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¿Qué ocurre en realidad dentro de un gran despacho y una 'Big Four'?
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¿Qué ocurre en realidad dentro de un gran despacho y una 'Big Four'?

Existe un pacto tácito de reciprocidad entre el joven que ingresa y la firma: la segunda proporciona los mejores clientes y proyectos y, a cambio, exige un estándar de calidad y compromiso más allá de lo común

Foto: Vista de las Cuatro Torres de Madrid. (iStock/Marta Fernández)
Vista de las Cuatro Torres de Madrid. (iStock/Marta Fernández)

Me llamo Manuel y he trabajado en Garrigues y en EY. Esto, que suena a confesión de alcohólicos anónimos, ha sido mi realidad profesional durante los primeros quince años de carrera profesional.

Al hilo de las recientes inspecciones sorpresa de trabajo, me he animado a escribir unas líneas tratando de aclarar qué hay de cierto sobre los cuatro mitos que rodean estas organizaciones: jornadas interminables, salarios estratosféricos, presión constante y mucho estrés.

Creo que lo primero que hay que entender es que este tipo de firmas son, de algún modo, escuelas. Existe un pacto tácito entre el joven que ingresa y el propio despacho o 'Big Four', que establece una clara reciprocidad: yo te voy a proporcionar los mejores clientes y los más reputados proyectos desde que tienes veinticuatro años y, a cambio, te voy a exigir un estándar de calidad y compromiso que va más allá de lo común.

A la luz de esto se entiende el primer mito, las jornadas interminables de trabajo.

Foto: Las Cuatro Torres de Madrid. (Reuters/Paul Hanna)

Para mí este asunto tiene dos variables. La primera es la propia naturaleza de estas organizaciones, donde siempre das servicio simultáneo a muchos clientes. Al contrario de lo que ocurre cuando trabajas en los departamentos jurídicos o financieros de una empresa, donde tu empleador es generalmente tu único "cliente", en una empresa de servicios profesionales hay varios de estos encargando asuntos a la vez.

En los grandes despachos y en las 'Big Four' dependes íntegramente de las necesidades de tus clientes, por lo que se pueden dar semanas "tranquilas" en las que incluso se instala en la organización una cierta preocupación porque los clientes "piden poco", a semanas muy complicadas donde tres, cuatro o cinco de tus clientes tienen urgencias sobre temas complejos; en estas últimas, de pico de trabajo, sí te toca hacer jornadas más largas.

La segunda es que, en puridad, todo depende de tu propio nivel de exigencia profesional. Dicho de otro modo, nadie te va a pedir de manera explícita que un día te quedes hasta las dos de la mañana (en mi experiencia esto no es lo normal), pero si el tema es complejo y el plazo de entrega corto, vas a ser tú mismo el que necesites estas horas extra para estudiar.

Foto: Foto: iStock.

¿Puedes irte a las seis de la tarde y dejar enviado a tu manager un documento a medio cocinar? Claro que puedes, pero entonces olvídate de promocionar en el medio plazo. En resumen, la jornada maratoniana depende en gran medida de ti, y de tu nivel de autoexigencia: si tú no lo haces, otro lo hará, pero esta falta de excelencia se reflejará en tu evaluación.

El segundo mito es el de la remuneración. Aunque es cierto que los salarios suelen ser superiores a los de la empresa privada, la realidad es que la propia estructura de despachos y Big Four lo que premia es la sociatura, donde sí empezarás a ganar realmente dinero. La pirámide entera está diseñada de modo que, antes de ser socio, tienes un fuerte componente de remuneración emocional —"trabajar con los mejores en los proyectos más punteros", lo que para alguien que ha orientado su carrera hacia la excelencia es un verdadero acicate—, y otro salarial que se parece más a la clásica zanahoria: si aguantas por encima de los quince años, es posible que llegues a socio, y entonces sí ganarás un montante muy relevante.

Pero, insisto, quien entra en uno de estos sitios lo hace en gran medida porque quiere formar parte de los proyectos más importantes, conocer por dentro las grandes fusiones, o preparar los juicios más relevantes, no estrictamente por dinero.

Foto: Una oficinista con mucho estrés. (iStock)

Finalmente, el asunto del estrés y la presión. Aquí realmente no hay mucho que analizar, ni medias tintas: sí, la presión es enorme y el estrés constante. Por no repetirme, vuelven a entrar en juego los dos elementos que he comentado: varios clientes encargando asuntos a la vez, y la exigencia de dar una respuesta de mucha calidad en muy poco tiempo.

En Garrigues siempre bromeábamos diciendo que, tras unos años, éramos capaces de no saber nada de un tema determinado a las nueve de la mañana, y ser auténticos expertos a la hora de comer. Y esto solo se consigue a través de un duro y exigente entrenamiento. Realmente te conviertes en una máquina de buscar información, estudiarla, estructurarla, entenderla, y aplicarla en un plazo mínimo de tiempo al problema de tu cliente, al que enviarás un documento en el mismo día en que te plantee el problema.

Y esto te va a exigir trabajar muy rápido, con un plazo de entrega muy corto, y con la presión añadida de que lo que entregues va a llevar el sello Garrigues; es decir, debe ser excelente. Con esta combinación, el alto nivel de estrés efectivamente está servido.

Foto: La biblioteca de la Universidad de Leuven, en Bélgica. (iStock)

Para finalizar, una reflexión personal, parecida a lo que he leído en algún artículo: ninguna de estas organizaciones te engaña y, volviendo al pacto táctico que citaba al principio, cuando entras sabes perfectamente lo que se va a exigir de ti. ¿Vale la pena? En mi caso, rotundamente sí. Quince años en estas dos escuelas conllevaron evidentes sacrificios, picos de estrés y un nivel de exigencia muy alto, pero lo repetiría sin dudar.

Lo que soy hoy, profesionalmente hablando, me lo enseñaros los socios y socias de estas dos casas. Cuando un cliente me felicita porque he solucionado en un día un conflicto que iba a suponer el cierre de una fábrica, o envío en cuarenta y cinco minutos un correo complejo a un cliente americano explicándole de manera sucinta la información que me ha pedido por teléfono, soy capaz de hacerlo porque me entrenaron para ello.

¿Lo volvería a hacer? Sin dudar. ¿Lo recomiendo? Esto ya es algo muy personal, pero espero que este artículo ayude a formarse un mejor juicio a cualquiera que aspire a probarlo.

* Manuel Fernández-Fontecha Rumeu es abogado.

Me llamo Manuel y he trabajado en Garrigues y en EY. Esto, que suena a confesión de alcohólicos anónimos, ha sido mi realidad profesional durante los primeros quince años de carrera profesional.

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