No hay debate, la austeridad es la única solución

En este mundo traidor donde nada es verdad ni es mentira, sino que todo depende de la celda del Excel que se mira, ha causado no

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    En este mundo traidor donde nada es verdad ni es mentira, sino que todo depende de la celda del Excel que se mira, ha causado no poco revuelo el descubrimiento, por parte de unos estudiantes de doctorado de Massachusetts, que la tesis de los profesores Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, según la cual niveles de deuda pública superiores al 90% del PIB hacen decrecer a las naciones emisoras, es falaz ya que parte de unos infantiles errores tanto de cálculo como de agregación de datos. De hecho, sólo provocaría una ralentización del mismo que aún se situaría en media anual en el 2,2% desde 1945 (EC, "Excelgate: el estudiante que descubrió los errores de Harvard sobre la austeridad", 23-04-2013).

     

    Sobre esto, como se pueden imaginar, se han escrito cientos de análisis, a cada cual más denigrante para unos autores que han demostrado que, efectivamente y remedando a su obra de cabecera, This time was different. Menuda cagada. Los adalides del gasto público, Krugman entre otros, no han tardado en ensalzar el descubrimiento como prueba fehaciente de que sus tesis son las válidas y que de la austeridad, ni el nombre (El País, "La depresión del Excel", 21-04-2013). El sensato Martin Wolf, por su parte, puso de manifiesto en su columna del FT de ayer cómo la Inglaterra del siglo XIX ya era buen ejemplo de que la regla de tres de los estadounidenses, por los que manifiesta abierta admiración, no siempre funciona (Financial Times, "Austerity loses an article of faith", 24-04-2013).

    Y, sin embargo, no estoy de acuerdo. Al menos en la coyuntura actual. 

    Partamos con el propio Wolf de una premisa. El endeudamiento es normalmente resultado de la falta de crecimiento y no al revés. Es de cajón. La acción primera de los estabilizadores automáticos, y las posteriores tanto de caída en la recaudación fiscal como de arbitrarias decisiones gubernamentales de gasto a fin de estimular la economía, se encuentran, como regla general, en la génesis de esa acumulación en el pasivo del balance estatal. Más madera, es la guerra. Su combustión sería eficaz en la medida en que se tratara de keynesianismo del ortodoxo, esto es: limitado, temporal, excepcional, orientado a la acción productiva y en un entorno de escasez de oferta. Pero no es el caso

    De hecho, el problema llega cuando esas características se quedan en el olvido y se produce simultáneamente un triple fenómeno: por una parte, el Estado, para financiar sus emisiones, decide incrementar paralelamente los impuestos a ciudadanos y empresas, neutralizando de este modo cualquier incentivo al consumo o la inversión que con su acción pretendiera generar; por otra, destina buena parte de su acción a tareas de carácter asistencial, pensiones y prestaciones, que se podrían llamar de subsistencia, y son incapaces de generar por sí solas fenómenos de demanda; por último, dilapida los fondos en proyectos absurdos que, además, incrementan el coste recurrente para sus arcas a futuro. ¿Se acuerdan del Plan E? Pues eso, el gozo en el pozo de la estulticia administrativa.

    Del gasto que justifica el incremento de deuda no cabe esperar por tanto, en algunos estados como España, una respuesta en términos de mayor actividad. Más aún cuando, y estos son factores muy importantes a tener en cuenta a la hora de palmear el canto de los negacionistas de la austeridad, buena parte de las economías desarrolladas padecen de un elevado endeudamiento de su sector privado, de una crisis sistémica de su entramado bancario, de un colapso de los precios de la vivienda, mayor depositaria de la riqueza ciudadana, de unos niveles sin precedentes de desempleo, de un cuestionamiento de la seguridad jurídica que ahuyenta a los inversores, de una saturación de infraestructuras y stock de capital y así sucesivamente. Cuando, en definitiva, hay excedente de casi todo y no hay crédito.

    De ahí que la perspectiva de la Inglaterra imperial del siglo XIX, o de la Europa de la posguerra en la que estaba todo por hacer -con una preocupante escasez de mano de obra, obra civil o fábricas- sea de menor aplicación a día de hoy que la de, por ejemplo, un Japón en el que las políticas monetarias y fiscales expansivas acaban de dar su enésima vuelta de tuerca. Por dos motivos adicionales, de aplicación para el conjunto del primer mundo económico: uno, el factor demográfico, pues en la medida en que una sociedad envejece es más prudente, tiene menor iniciativa y es más demandante de recursos públicos; y un segundo, el elemento saturación, propio de una sociedad que no admite más dispendio y en el que sólo una hecatombe como la de Fukushima tiene algún impacto en su crecimiento.

    Insisto, el problema frente a otras épocas es que no se vislumbra qué es lo que puede hacer que, en naciones que dependen un 65% del consumo privado, tire la economía. Hemos apuntado en este blog varios posibles catalizadores a lo largo de estos siete años de compañía diaria: el despertar de las clases medias indias y chinas; la revolución verde como ejercicio colectivo de supervivencia planetaria; Internet como paradigma. Pero, de momento, nada de nada. El proteccionismo en un caso, la pésima gestión pública de planificación y subsidios en otro, y la canibalización de lo real por parte de lo virtual han impedido que así fuera. Sólo parece quedar lo históricamente inevitable: un conflicto bélico que provoque un ajuste salvaje de los factores de producción. Terrible.

    Volviendo al principio, sí hay una parte de legítima verdad en el discurso de todos aquellos que censuran la austeridad como vía para paliar los problemas inevitables a futuro que presentan las cuentas de muchos estados, única alternativa, junto con la inflación o la represión financiera (tipos artificialmente bajos por la acción de los bancos centrales), en ausencia de crecimiento o de la vergüenza de una quita. Y es actuar sobre la perentoriedad de los plazos. Sin que su relajación suponga que cada Gobierno pueda hacer de su capa un sayo, los ajustes salvajes en partidas, en muchos casos, ineslásticas obligan a emplear más la táctica que la estrategia, más el parche que la reforma estructural, más la urgencia que el dar importancia a perfilar un Estado financieramente sostenible. No sólo eso, tanta presión divide más que aúna, enemista más que concilia poniendo en riesgo proyectos supranacionales como la UE. Es necesario dotar de flexibilidad a la ejecución. No se puede vaciar en dos días lo que ha tardado en llenarse años o, incluso, décadas.

    Sin embargo, no se equivoquen: contextualizado su mensaje de fondo en las circunstancias que actualmente condicionan el funcionamiento público-privado del mundo desarrollado, Reinhardt y Rogoff, Rogoff y Reinhardt tienen razón: no hay debate, sólo queda la austeridad. Desgraciadamente per tutti.

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