Los pilares de la abogacía del siglo XXI
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Ignacio Gómez-Sancha

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Los pilares de la abogacía del siglo XXI

La ola de disrupción tecnológica va a llegar a todos los ámbitos, incluido el de la abogacía, y el principio de la supervivencia del más fuerte va a estar más presente que nunca

placeholder Foto: Un abogado, firmando documentos. (iStock)
Un abogado, firmando documentos. (iStock)

La acertada decisión de El Confidencial de redoblar su apuesta por la información jurídica y la oportunidad de prologarla me brindan una valiosa oportunidad para reflexionar sobre el presente y futuro de la profesión jurídica.

Los compañeros nativos digitales quizá sean menos conscientes, porque no han conocido otra, pero es innegable que vivimos en una sociedad radicalmente distinta a la que vio nacer nuestra democracia. La revolución tecnológica ha impulsado cambios en los últimos 20 años más rápidamente que en los 200 anteriores. Y, por si eso fuera poco, la pandemia que nos azota —que es, sobre todo, un drama sanitario y social— también ha cambiado profundamente la forma en que nos relacionamos y, sobre todo, en que trabajamos.

En contraste con las sociedades más verticales de antaño, en las que el poder político, los grandes grupos empresariales y los medios de comunicación condicionaban en gran medida nuestros destinos, hoy, la tecnología ha permitido el surgimiento de una sociedad distinta, que vive en permanentemente hiperconexión, en la que cada uno de nosotros alimentamos constantemente la red y tenemos con ello una capacidad individual de influencia muy superior. Hasta los principales líderes políticos se comunican con nosotros por Twitter más que por televisión.

Foto: Ilustración: EC Diseño.

Esa ola de disrupción tecnológica va a llegar a todos los ámbitos, incluido el de la abogacía, y el principio de la supervivencia del más fuerte va a estar más presente que nunca. En algunos despachos ya hay personas que solo se dedican a controlar un 'software' de inteligencia artificial que revisa contratos de forma automática. Y, en el futuro, la decisión de qué abogado atiende a cada cliente la tomará una máquina a partir de perfiles basados en la actividad en redes sociales, como han empezado a hacer ya los 'call centers' de algunas multinacionales.

Las principales consecuencias de esta vida en red son, por un lado, el pleno y libre acceso a la información, que facilita enormemente la competencia también entre abogados y despachos, y, por otro, la transparencia, porque todo lo que hacemos queda registrado, y nuestra vida y carrera son accesibles y auditables, incluidas nuestras debilidades y errores.

En paralelo, la dilución de las fronteras y jurisdicciones tradicionales hace que las categorías jurídicas también registren muchos más tonos grises que hasta ahora: hoy, por ejemplo, la mayoría de normas aplicables en España viene dictada por órganos de la Unión Europea, y cualquier abogado de la Unión puede colegiarse en España.

La tentación para las firmas puede ser convertirse en organizaciones 'transversales', donde se mezclen abogacía y otros servicios

La suma de estos y otros factores hace que, en la actualidad, los jóvenes abogados se desenvuelvan en un entorno mucho más competitivo y complejo que el de generaciones anteriores. También, claro está, con muchas más oportunidades, porque ya no está vetado que una joven abogada española llegue a ejercer en Wall Street o en la City londinense, o que pueda conseguir clientes en todos los rincones del mundo, y todo ello sin salir del barrio de Chamberí.

En este nuevo entorno, los despachos de abogados se enfrentan a decisiones de gran calado sobre su estrategia y organización. La tentación para las firmas clásicas puede ser convertirse en organizaciones 'transversales', donde se mezcle la labor del abogado con la de financieros, auditores, consultores, psicólogos o matemáticos; mantenerse en el asesoramiento legal, pero buscar el talento de informáticos, financieros o consultores que además se licenciaron en derecho, o hasta ofrecer grandes rebajas bajo un falso disfraz de empresas tecnológicas. Estas organizaciones tendrán su sitio, pero no liderarán nuestra profesión.

La labor del buen abogado ha sido la misma durante generaciones, y en muchos sentidos va a seguir siéndolo: ayudar a los clientes a pisar suelo firme; contribuir a que se haga justicia, y ayudar al respeto de los derechos y libertades en el marco de una democracia moderna. Pero, al mismo tiempo, los que han marcado el rumbo en nuestra profesión no seguirán haciéndolo si no evolucionan al ritmo que los tiempos demandan

Foto: Foto: iStock.

Al cabo de toda esta suma de factores, creo que el abogado del siglo XXI debe ser una persona polifacética y fiel a sus valores y principios, muy consciente de sí misma y de sus capacidades, muy humilde y realista con sus limitaciones, conocedora de la complejidad del entorno en el que vive y capaz de adaptar sus propias habilidades a ese entorno, llenar las lagunas y déficits de cada momento, y dotarse de unas habilidades muy distintas a las de los abogados del pasado.

Por todo lo anterior, creo que el éxito de esa abogacía del futuro va a corresponder a los despachos y abogados que sepan combinar y apoyarse en seis pilares fundamentales.

El primero, un profundo conocimiento de los clientes, porque la realidad cambiante y compleja a la que me refería antes nos obliga a dedicar mucho más tiempo y recursos que antaño a conocer con detalle el negocio y los asuntos de aquellos a quienes brindamos nuestros servicios.

El segundo, un profundo conocimiento del derecho, en su más amplio sentido, porque la complejidad cada vez mayor de las operaciones, sumada a la creciente deslocalización de la actividad económica, obliga a ser simultáneamente generalistas y especialistas y a entender los problemas y conceptos jurídicos de forma genérica mucho antes de trasponerlos a uno u otro ordenamiento nacional.

Los despachos tienen que mantener un compromiso decidido con la defensa de los valores democráticos

El tercero, la inversión constante en la aplicación de herramientas tecnológicas que faciliten y hagan más completo el producto final que ofrecemos a nuestros clientes.

El cuarto, un desarrollo constante de las capacidades no jurídicas —porque saber idiomas, finanzas, contabilidad, retórica y algo de 'marketing' y desenvolverse bien con la tecnología ha dejado de ser un 'nice to have'— y una atención permanente al cuidado y al equilibrio personal (o, como diría Covey, saber afilar la sierra).

El quinto, un compromiso firme con la diversidad de talentos, que no reemplace, sino que complemente y mejore, la meritocracia. Los despachos tienen que ser capaces de ofrecer un entorno de plena igualdad en el que puedan conciliarse la vida profesional y la familiar. Y no solo porque es un derecho, sino porque además funciona. Un estudio de la Brandeis University demostró que quien compagina bien su carrera con su vida privada tienen menores niveles de ansiedad, más salud mental y física, matrimonios más estables y una satisfacción vital superior.

Y, por último, los despachos tienen que mantener un compromiso decidido con la defensa de los valores democráticos y, en particular, con el principio de la independencia del poder judicial. Los abogados somos una pieza esencial del sistema más importante de cualquier sociedad, el de hacer justicia en los conflictos inherentes a la naturaleza humana —o, con arreglo a la definición clásica, en el esencial propósito de dar a cada uno lo suyo—, y también somos contribuidores clave al único imperio de los hombres y mujeres de bien: el imperio de la ley.

*Ignacio Gómez-Sancha, Socio Director de la oficina de Madrid de Latham & Watkins

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