Un negocio limpio

El otro día estaba esperando el autobús y me llamó la atención que todos los elementos de la parada correspondían a lo que uno hubiera esperado

El otro día estaba esperando el autobús y me llamó la atención que todos los elementos de la parada correspondían a lo que uno hubiera esperado hace cuarenta años de una parada de autobús del año 2010: marquesinas de diseño, un panel que informa en tiempo real de los plazos de llegada de los autobuses (¡digital!), el aspecto hipermoderno de la gente (si se compara con el de hace cuarenta años)…

Todo tenía un aire “Blade Runner” (maravillosa película futurista de Riddley Scott que les recomiendo ver), que es el que uno esperaría de la parada de autobús del futuro si hace cuarenta años hubiera podido viajar en el tiempo. Todo, excepto en una cosa: el mismo sucio y polucionante motor diesel de los autobuses.

Curioso: en una parada de autobús de Madrid conviven una tecnología que permite que haya un panel de información (digital), que te indica en tiempo real lo que falta para que llegue el autobús, con un vehículo de transporte cuyo motor tiene una capacidad de ensuciar el medio ambiente que no se diferencia casi nada de la de los autobuses de cuando yo era un niño (que les toque uno al lado en un atasco y verán que no exagero). Y casi igual de ruidoso, por cierto (que no les pongan una parada de autobús debajo de su dormitorio porque también me darán la razón).

Luego cogí un avión y todavía me maravilla que uno pueda ahorrarse la cola para sacar la tarjeta de embarque, imprimiéndola desde su propia casa. Y todos los días alucino con mi móvil, donde hablar por teléfono se ha convertido en sólo una pequeña parte de lo que se puede hacer con él. Y ves a un amigo que le operan de la rodilla y a los dos días está por ahí caminando como si nada, con una cicatriz de un centímetro escaso, y... En fin, la lista de lo que puede hacer el progreso tecnológico es increíble. Incluso en el propio mundo del automóvil. ¡Pero si ya hay coches que aparcan solos!

¿Y qué me dicen del GPS? Si se piensa en ello dos veces te das cuenta de que es algo increíble: que en tu coche lleves un aparato mediante el cual un satélite te dice cómo llegar a un sitio. ¡Un satélite! ¡Y gratis! Qué pasada, ¿no? Miramos a nuestro alrededor y no hay nada que no haya evolucionado de forma espectacular tecnológicamente hablando. Bueno, casi nada, porque ¿qué me dicen de nuestras fuentes de energía?

Se diga lo que se diga, las energías alternativas solo pueden competir con las fósiles a base de subvenciones, cuando el resto de productos y servicios se hacen competitivos de forma natural gracias a su evolución tecnológica. A más evoluciona algo tecnológicamente, más competitivo se hace y más rápido sustituye al elemento obsoleto. Sin subvenciones, sólo porque se convierte en algo más eficiente.

Vaya por delante que no sólo no estoy en contra de las energías alternativas, sino todo lo contrario. No soy ecologista de ponerme delante de un tren cargado de residuos radiactivos -tampoco tengo edad para eso, la verdad-, pero sí soy ecologista de indignarme, tanto como el chaval que se pone delante del tren, cuando veo nuestras playas, nuestros bosques o nuestros mares. O simplemente cuando respiro el aire de mi ciudad. Creo que cuidar el medio ambiente debería dejar de ser una cuestión política y ser algo tan obvio como que uno no debe hacer sus necesidades en medio de la calle o no puede empujar a una anciana para subir antes al autobús. Por educación, por supervivencia, por sentido común, no porque uno sea de izquierdas o de derechas. Esa visión de que si soy de izquierdas soy ecologista extremo y si soy de derechas me meto con todo lo que suene a ecologismo se está convirtiendo en algo patético.

Pero volviendo a lo importante, el caso es que para la humanidad parece que ha sido más importante hablar por teléfono desde cualquier sitio o “twitearse” que cuidar el planeta en el que vive. Una estupidez así sólo es comparable a nuestra capacidad de destrucción por guerras o, económicamente, por crisis financieras.

Esta situación sólo puede tener cuatro explicaciones: que somos unos brutos egoístas, cortoplacistas e insolidarios, que hay una conspiración para evitar que avance la tecnología  en el campo energético, que es demasiado complicado obtener energía limpia para nuestra capacidad de innovación tecnológica, o todas estas cosas juntas.

Yo no suelo creer en las teorías conspiratorias a gran escala -es muy difícil poner a tanta gente de acuerdo-, pero en este caso concreto creo que es perfectamente posible que sea tal el poder de los interesados (países productores de petróleo o carbón, compañías petroleras, empresas fabricantes de automóviles, etc.) que, aunque no haya un acuerdo expreso, sí influyen cada uno por su lado sobre el político de turno, lo que de forma tácita bien podría haber creado una auténtica barrera multinacional al desarrollo de las energías alternativas. Unido esto a los otros factores mencionados, tenemos el cóctel que ha motivado posiblemente la situación en la que nos encontramos.

¿Y en qué afecta esto a un inversor, se preguntarán Uds.? Bueno, aparte de que la mayoría de los inversores tienen hijos y no querrán que ellos y sus nietos vivan en un vertedero -vamos, digo yo-, aquí nos encontramos con una de esas cuestiones que generan una tendencia sectorial bursátil alcista de largo plazo, lo cual no es fácil de encontrar. Son tendencias que en ocasiones resultan relativamente modestas en el corto plazo, pero su duración es tan prolongada que resultan ser muy buenos negocios.

La cuestión es que, por muy pesimistas que seamos en relación a la humanidad y el ser humano, al final hay problemas que se convierten en algo tan grave que ni el conspirador más maquiavélico y poderoso puede evitar que la humanidad se ponga manos a la obra para solucionarlo. Y lo maravilloso desde el punto de vista de un economista es que es precisamente el componente economicista del ser humano el que al final acaba mejorando el mundo, porque en la mayoría de los cambios que más han mejorado la vida del ser humano la palanca fundamental no han sido la reflexión o las buenas intenciones, sino porque esa reflexión y esas innegables buenas intenciones han generado la chispa que al fin y a la postre mueve las cosas: el negocio, el “business”, la “pasta”.

Es brutal, pero fíjense por ejemplo en el desarrollo de un medicamento: se dispara cuando hay muchos enfermos con una determinada enfermedad, simplemente porque aumenta espectacularmente la “demanda”. Es duro, sí, como la humanidad misma, pero al final es la actitud economicista del ser humano la que permite que se desarrollen cosas tan maravillosas como los antibióticos o la futura vacuna contra la malaria. Eso y esos pocos, pero maravillosos, seres humanos que investigan solitaria y solidariamente para encontrar una vacuna o conseguir un avance tecnológico. Pero dejémonos de “buenismos”: si no hubiera demanda y una empresa farmacéutica que viera el negocio, la buena voluntad se quedaría en nada.

Se ha hecho tan poco por cambiar nuestras fuentes de energía, hay tanto camino que andar, que la sustitución se ha convertido potencialmente en un inmenso negocio, especialmente ahora que la energía nuclear ha vuelto a ponerse seriamente en cuestión después del accidente de Fukushima.

Si pensamos en cómo siguen siendo los autobuses de nuestra ciudad, si reflexionamos sobre la que se está liando en los países árabes -la tensión actual es sólo el principio de lo que va a pasar en el avispero del que obtenemos la mayoría del petróleo-, si admitimos que en el fondo a nadie le apetece vivir cerca de una central nuclear (aunque también soy de los que creo que no se puede prescindir de ellas, al menos de momento), quienes así pensamos y a la vez somos inversores y/o asesoramos a la gente que invierte, como es mi caso, estamos ante una de esas tendencias de largo plazo, tan larga como será el propio proceso de sustitución real, es decir, eficiente y no subvencionado, de nuestras fuentes de energía.

Sin duda una parte de los beneficios ya se ha producido y basta ver cómo mi teoría se ha ido cumpliendo en los últimos años, cuando el sector ha superado por goleada al SP500, pero aún queda mucho por hacer y, por lo tanto, que ganar. Los inversores y la humanidad. Las energías limpias como actividad ni siquiera han alcanzado el “break even”, no cubren gastos, necesitan ser subvencionadas. Están en una fase inicial del negocio, así que todavía queda por delante todo el periodo en el que serán un auténtico negocio.

Han subido mucho, pero queda margen (además se puede comprar barato aprovechando las caídas bursátiles que seguirá generando la incompetencia de los políticos europeos). La destrucción del medioambiente acabará creando un rechazo social muy superior al actual, lo que a su vez irá apoyado por la volatilidad que generará el avispero árabe en los precios del petróleo. Todo ello hará que la sociedad se harte y se genere esa demanda económicamente fundada que es capaz de hacer que resulte más interesante desarrollar energías limpias competitivas que seguir apoyando a compañías petroleras y dictadores de países productores de petróleo. Y financiando atentados islamistas contra nuestros conciudadanos, por cierto.

Esto tiene que cambiar. Aunque sólo sea porque es un desequilibrio económico y los desequilibrios económicos tienden a volver al equilibrio, o porque puede ser un gran negocio -veámoslo fríamente: eso siempre ayuda- y porque la humanidad ha demostrado que aunque es capaz de crear monstruos como la Alemania nazi, también es capaz de curar la peste, la viruela, eliminar la esclavitud o crear una clase media económica que acabe con enormes desigualdades sociales que duraban siglos. O, por qué no decirlo, que los señores Gates y Buffett decidan dedicar casi toda su fortuna a luchar contra las enfermedades más destructoras del mundo.

La sustitución de las energías fósiles es un proceso imparable, acabará siendo un orgullo para la humanidad y en gran parte será así gracias a que es un gran negocio. Nadie le otorga a la economía  -o a la actitud economicista del ser humano- su mérito en las cosas buenas de la humanidad, sólo en las malas. El dinero siempre es –teóricamente- algo sucio, pero cuando nuestros nietos viajen en coches eléctricos, calienten su casa con energía solar oeólica y respiren aire limpio espero que haya alguien valiente y justo que reconozca que ha sido posible porque, entre otras cosas, era un buen negocio. Y un negocio limpio, por cierto.

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