La aceleración virtual en la universidad presencial (una breve historia)

El covid-19 ha alterado en pocos meses (y continuará haciéndolo) las preocupaciones universitarias, así como situado en la pole position una serie de cuestiones urgentes

Foto: Alumnos de Selectividad con mascarillas este mes en Girona. (EFE)
Alumnos de Selectividad con mascarillas este mes en Girona. (EFE)

Muy pocos hubieran previsto con anterioridad al covid-19 el que el sistema universitario a escala global se enfrentaría a una clase de "rejuvenecimiento digital" forzoso y vertiginoso al mismo tiempo; una nueva realidad aún pendiente de ser vivida con más calma y satisfacción para las partes implicadas. Todo ello generado, además, por un virus que no por un giro en la oferta o demanda universitaria ni tampoco por la entrada meteórica y triunfal de una nueva tecnología o plataforma educativa. Una cuestión no intrínseca al sector educativo es lo que ha desconfigurado su mente y proceder: la estructura, organización y el modelo académico sobre el que se sostienen un porcentaje elevado de universidades.

El covid-19 ha alterado en pocos meses (y continuará haciéndolo) las preocupaciones universitarias, así como situado en la pole position una serie de cuestiones urgentes. La mayor concentración de esfuerzo inicial se ha centrado en mantener funcionando —en lo posible— la instrucción y administración mínima de la clases, pero es la subida de voltaje con la vuelta masiva de estudiantes para el nuevo curso lo que determinará la capacidad real de adaptación al entorno e incluso la viabilidad futura de algunos (si poco o nada de lo sustancial se cambia).

Reiteradamente, algunas voces se han aferrado estos meses atrás con más ansia que lógica al antiguo concepto de "innovación disruptiva" de Joseph Bower y Clayton Christensen, para reivindicar el auge de un modelo de universidad casi o enteramente a distancia y automatizada. Pero, como se apuntaba en aquel famoso artículo que publicaron dichos autores en 1995, en 'Harvard Business Review', las organizaciones que dan libertad a sus directivos para llevar al límite todo el potencial de la tecnología pueden acabar mutilando partes del negocio existente. Por ende, conviene ser prudentes en cuanto a renegar por defecto del "pasado presencial" de la universidad en favor del "culto virtual" de cualquier proveedor. Estar dispuestos a cuestionar lo conocido y lo que sabe hacer la universidad (lo cual no es poco) no debería conducir a extirparlo todo en plena coyuntura multisectorial.

A principios de este año 2020, justo antes de irrumpir el virus en la quietud universitaria encontrábamos en la agenda de educación superior (tanto en Europa como en EEUU, Canadá y Australia) gran preocupación generalizada por las siguientes cinco cuestiones:

  • Facilitar el acceso y garantizar la igualdad de oportunidades de alumnos de hogares con bajas rentas y procedentes de minorías desfavorecidas.
  • El interés de las agencias regulatorias en encontrar una fórmula válida para medir la calidad universitaria en función de la empleabilidad de los egresados, así como en llegar a condicionar la inversión pública en cada institución en virtud de este mismo criterio.
  • La asunción por parte de las universidades de un compromiso más decidido y proactivo con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, así como con su transferencia de conocimiento e impacto económico en sus entornos regionales más inmediatos.
  • Dentro de la vida en los propios Campus universitarios residenciales existía una corriente de cierta preocupación por los hábitos saludables y de bienestar completo (nutricional, físico y mental) de profesores y alumnos.
  • Por último, algunos estamentos insistían en reforzar la formación en competencias de los alumnos y la capacitación en habilidades de adultos trabajadores.

Sin embargo, el covid-19 desplazó del mapa todo lo anterior. Hubo un primero momento (entre marzo y abril de 2020) de cambio predominantemente socio-laboral para los docentes. Con el cierre físico de las instalaciones universitarias tuvieron muchos de ellos que volcar súbitamente sus clases restantes al 'espacio Zoom', procurando mantener así cierta normalidad lectiva. Esto generó inmediatamente una alteración de las rutinas de trabajo, investigación y aprendizaje en la vida de profesores y alumnos, más unas diferencias de acceso entre aquellos con recursos y medios tecnológicos en el hogar y aquellos faltos de ello. La confusión del momento y el "tirar por la calle del medio" primó sobre la experiencia de aprendizaje.

La confusión en el momento del confinamiento y el "tirar por la calle del medio" primó sobre la experiencia de aprendizaje

Ahora ya queda claro que todas las universidades deberán acompañar al profesor en su rediseño pedagógico de asignatura y en sus objetivos docentes, para que fructifique entre él y sus alumnos en red una interacción humana plena. Conviene mentalizarse que el ser capaces de dar docencia 'online' con ciertas garantías y a nivel universitario es solo una parte de lo que supone una convivencia completa en un Campus físico (residencial o no). Tampoco debemos asumir que el contenido curricular atrae por sí solo por el mero hecho de encontrarse almacenarlo en un LMS (repositorios internos de contenidos educativos) o por su propagación al exterior a través de un OPM (plataformas de distribución de clases 'online').

Fruto del desconcierto inicial en las universidades presenciales se llegaron a plantear visiones algo ácidas sobre el impacto económico-financiero de una posible inactividad universitaria prolongada y de unas previsibles pérdidas por un potencial abandono de estudiantes ya inscritos o diferimiento de matriculaciones de otros muchos. Algún gobierno salió rápido con su fondo de rescate extensible para las universidades. Poco después, tres recientes exministros de universidades del Reino Unido (David Willetts, Jo Johnson y Chris Skidmore) reforzaron en un webinar organizado por Times Higher Education, la importancia de seguir salvaguardando las universidades como un bien esencial y de cohesión social para su país.

El temario no es la única experiencia que se vive en un campus. (EFE)
El temario no es la única experiencia que se vive en un campus. (EFE)

Mientras tanto, diversas plataformas MOOC (Cursos Abiertos y Masivos en Línea) aprovecharon el momento para ofrecerse gratuitamente en abierto como plan de estudios (no solo con cursos en habilidades) sustitutivo para aquellos estudiantes universitarios impedidos en acceder directamente a sus profesores. Los cursos en administración de empresas, tecnología y datos fueron las más demandadas en esos meses, según ha publicado recientemente Coursera. La reacción de algunas universidades puramente virtuales ha sido la de competir bajando sus precios de titulación (aún más) e intensificar sus campañas publicitarias con el objetivo de captar a alumnos indecisos ante un mar universitario algo revuelto aún.

De lo anterior se caminó hacia una segunda etapa (entre mayo y junio de 2020) de carácter formativo y de capacitación digital del profesorado joven y veterano, tanto ducho como escéptico e inquieto en cuando a la idea de una universidad híbrida (presencial y virtual). Se procuró elevar el nivel de tecnología educativa de los profesores, en forma de cursos y mentorías express. En este sentido se fueron adaptando los contenidos curriculares, métodos de evaluación, materiales de apoyo, sistemas de seguimiento, autoría y evaluación, etc.

Hubo quienes volvieron a la carga pronosticando un futuro caótico para las universidades de segunda y tercera categoría, apuntando incluso hacia fusiones entre universidades y corporaciones. Otros se preguntaron por las consecuencias para la economía nacional del freno en la captación de alumnos internacionales si se mantenía la congelación en la emisión de nuevos visados y el mantenimiento de restricciones de tipo sanitario a los vuelos transcontinentales.

En mayo o junio se fueron adaptando los contenidos curriculares, métodos de evaluación, materiales de apoyo, sistemas de seguimiento y evaluación, etc.

La última y actual (tercera) parada en el camino (julio y agosto 2020) está resultando intensa en lo gerencial y organizativo para las universidades. Se compilan datos internos; se formalizan encuestas a alumnos; se trabaja por escenarios y se incorporan medios de higienización, reglamentación, evacuación sanitaria y señalización de los Campus universitarios, en sus zonas de acceso común. El equipamiento multimedia de las aulas; el acondicionamiento de nuevos espacios para clase y la comunicación pública con alumnos, familias, profesores y personal administrativo se encuentran a pleno rendimiento en muchos casos dentro de EEUU.

La tecnología educativa no debería ser abrazada universitariamente por necesidad, como un 'utility' sino como un activo estratégico para el desarrollo curricular, instruccional, multimedia y la inteligencia de datos. Para que exista innovación real en la universidad a partir del próximo curso deberán transformarse no solo los procesos de creación de valor, sino también las mentalidades (abiertas, creativas e imaginativas). No solo los discursos, sino el ejemplo diario. Las universidades seguirán siendo los pilares de sostenimiento de la educación superior a pesar de la complementariedad tecnológica imprescindible de otros agentes.

A la vuelta del verano reflotarán las presiones y cuestionamientos a su fórmula mixta ante un virus tan impredecible, dañino e incómodo para pensar y avanzar. Aun así, no deberemos dudar de la adaptabilidad y supervivencia milenaria a las circunstancias de la universidad. Convendrá mantener la calma (aunque sea tensa) y establecer los ajustes graduales pertinentes. El ser ágil y consciente de las limitaciones de cada uno como institución pueda acabar siendo el mejor antídoto frente al desafío educativo que plantea el covid-19. Moverse y avanzar con una mirada y plan propios (como ya hacen algunas universidades) es más que recomendable.

De arriesgarnos (con mesura) y experimentar en este insólito momento de aceleración virtual podría llevarnos a abrazar una oportunidad de construir un modelo de universidad más sólido, coherente y perdurable hasta el próximo temblor de tierras. Mantengamos una actitud universitaria innovadora, abierta y pragmática recordando de vez en cuando a Alvin Toffler con aquel provocador a la vez que sanamente evocador principio; desaprendiendo lo aprendido para volverlo a aprender.

Este análisis es una traducción del artículo original en inglés publicado en el 'World Economic Forum', el pasado 21 de julio.

Samuel Martín-Barbero, Presidential Distinguished Fellow en la Universidad de Miami.

Tribuna
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