Podemos capitaliza las ganas colectivas de vomitar

Ha sido una campaña electoral de asco, de auténtica repulsión, infame. Las dos grandes fuerzas políticas de este país, PP y PSOE, han dado un espectáculo

Foto: Pablo Iglesias, cabeza de lista de Podemos, saluda a sus simpatizantes tras conocer los resultados electorales. (EFE)
Pablo Iglesias, cabeza de lista de Podemos, saluda a sus simpatizantes tras conocer los resultados electorales. (EFE)

Ha sido una campaña electoral de asco, de auténtica repulsión, infame. Las dos grandes fuerzas políticas de este país, PP y PSOE, han dado un espectáculo de vergüenza ajena no sólo durante las dos semanas de duración de la misma, sino en los meses precedentes. Ha quedado más clara que nunca su endogamia de casta y su completa indiferencia respecto a los ciudadanos y sus preocupaciones. Ha primado el interés no ya partidista, sino personal, frente a lo que se ponía en juego: el futuro de España a través de la legislación europea. Cada gesto, cada declaración aumentaban las náuseas de un electorado harto. Podemos, el único antisistema declarado, se ha limitado a capitalizar esas ganas colectivas de vomitar.

La sucinta relación de hechos es la siguiente.

Introducción. Los socialistas eligen a Elena Valenciano como candidata, una persona sin estudios que fuera de la política –y de su demagogia circundante– apenas serviría para bedel en una facultad. Apelar a su experiencia europea es como afirmar que, por estar tras su mesa abriendo aulas, la sabiduría le ha llegado por ciencia infusa. Analicen sus discursos y encontrarán el vacío más inmenso fuera de los tópicos habituales de la progresía. Un insulto a la inteligencia. Mariano Rajoy postergó, por una mera cuestión táctica que sólo se explicaba desde su desidia a la hora de mover pieza, la designación de Miguel Arias Cañete como cabeza de lista, dilatando innecesariamente la capitalización humana del discurso programático del Partido Popular, si es que alguna vez lo hubo. Para qué. Forzarle a mentir antes de su cantada designación no es que contribuyera en mucho a que iniciara esta andadura con la confianza del votante. De vergüenza ajena. La fiera, anestesiada.

Nudo. El desastre más absoluto, el momento en el que ambos quedaron manifiestamente en evidencia, fue con motivo del debate televisado. Tras unos primeros días de exposición pública sin apenas repercusión, debido al luctuoso suceso del asesinato de la presidenta de la Diputación de León, se enfrentaban a una oportunidad única para engrandecer sus respectivas figuras y mostrar altura de miras ante unos comicios que aventuraban lo que finalmente ha sucedido: una enorme fragmentación del voto y emergencia de las formaciones antieuropeístas. Debían persuadir. Sin embargo, todo se planteó en clave nacional, con múltiples acusaciones ad hominem que concluyeron con un debate ficticio sobre el machismo que no interesaba a nadie. El intento de capitalización por parte de Valenciano de ese desliz, y la ocultación de Cañete con motivo del mismo, ponían de manifiesto la verdadera cara del bipartidismo nacional: una lucha encarnizada por el poder como instrumento de uso y disfrute y no como herramienta de servicio al elector. Las discusiones sobre la idoneidad del andaluz como comisario europeo tenían a la gente ojiplática. ¿De qué va esto? Fruto de su idiocia y su indolencia intelectual es un castigo del voto que ha convertido esa opción en improbable en cualquier caso. La fiera se despierta.

Desenlace. No es de extrañar que ese hastío larvado que había ido creciendo en una parte significativa del censo y no encontraba lugar donde canalizar su descontento haya optado por la única formación que busca reventar el sistema desde dentro. La constatación de que PP y PSOE no quieren resolver los problemas sino solventar sus problemas ha dado alas a un equipo de intelectuales cuya declaración fundamental, llena de concesiones sociales y de renuncias internacionales de imposible financiación y materialización, es como maná en el desierto –Pablo Iglesias me perdone por la referencia bíblica– para aquellos que aún mantienen su fe en la utopía comunista, aquella que se presenta como fuente de 'derechos' y garantías para los que la desean –hasta 69 referencias en su programa al vocablo frente a una sola mención de la palabra ‘obligación’– y se termina convirtiendo siempre en yugo para quienes finalmente la padecen, excepción hecha de la oligarquía dominante. Yes, we can. Tú y yo, por encima de la macro y de la micro, del déficit o de la deuda, de los acuerdos y tratados. Una ensoñación basada en el todo para el pueblo pero con el pueblo, mueran los ricos. El mundo del pequeño poni. La fiera da un zarpazo.

Del análisis postelectoral en clave interna que han realizado tanto PP como PSOE se deriva que no han aprendido la lección. Lo que el voto a Podemos ha puesto de manifiesto es que el sistema hace agua y que o se regenera de raíz –algo que iría contra el interés de los dos partidos dominantes y que se antoja, por tanto, inviable por más que vayan directos a una muerte lenta de no hacerlo–, o España se verá abocada a una permanente situación de inestabilidad a la italiana no tanto por una peor gobernabilidad, sino por la aparición de paraestados a resultas del desapego ciudadano. Las papeletas que han ido a estos neoparlamentarios con coleta y camisetas reivindicativas no volverán al redil de los grandes, al menos, en el medio plazo. Sus imposibles promesas no han pasado por el yugo de la experiencia. Su virginidad en tareas de gobierno facilitará su mitificación, salvo disensión interna. Y no se van a dar en nuestro país las circunstancias económicas y sociales para que se recupere la confianza en personajes que a día de hoy provocan indignación, grima y hasta arcadas en quienes les eligieron en el pasado y les comienzan a dar masivamente la espalda. 

O se empieza a mirar hacia arriba, y para eso hacen falta estadistas, o la mediocridad de los elegidos nos llevará a un hoyo de difícil salida. Hora de exigirlo.

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