El exilio de las élites
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El exilio de las élites

La desigualdad, el miedo provocado por la globalización y la ruptura de varios peldaños de la escalera social han situado las élites en el lado oscuro

placeholder Foto: El cuadro 'La Libertad guiando al pueblo', de Eugène Delacroix. (Wikimedia Commons)
El cuadro 'La Libertad guiando al pueblo', de Eugène Delacroix. (Wikimedia Commons)

Las élites siempre han tenido mala fama y buena prensa. Tal vez, el aprecio periodístico explique la obsesión de Unidas Podemos por socavar la credibilidad de los medios al más puro estilo de Donald Trump, es decir, sumando insultos a los improperios. Sin embargo, los ocupantes del espacio dejado por la izquierda desunida no deberían estar muy preocupados por la buena prensa de las élites, porque realmente 'la casta' está ocupando un espacio residual en los medios que ellos denigran por su querencia burguesa.

El diccionario de la Real Academia Española define 'élite' como "minoría selecta y rectora". Etimológicamente, procede del francés 'élite', que a su vez deriva del verbo 'élire', que significa 'elegir'. Refiere a un grupo de 'elegidos', es decir, personas que gozan de un estatus privilegiado y que actúan como rectores de la ordenación de una sociedad, comunidad o institución. La incógnita que produce esta descripción deriva de la pregunta: ¿quién elige a los elegidos?

Foto: Pasillos del Foro Económico Mundial de Davos, en una imagen de archivo. (EFE) Opinión

El concepto de élite cobró relevancia en el siglo XIX de la mano de los ideales republicanos en Francia. Defendía entonces la necesidad de que un grupo de ciudadanos fuese escogido para ejercer el poder debido a sus méritos y virtudes, y no a su origen, linaje o riqueza, rasgos que se vinculaban al sistema monárquico. Realmente, se trababa de una sustitución o renovación de las élites con el fin de incorporar la meritocracia como sistema de selección.

El ingeniero y sociólogo italiano Vilfredo Pareto abundó en esta concepción a principios del siglo XX al crear la teoría de la circulación de las élites. A su juicio, como la pertenencia al grupo no se hereda, se produce una incesante sustitución de las élites antiguas por otras nuevas salidas de las capas inferiores de la sociedad. Cuando tiene lugar esta constante circulación, se mantiene más firmemente el equilibrio del sistema social, en la medida en que se asegura la movilidad ascendente de "los mejores espíritus". La circulación de las élites concurre al mismo tiempo que el cambio social, porque trae consigo a su vez la renovación de las ideas.

Las élites tienen que volver a la política. Deben hacerlo pensando en que el bien común es la base de su propio bien

Las intenciones nobles y antinobleza de los republicanos franceses empezaron a torcerse cuando el egoísmo que opera atávicamente el cerebro reptiliano del ser humano encontró un territorio de expansión sin controles fronterizos en el capitalismo exacerbado. El avance de la desigualdad, los desequilibrios y los miedos provocados por la globalización, la ruptura de varios peldaños de la escalera social y el empobrecimiento intelectual estimulado por el discurso de las pantallas han situado las élites en el lado oscuro.

La meritocracia no es respuesta suficientemente convincente en la sociedad de la desigualdad. La creciente diferencia de ingresos entre unos pocos y otros muchos rompe 'de facto' la promesa de la distribución de riqueza de la doctrina liberal-capitalista. La globalización, a su vez, ha traído nuevos horizontes para los que están mejor preparados y nuevos miedos para los trabajadores menos cualificados. Ambos fenómenos provocan que la escalera o el ascensor social no contribuyan suficientemente a la generación de oportunidades para los que están abajo. El círculo vicioso se cierra cuando la desesperanza encuentra un caldo de cultivo propicio para su viralización a través de unas redes sociales que, en su primera capa, contienen mucha más reacción que reflexión. La casta aparece en ese momento como la diana hacia la que disparar los dardos de la ira.

Foto: Branko Milanovic. (Ineteconomics.org)

La teoría de las élites extractivas desarrollada por los economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson ha suministrado combustible ideológico a los enemigos de 'la casta', concepto magistralmente manejado en su día por las élites de Podemos del que hoy son en cierta medida rehenes por culpa de un espacioso chalé en Galapagar. Porque en España se ha realizado una asociación errónea entre la clase política y la clase extractiva. Las élites extractivas de un país, según los autores del concepto, son aquellas que se apartan de la obtención del bien común y dedican sus esfuerzos a su bienestar y al del grupo al que pertenecen. Estas élites crean un sistema de captura de rentas que les permite extraer ingresos de la mayor parte de la ciudadanía en beneficio propio, sin que ello conlleve la creación de riqueza. No son privativas de la política, sino que habitan en diversos ámbitos, entre ellos, los medios de comunicación.

A la oscuridad, entendida como la escasez de foros en los que se escuche la opinión de la minoría informada acerca del bien común, ha contribuido el actual divorcio entre las élites económicas y sociales y la dirigencia política. Salvo excepciones, de hecho, tan excepcionales que se califican como 'grandes fichajes' —recuerden el de Manuel Pizarro por el Partido Popular, el del expresidente de Coca-Cola España por Ciudadanos o el más sorprendente, el del general José Julio Rodríguez por Podemos—, no se está produciendo un trasvase de las élites económicas a las estructuras políticas.

Foto: Yuval Noah Harari.

La intelectualidad también se sitúa en una penumbra mediática, arrumbada en páginas de opinión o en puntuales series de entrevistas que tienen la sana intención de arrojar luz sobre los creadores de ideas. El escaso número de clics que generan no invita a su reproducción, al contrario que ocurre con contenidos más sexis que excitan con facilidad las epidermis de las audiencias.

Realmente, las élites no han perdido el interés en la política, sino el deseo de participar en ella y, sobre todo, su fe en los políticos. Claro que hacen política, pero casi siempre pensando en sus conveniencias y, en consecuencia, mirando hacia el boletín oficial que corresponda en cada circunscripción. No pienso que su exilio político sea por un desprecio del interés común, sino por un desdén hacia una clase política endogámica, poco profesional y sometida al sistema de promoción propio de las banderías, en el que prevalece la lealtad sobre la capacidad. En los partidos, no se aplica la teoría de la circulación de las élites, porque incluso cuando esta se produce, es fruto de una disrupción, como prueba el ascenso de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE y desde ahí, tras una moción de censura, a la presidencia del Gobierno de España.

Realmente, las élites no han perdido el interés en la política, sino el deseo de participar en ella y, sobre todo, su fe en los políticos

¿Quién ocupa entonces el espacio en los medios? Una élite política que tiene poco de élite y mucho de política. Su visión de corto plazo, inspirada casi siempre en motivaciones electoralistas, su querencia por los discursos destructivos, mucho más fáciles de diseñar y difundir que los constructivos, su abuso de la telerrealidad y su sesgo partidario y partidista configuran un espacio de opinión pública propicio para la polarización y el déficit de conversación. Mucho grito y poco diálogo. Mucha emoción y poca razón. Mucha mirada al espejo y poca contemplación del paisaje.

Apenas un puñado de científicos, algunos de los cuales se transforman en políticos después de la exposición a dos telediarios, encuentra acomodo en las planillas y escaletas de los medios. Aparecen, no obstante, en su condición de técnicos, portadores de conocimientos verticales cuya profundidad metodológica es engullida por los formatos triunfantes en los propios medios: cada vez menos texto y más imagen, cada vez más ruido y menos claridad. Incluso los datos, los hechos más nítidos, se han convertido en objeto de debate por la falta de rigor y responsabilidad de quienes los manipulan.

Las élites tienen que volver a la política. Deben hacerlo pensando en que el bien común es la base de su propio bien. Una sociedad descreída, desconfiada, desesperanzada e iracunda es tierra abonada para el florecimiento de alternativas radicales, reaccionarias y, sobre todo, impredecibles en sus comportamientos. Las personas más informadas, los líderes del pensamiento, han de volver a la palestra para exponer ideas que van más allá de su exclusivo territorio de rédito, incluso aunque tal exposición convierta la tribuna pública en un cadalso. El precio que haya que pagar por contribuir a iluminar el imaginario popular siempre será menos caro que dejar al barco de las ideas al pairo de navegantes oportunistas e incompetentes. Si la casta existe, que ejerza su responsabilidad y deje oír su voz

*José Manuel Velasco es 'coach' ejecutivo de comunicación y profesor de Comunicación Política de la Universidad Nebrija.

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