España tiembla: el PSOE se va por el desagüe

Me recomienda Antonio Maeso, el responsable de la edición de fin de semana de El Confidencial, la lectura del artículo publicado en nuestro medio el pasado

Me recomienda Antonio Maeso, el responsable de la edición de fin de semana de El Confidencial, la lectura del artículo publicado en nuestro medio el pasado sábado por el que fuera presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, columna a raíz de la cual fue entrevistado por varias cadenas de radio ayer domingo. En ella realiza una denuncia sanguinolenta al proceso de elección de candidatos a la Secretaría General del PSOE, partido que no duda en definir como una ‘teletienda’ en el que lo importante es vender disparates para captar votos. Recuerda, además, cómo esa fue, precisamente, la política de un Zapatero que pasará a la historia no sólo como el peor presidente de la democracia, sino también como quien dejó a la histórica formación irremediablemente tocada y casi hundida. No aprenderemos, parece ser su beligerante conclusión.

Ese es el verdadero problema. El PSOE hace agua y corre el riesgo de irse por el desagüe de la indiferencia pública. Lo que parecía impensable hace tan sólo unos meses ha cobrado con el paso de los días visos ciertos de materialización. El ejemplo de lo sucedido con su correspondiente ideológico en Grecia, el PASOK, debería haber hecho que se encendieran las alarmas en Ferraz hace tiempo. Del 43% y la mayoría absoluta en su Parlamento hace apenas cinco años, a un 8% en los últimos comicios europeos. Su papel se ha convertido en irrelevante. Y el diagnóstico, no pudiendo ser equivalente, dadas las circunstancias del país heleno, participa de un poso común: el votante no reconoce las señas de identidad socialistas y apuesta decididamente por quienes sí las conservan en el ámbito no de la social democracia, sino de la izquierda tradicional, léase Syriza. En el socialismo español el ideario ha muerto y su hueco ha sido ocupado por el caos que propicia la multiplicidad de opinión.

No lo puede explicar mejor Rodríguez Ibarra cuando afirma que "algunos no vamos a estar dispuestos a seguir militando a ciegas y sin saber qué defenderemos en el futuro próximo según gane fulano o zutano". Desaparece el último mohicano, un Alfredo Pérez Rubalcaba cuyo servicio institucional a España desde las elecciones de diciembre de 2012 nunca le será suficientemente reconocido fuera ni valorado dentro de un partido en descomposición. Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor. Con él amenazan con desertar los pocos depositarios del tarro de las esencias estatutarias. El advenimiento de una nueva horda de líderes en los que el prima el marketing sobre la capacidad de gestión, la ocurrencia sobre la idea y la impostada urgencia por reconquistar el terreno perdido desde el radicalismo frente a la verdadera necesidad de recuperar los valores históricamente asociados a la marca PSOE les impiden reconocerse en el grupo que tantos días de gloria parlamentaria les dio. El último, que apague la luz.

Hacen bien. No se puede esperar gran cosa de los que están por venir. Zapatero ya hubo uno. Y su figura está demasiado reciente en la memoria colectiva como para que no se convierta en inevitable compararle con los actuales candidatos. Los problemas internos que hay encima de la mesa se antojan inabordables vista la falta de bagaje político de Sánchez o Madina. La ruptura del PSC es un hecho y con ella, junto con la insignificancia regional a partir de ahora, la pérdida de uno de los caladeros tradicionales de votos del PSOE a nivel nacional. De nuevo el olvido de la idiosincrasia propia, la falta de un discurso uniforme, el nadar entre dos aguas en función de la conveniencia. En el sur, Susana Díaz emerge como alternativa de medio plazo toda vez que antes tiene que resolver todos los problemas de corrupción que afectan a la Junta y que no le son mi mucho menos ajenos. No obstante, cuando quiera llegar, puede que sea demasiado tarde, si es que no lo es ya para cualquier alternativa que se proponga.

Tiembla España, sí, porque la alternativa al socialismo, por el lado de la izquierda, es la revolución. No hay moderación posible entre quienes enarbolan un discurso ‘contra’ –el Rey, la Iglesia, los empresarios, ‘la casta’– y que participa de las dos características esenciales de las estrategias de manipulación social: el victimismo y la tergiversación. No hay rico honesto, no hay pobre justificado. Sin un PSOE con peso específico, puede que no esté en peligro la estabilidad gubernamental, pero sí la capacidad de llegar a grandes acuerdos de consenso sobre cuestiones trascendentales que afectan al futuro de España como nación, indiscutida e indiscutible. Sin él, los interesados disfrazarán como ausencia de diálogo lo que no es sino pretensión de imponer la locura. Un clásico. Por eso Rajoy se ha equivocado repitiendo la estrategia de su predecesor en el cargo de aislar al oponente. Su mayoría absoluta le habría permitido encauzar materias que amenazan con estallarle en las manos a la vuelta de la esquina, cambios constitucionales incluidos. Ahora es tarde y, como la segunda legislatura de Aznar, su Gobierno pasará a la Historia como el de la gran oportunidad perdida.

Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Buena y calurosa semana a todos.

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