El lecho de Procusto
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El lecho de Procusto

El Supremo no ha abierto la puerta de par en par a la impunidad. Quien actuó con malicia, quien defraudó conscientemente, sigue quedando fuera del perdón, y es justo que así sea

Foto: Fachada del Tribunal Supremo (Alberto Ortega / Europa Press)
Fachada del Tribunal Supremo (Alberto Ortega / Europa Press)

En las colinas del Ática, donde el polvo de los caminos se mezclaba con el aroma del tomillo silvestre, existía una posada que los viajeros buscaban con alivio al caer la tarde. Su dueño, un hombre llamado Procusto, recibía a los caminantes con una sonrisa generosa y les ofrecía pan, vino y un lecho de hierro en el que recuperar las fuerzas. Pero la hospitalidad de Procusto escondía una liturgia siniestra: el huésped debía encajar exactamente en la cama. Si era demasiado bajo, le estiraba las extremidades hasta descoyuntarlo. Si era demasiado alto, le amputaba los pies. A Procusto no le importaba quién fuera el viajero, de dónde viniera ni qué historia cargara a la espalda. Solo le importaba la medida.

La imagen sobrevivió a los siglos porque nombra algo que reconocemos de inmediato: esa tendencia de ciertos sistemas a forzar la realidad para que encaje en un molde preestablecido, ignorando los matices, las circunstancias y, a menudo, la propia justicia. Y si uno presta atención, descubrirá que el viejo posadero griego ha tenido descendientes en los lugares más inesperados.

Pensemos, por ejemplo, en un panadero de provincias. Un hombre que durante veinte años se levantó a las cuatro de la madrugada para encender el horno, que pidió un préstamo para comprar una amasadora nueva, que resistió una crisis pagando las nóminas de sus tres empleados con sus propios ahorros hasta que no quedó nada. Cuando al fin tuvo que cerrar la persiana, lo hizo con las manos vacías y la conciencia tranquila, pero con un defecto administrativo en la forma de liquidar la sociedad. Un trámite. Un papel mal cumplimentado mientras intentaba sobrevivir.

Ahora pensemos en otro personaje: un individuo que vació metódicamente las cuentas de su empresa, desvió fondos a paraísos fiscales y se compró un yate mientras sus acreedores llamaban a una puerta que ya nadie abría.

El panadero y el defraudador no se parecen en nada. Su historia, su intención, su conducta pertenecen a galaxias morales distintas. Y sin embargo, durante un tiempo inquietantemente largo, el sistema los trató exactamente igual. A ambos se les ató al mismo lecho de hierro. A ambos se les dijo lo mismo: usted no merece una segunda oportunidad.

El mecanismo era sencillo y despiadado. Cuando un pequeño empresario o autónomo arrastraba ciertas deudas con la Administración, existía un expediente — una cosa llamada “derivación de responsabilidad” — que, por su mera existencia, operaba como un cerrojo. No importaba si detrás de ese expediente había un fraude elaborado o un simple error cometido en la desesperación del naufragio. El expediente existía, y eso bastaba. La puerta se cerraba. El deudor quedaba condenado a una especie de muerte civil, arrastrando para siempre unas deudas que jamás podría pagar, sin posibilidad de empezar de nuevo.

Era, en esencia, una presunción de culpabilidad vestida de trámite burocrático. Una guillotina que no distinguía gargantas. La Administración, en su afán de cobrar —comprensible, por otra parte, porque las arcas públicas se nutren de lo que todos aportamos, había encontrado un atajo cómodo: si el expediente dice que usted debe, usted es culpable. Fin de la conversación. No hacían falta más preguntas, ni más pruebas, ni más contexto. El formulario mandaba.

Miles de personas quedaron atrapadas en ese mecanismo. Administradores de pequeñas empresas que cerraron mal porque no sabían cerrar mejor. Autónomos que se endeudaron intentando salvar lo insalvable. Gente cuyo único delito fue fracasar sin la asistencia de un asesor que les guiara por el laberinto de los procedimientos. A todos ellos se les negó el perdón con la misma frialdad con que Procusto empuñaba su sierra.

Pero en la mitología, Procusto encontró su final. Fue el héroe Teseo quien, al llegar a la posada, obligó al anfitrión a probar su propia cama. La crueldad del sistema se volvió contra su creador.

En nuestra historia, el papel de Teseo lo ha asumido el Tribunal Supremo.

A mediados de febrero de 2026, en una serie de resoluciones que la propia Sala reconoce como las primeras en abordar esta cuestión, el Alto Tribunal ha desmontado el automatismo pieza a pieza. El mensaje es claro y se puede resumir sin necesidad de recurrir a latinismos ni a números de artículos: para negar a alguien la posibilidad de empezar de nuevo, no basta con agitar un expediente. Hay que demostrar que detrás de ese expediente late una conducta deshonesta, un engaño real, una intención de defraudar. Si no hay fraude, no hay exclusión.

El Supremo no ha abierto la puerta de par en par a la impunidad. Quien actuó con malicia, quien defraudó conscientemente, sigue quedando fuera del perdón, y es justo que así sea. Pero quien simplemente erró, quien cayó víctima de las circunstancias, quien cerró mal su negocio porque estaba demasiado ocupado intentando no ahogarse, ese ya no será tratado como un criminal. Se acabó la presunción de culpabilidad por defecto. Se acabó el castigo sin mirar el pecado.

Lo que estas sentencias devuelven no es solo una posibilidad procesal. Devuelven algo más hondo: la idea de que la justicia, para merecer ese nombre, necesita ojos que miren y oídos que escuchen antes de dictar sentencia. Que un sistema que aplica la misma vara a quien roba y a quien fracasa no es un sistema justo, sino un sistema cómodo. Que la ley, cuando se aplica sin discernimiento, se convierte en el instrumento de una crueldad burocrática que nada tiene que envidiarle al viejo posadero del Ática.

El lecho de Procusto ha sido, por fin, clausurado. Y en su lugar queda lo que siempre debió haber estado: la obligación de distinguir entre el error y el fraude, entre el infortunio y la malicia. No una cama de hierro de medidas invariables, sino una balanza que pesa cada historia por lo que realmente es.

*Miguel Ángel Marchena Carrero, socio director de Adara Legal

En las colinas del Ática, donde el polvo de los caminos se mezclaba con el aroma del tomillo silvestre, existía una posada que los viajeros buscaban con alivio al caer la tarde. Su dueño, un hombre llamado Procusto, recibía a los caminantes con una sonrisa generosa y les ofrecía pan, vino y un lecho de hierro en el que recuperar las fuerzas. Pero la hospitalidad de Procusto escondía una liturgia siniestra: el huésped debía encajar exactamente en la cama. Si era demasiado bajo, le estiraba las extremidades hasta descoyuntarlo. Si era demasiado alto, le amputaba los pies. A Procusto no le importaba quién fuera el viajero, de dónde viniera ni qué historia cargara a la espalda. Solo le importaba la medida.

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