente. Aquí, lamentablemente, englobamos todo bajo un mismo término: política, con todas las connotaciones negativas, si entendemos por política lo que hacen los políticos, o sea politiqueo, desgaste, negacionismo, insulto, mentira

"Se confrontaban ideas y políticas. Y no era extraño que el histórico líder comunista Santiago Carrillo dialogara con Manuel Fraga"

En esos años de transición y consolidación de la democracia, los partidos tenían jefes de prensa, que canalizaban la comunicación entre periodistas y políticos; a lo sumo, recomendaban precaución con tal o cual periodista y daban alguna que otra recomendación. Pero era el político el que honestamente contaba su experiencia, su valoración o su punto de vista sobre los asuntos controvertidos de la actualidad. Se confrontaban ideas y políticas. Y no era extraño que el histórico líder comunista Santiago Carrillo dialogara con Manuel Fraga (que fue ministro franquista y por tanto perseguidor de políticos y periodistas demócratas). O que nacionalistas vascos y catalanes cooperaran intensamente en la redacción del texto constitucional… ¿Alguien se imagina eso ahora? ¿Creen que ocurrirá algo parecido en la Comisión para la Reconstrucción Económica y Social del Congreso?

Gurús, argumentarios, mentiras… ¿y la ética?

Porque no sé en qué momento sucedió, pero ocurrió que dejamos caer a los jefes de prensa y nombramos directores de Comunicación. Y la política fue otra. Porque los políticos comenzaron a perder su libertad y a ser esclavos del argumentario. Los programas de radio y televisión se llenaron de cortes, declaraciones o entrevistas carentes de fuerza, de interés, de utilidad para los ciudadanos. Siempre la misma respuesta porque la dictadura es tal que difícilmente se permite a los cuadros dirigentes o intermedios de los partidos decir algo diferente, aun manteniendo el argumento exigido. Todos los cortes de cualquiera de los líderes de un partido de un mismo día son literalmente iguales. ¡Qué monotonía! ¡Qué pérdida de tiempo!

Pero fue solo el primer paso. Luego llegó el uso masivo de las redes sociales, las cuentas falsas, las granjas de 'bots', las 'fake news', la realidad paralela o alternativa hasta llegar, por el momento, a los 'deep fakes', esos vídeos manipulados que alteran la realidad hasta límites inimaginables hasta ahora. La última aportación de la inteligencia artificial al enredo político. Solo si nos vemos a nosotros mismos, podremos saber el alcance de lo que digo. Imagine un vídeo en el que usted está hablando: es su voz y sus palabras. Pero es falso, es mentira. Usted no ha dicho jamás ni dirá aquello que está viendo y oyendo. Los que hayan podido ver la serie 'Years and years' sabrán de lo que hablo.

Todos los cortes de cualquiera de los líderes de un partido de un mismo día son literalmente iguales. ¡Qué monotonía!

Y los directores de Comunicación acrecentaron su poder porque dominan y deciden sobre esa realidad paralela, de cuándo y cómo usarla. Ya dominaban el argumentario, pero ahora las redes y las ilimitadas herramientas de manipulación les liberan de la coherencia: pueden inventar y decir lo que les plazcan, aun a sabiendas de que es mentira y de que solo los periodistas amigos los creerán. Aun a sabiendas de que serán desmentidos por los verificadores. Pero da igual. Todo esa ya está descontado y prima la eficacia de la multiplicación de los medios cómplices y del ejército de ciberactivistas. Ese poder ha permitido tejerse una leyenda a su alrededor de grandes gurús de la comunicación, pero nada se dice de la ética de su comportamiento. Son aprendices de brujo. Se ha impuesto el “me pagan por esto” (aunque ese 'esto' sea Trump, Bolsonaro, Abascal o García Egea, por citar algunos) y parece iluso pensar que van a primar consideraciones éticas a la hora de conseguir lanzar a un candidato y hacerlo triunfar.

"La línea política no es cosa de un congreso o de los órganos directivos del partido; es el equipo de comunicación el que marca la pauta a seguir"

La escasa preparación intelectual de nuestros políticos, su procedencia formativa, la juventud y su experiencia asamblearia y en torneos de debate universitarios hacen el resto. En esos ámbitos, solo vale la contundencia del razonamiento —la veracidad del dato es secundaria—, el jurado rara vez entra a dirimir si esos argumentos son falsos o no, solo si desconciertan al adversario, si hacen mella en su línea de ataque o defensa. Están habituados a ello y las sugerencias de su equipo de comunicación son seguidas sin refutar: es parte de la misma estrategia. La línea política no es cosa de un congreso o de los órganos directivos del partido; es el equipo de comunicación, con sus gurús al frente, el que marca la pauta a seguir.

Y metidos en esa espiral, el encanallamiento se traslada irresponsablemente a la ciudadanía. Porque el acriticismo, la credulidad absoluta ante las noticias manipuladas que emanan de los equipos de comunicación o adláteres, la fe ciega en consignas inconstitucionales sin conocimiento alguno sobre los procedimientos democráticos o los protocolos parlamentarios, el recurso fácil al “todos los medios están comprados” para desacreditar las verificaciones de las falsedades difundidas, el adjetivo grueso, el cainismo, la insolidaridad, el fin justifica los medios… Todo eso es ya comportamiento habitual en una parte importante de la sociedad española. Y así caminamos inexorablemente hacia el abismo.

*Juan Cuesta es periodista y profesor de Comunicación Política.

Tribuna
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