Civilización occidental, sin perdón, y guerras culturales
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Civilización occidental, sin perdón, y guerras culturales

Cualquier pretensión de autonomía estratégica, por pragmática que sea, necesitará los cimientos fundacionales de una ciudadanía europea

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En una época tan crítica como la que vivimos en Europa tras la emergencia sanitaria del covid y la crisis económica, el continente entra en un periodo de reflexión para decidir qué de la integración política. Tradicionalmente se ha denunciado que esta Unión Europea lo es solo económica y financieramente, que en el plano cultural común faltaba un relato del 'demos' europeo que la sustentara. Se trata de la perenne crítica de haber construido la casa por el tejado. Quizás, simplemente, los padres fundadores lo consideraron suficientemente ubicuo como para obviarlo en ese momento de la posguerra. Sea como fuere, parece que estamos, pero no acabamos de estar. Así lo sugiere el envaramiento entre acreedores y deudores a cuento de la unión fiscal, aun con todo el pragmatismo en la mano. Visto que el actual marco institucional de la Unión Europea sigue a merced del Consejo Europeo, el concilio de países, como si la comunidad de intereses y valores no fuera lo suficientemente fuerte o evidente, merece también tirarse con filosofía al fondo del asunto, a la génesis de aquel cisma occidental que consumó la Europa de las naciones —y por tanto irremediablemente el legado de propagandas—. Al fin y al cabo, este Consejo nuestro de hoy es un reducto de aquel devenir histórico.

La pregunta más estratégica es: ¿necesita y puede Occidente complementar las carencias ideológicas anglosajonas?

Ahora, tras el Brexit, el repliegue americano y una voluntad expresa pero no expresada de mayor integración política, la pregunta más estratégica, la que quizá aporta más perspectiva, es: ¿necesita y puede Occidente complementar las carencias ideológicas anglosajonas? ¿Hay algo distintivo en ese Occidente no anglosajón, ahora la Europa continental de la UE, que se pueda destilar? El sondeo para la construcción, o quizá simple reconocimiento, de un relato común que subyaga como fondo cultural, la particularidad nacional, parece una empresa imprescindible. Se habla de valores y de modo de vida con cierta fatuidad, pero el marco, proyección y propósito de una narración es lo que da sustancia a un relato y cementa un sentido de pertenencia real. Y efectivamente lo cierto es que cualquier pretensión de autonomía estratégica, por pragmática que sea, necesitará los cimientos fundacionales de una ciudadanía europea.

Divorcio entre valores e intereses

En principio la pregunta tiene un punto de retórica. Es obvio que, como sociedad en conjunto, en Europa nontinental una economía social de mercado luce muy bien frente a un liberalismo económico devenido en plutocracia monopolista. No hay más que pasearse por EEUU fuera de las 5 o 6 grandes urbes para atestiguarlo. Las bolsas de pobreza y marginalidad dan cuerpo a esas diferencias abismales en índices de desigualdad y a una calidad distinta en cohesión interna, y ello a pesar de la crisis del euro y el suspenso actual del impulso integrador. Y si bien es la diferencia en criterios rectores lo que modula el matiz en sociedades profundamente afines –de un lado el rédito de capital cortoplacista y del otro el ciudadano–, lo cierto es que una sensación difusa de desafección social y orfandad existencial planea sobre ambas. Unos más religiosos, otros más seculares, pero es incontestable la estridencia entre los niveles de riqueza económica conjunta, jamás alcanzados en la historia, con una polarización política extrema y el estertor populista.

Que el liberalismo económico eminentemente anglosajón debe una reflexión crítica profunda tras los excesos de las últimas décadas es irrefutable. Dos de las cuestiones nucleares de nuestra época, la crisis medioambiental y los extremos de la política monetaria no ortodoxa (QE´s) –ambos sistemas de socialización de pérdidas– están en las mismas antípodas del espíritu liberal. Dos perlitas sistémicas del legado hegemónico cuya gestión flirtea con la letalidad. Que la escisión fatal y flagrante entre el liberalismo económico y el político-filosófico en torno al ciudadano, encarnada en la denostación y desmerecimiento de la cosa pública, se haya producido a la par que la consagración y decadencia del "soberanismo" anglosajón no es casual.

Foto: Una bandera de la Unión Europea izada en Francia. (EFE) Opinión
Europa: identidad y ciudadanía
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El premio a la desubicación estratégica más reciente de este divorcio entre valores e intereses, entre liberalismo político y económico, se lo lleva la forma que se bendijo para la incorporación de China en la globalización (1997 OMC), marcada por el interés más miope y dando por buena la versión más anárquica de capitalismo: cortoplacista, marginal, extractivo. O sea: superficial. Sin exigencia alguna de dotación institucional –y qué decir de derechos humanos– el capital se lanzó a absorber los réditos de una oferta laboral a ínfimo coste sin consideración estratégica alguna. La digestión provocó la depauperación sistémica de segmentos de renta baja y media en Occidente, el criadero de populismo y desafección política.

La sospecha de superficialidad con la que ha devenido Occidente en su opulencia al paso del liderazgo anglosajón se confirma. Un modelo en el que el enaltecimiento del mercado, con toda su perfección incuestionable, se ha desentendido sustancialmente del marco institucional, social y deontológico que lo antecede y posibilita. El caso chino es el máximo exponente del capital corriendo por delante de la jurisdicción ('race to the bottom') y el arbitraje sistemático entre órdenes jurisdiccionales. Esa es la dinámica por la que el liberalismo económico flirtea con defenestrar el político, al límite. De esa pata cojea el liberalismo anglosajón como ideología preponderante en el paso del XX al XXI. Los réditos hegemónicos de Occidente: la Pax Americana de la posguerra y el dividendo de la Guerra Fría tardaron poco en consumirse. Ahora: acto de contrición con la inversión ESG 'Environment Social Governance'. No es casualidad que todo el conato incipiente de soberanía europea capitalizando el tamaño de su mercado interno persiga poner un suelo a esta deriva, exigiendo mínimos estándares medioambientales, laborales, fiscales, etc. Con China casi nos atrevemos a exigir derechos humanos en el último tratado. ¡Oh, sorpresa! Hay interés en poner en precio el armazón institucional.

Estos lodos de aquellos polvos

Las faltas de sintonía eran claras y van más allá de la consigna diplomática británica por excelencia durante siglos: 'Divide and rule'. No solo las distinciones filosóficas entre empirismo y racionalismo, entre jurisprudencia y codificación, sino las diferencias de un modelo de expansión global a todas luces endogámico frente a las pretensiones anteriores, integradoras, inclusivas, de los meridionales. Desde que los mimbres de la historia comenzaron a urdirse a base de las propagandas y relatos nacionales, allá por el siglo XVII, la divergencia entre valores e intereses empezó a hacerse sistemática. La diáspora competitiva hacia la globalización sucede en un frenesí de avances tecnológicos y desarrollo económico al amparo del impulso nacional, aunque sea la experiencia de códigos de convivencia y cooperación –el humanismo de base, lo que la posibilita–.

Es entonces cuando se produce un síncope en la unicidad del relato occidental. Cuando la cadena que va de la filosofía clásica griega y el estoicismo de la Roma antigua a la modernidad y la teoría liberal (el reconocimiento del 'otro') queda interrumpida por las propagandas nacionales al hilo de filiaciones religiosas. Es cuando, con la primera ola de globalización, el peso específico de la contribución intelectual española, las escuelas de Salamanca y Vitoria (Mairena, etc), conectando mundo antiguo y moderno con el valor cardinal de la persona, fue obviado por las narrativas nacionales primero anglosajona y luego francesa. (Esa es la fuente de repudio nacional a la que se adscriben hoy los nacionalismos vasco y catalán). Cuando las pretensiones universalistas de la cristianización quedan superadas por el excepcionalismo protestante, la teoría de la predestinación y el frenesí de la expansión económica. Algo más que la religión se quebró entonces.

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Foto: EFE

Los últimos estertores de la consigna nacional en formato anglosajón, 'make America great again' de EEUU o el 'take back control' de GB, son el canto del cisne de las propagandas nacionalistas. En Occidente no queda ni el tato. Cualquier conato de redención occidental, de relato único y consistente, exige un sondeo de las raíces del liberalismo político (el "ciudadano" y su proyección virtual a una articulación política supranacional hacia el "multilateralismo"). Se trata de recuperar el noble mito del cosmopolitismo a la antigua usanza estoica y kantiana: individuo como ciudadano del mundo. Sin duda es la Unión Europea y la superación de soberanías nacionales como 'modus operandi, su incondicional adscripción al multilateralismo, el proyecto político que genuinamente mejor recoge esa tradición idiosincráticamente occidental. Que Europa tenga ahora en fermento su propia ciudadanía a la par que el brillo anglosajón remite no es más que el reflujo de la corriente.

El poder telúrico de identificación y proyección de un relato de corte antropológico y secular pierde su potencia en el altar falaz del nacionalismo. O exhumado en el victimismo narcisista de las políticas identitarias. Siempre el instinto tribal en cualquier formato. Tras el vértigo a la libertad individual del existencialismo filosófico- todo ese rock, ahí están las propuestas básicas del posmodernismo, relativismo y deconstruccionismo francés (Foucault, Derrida, etc), arrasando la universidad americana con la corrección política. ¡Vaya miopía e indigencia intelectual la de ese hermanamiento "Atlántico"!

Mito fundacional: individuo, ciencia y democracia liberal

¿Y qué es lo medular desde Occidente? Desde las contribuciones en filosofía política de aquel judío sefardí execrado por la comunidad hebrea que fue Spinoza hasta la perfección formal de un Popper y su sociedad abierta, o un Rawls, muchos han dejado la vida en esto. La postulación del individuo, la persona, como dovela de todo el armazón político-jurídico en democracias liberales es el culmen y el punto de arranque de esa civilización con pretensiones de universalidad. Ese es el relato originalmente occidental con destino al cosmopolitismo. La línea clara trazada en Occidente desde la filosofía clásica de Grecia y el estoicismo de Roma hasta la Ilustración y la teoría del liberalismo moderno. El fundamento político del individuo/persona en torno a su naturaleza racional y libre y el Estado de Derecho que lo ampara consiguen el equilibrio ordenado ideal entre cooperación y competencia. Un espacio para el arbitraje sostenible de la pulsión pasional sobre la que planea la razón.

Lo que originalmente parecía un invento noble, un canto al viento –el iusnaturalismo y esa fundamentación política de la persona en base a su naturaleza–, ahora está siendo avalado por toda la vanguardia de la ciencia: psicología, antropología, genética y teoría de la evolución… que comprueban como el lenguaje, la lógica y un mínimo sentido ético tienen una base innata y antropológica. Resulta que es más nuestra biología que un "constructo social". Por supuesto, es esta misma naturaleza humana también la que precede y predispone al fenómeno religioso en todas sus manifestaciones. La confusión de esta misma naturaleza humana, de empatía, de impulso civilizatorio hacia el otro, con las "raíces cristianas" de Occidente, se ampara en la secularización del Estado y la libertad de credo. Vale.

Ciencia y democracia liberal son dos formas del mismo instinto homeostático y siguen el mismo método de postulación y refutación

La articulación política de una sociedad abierta en torno al individuo –los derechos fundamentales como parte esencial de cualquier democracia liberal– consagra la opcionalidad virtual y de ahí la utilidad nuclear para la especie. Ciencia y democracia liberal son dos formas del mismo instinto homeostático y siguen el mismo método de postulación y refutación. El mundo seguirá teniendo un fondo de misterio insondable. Si esto no es la fuente de un relato antropológico secular, de civilización, se le parece mucho. Por eso, necesariamente, los derechos fundamentales son siempre personales, nunca colectivos o territoriales (sic). Rara vez la estupidez compete al individuo y sí al instinto colectivo por el que aquel se abduce de su propia libertad-responsabilidad.

La civilización como tal es un proceso de selección cultural en el que lo crucial, lo que queda de cada narrativa y relato de propaganda es justo lo que transciende al otro. Toda la eminencia de cualquier propuesta puntual en el tiempo solo se explica por el legado de las anteriores en un cúmulo solapado de usurpación y mestizaje. Occidente no se entiende sin el Oriente Medio y Lejano, anterior a él. Ni Roma sin Grecia, ni Europa sin estas, ni EEUU sin aquella. Ni el mundo actual globalizado sin Occidente. ¿Qué sustancia queda al relato nacional? El circulo está en proceso de cerrarse en un momento en el que dos o tres generaciones serán testigo del paso de 3.000 millones de personas a 10.000 millones. Con la reciente y expresa adscripción al multilateralismo de China ahora ya sí encuentran bazas ganadoras. Aquel "fin de la historia" de Fukuyama parece más un prólogo.

La civilización como tal es un proceso de selección cultural en el que lo crucial es justo lo que transciende al otro

Bajo esta misma perspectiva larga cae el "supremacismo blanco" en su vindicación de dimensión étnica. La eclosión en Europa de la ciencia y la democracia liberal, epistemología y política, dos caras de la misma moneda, responde sobre todo a su geografía privilegiada. Ese Mare Nostrum que baña tres continentes y acelera exponencialmente la velocidad de intercambio, de mestizaje cultural. Que surgiera donde surgió es un punto anecdótico en el tiempo frente al ritmo de asimilación vertiginoso. Como el fuego, el conocimiento alumbra y calienta por igual. Con la mirada larga y serena, la participación en la conformación de ese proceso puede ser una fuente de cálido orgullo, sereno, pero en rigor, ¿qué exclusividad hay?

Y del otro lado, ni revisionismo histórico (leyenda negra incluida), ni blanqueamiento del islamismo radical, ni histrionismos minoritarios, ni categorizaciones identitarias aparecen como sustancialmente leales a la naturaleza transversal, universalista del relato. Explota la filosofía de la rabieta. El armazón político y jurídico de la persona suscita la responsabilidad individual tanto como el vértigo de su libertad. Y a los descreídos del capitalismo en general, 2.000 millones de personas dejando la pobreza en países emergentes debiera ser un número suficiente de razones.

Uno mira el paso de un mundo de preeminencia hegemónica americana a otro multipolar y entiende que EEUU sucumba a las vicisitudes del modelo soberano nacional. Observa el grado de polarización política y fragmentación económica internas, el ambiente intelectual en universidades o los episodios del Capitolio y entiende que Europa se erija como 'primum inter pares'. Lo que hoy llamamos Unión Europea es depositario de toda la tradición occidental virtualmente sin el condicionante nacional. En Europa, la vocación supranacional es tanto un vector de estructuración interna como la vindicación de un canon occidental como relato de civilización. A resultas de forjar la convergencia entre intereses y valores, el multilateralismo se postula como la única vía política posible en este s XXI. El mundo que viene es tanto más incierto e inhóspito de lo que pudiéramos imaginar, el covid un aperitivo. Las dimensiones demográficas, económicas y medioambientales vienen en otro orden cualitativo como para no contar con la ciencia y ese relato antropológico de civilización secular a favor del multilateralismo y la cooperación acelerada. Aceleradísima. Otra cosa no valdrá.

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