Empleo en España: lo peor, sin duda, está por venir

Verano de noticias macro en España, cuando menos, sorprendentes; de esas que permiten, según el interés de cada cuál, ver a unos el vaso medio lleno

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Verano de noticias macro en España, cuando menos, sorprendentes; de esas que permiten, según el interés de cada cual, ver a unos el vaso medio lleno y, a otros, tan vacío como en los últimos años. Al mayor crecimiento trimestral dentro de los Estados de la Eurozona, que ha venido acompañado de datos de empleo más que razonables, se opone una dinámica de precios al consumo a la baja peligrosa y el incesante aumento de la deuda pública, que ya supera el billón de euros. Si lo primero sirve para sacar pecho a los dirigentes del PP, lo segundo da amplia munición a sus adversarios. Y todos tan contentos.

Pero, sin duda, de todas ellas la variable a vigilar es la de la creación de puestos de trabajo, que es de la que depende, en definitiva, tanto la renta disponible de la mayor parte de la ciudadanía como la sostenibilidad del Estado del bienestar, en el doble juego de contribuciones versus prestaciones. Y aquí, aunque las dinámicas de corto plazo son positivas, se ciernen negros nubarrones estructurales en un horizonte temporal más lejano.

Trabajar se va a acabar convirtiendo en un lujo. Por dos motivos fundamentales que afectan de manera especial a nuestro país.

La batalla por la producción se ha ido trasladando de Europa del Este a Asia y ahora empieza a extenderse a África, gracias a unos costes unitarios irrisorios En primer lugar, la globalización ha propiciado un fenómeno de deslocalización de aquellos negocios intensivos en mano de obra y que no requieren de operarios cualificados. La batalla por la producción se ha ido trasladando de Europa del Este a Asia y ahora empieza a extenderse a África, gracias a unos costes unitarios irrisorios y a unos estándares de calidad que, en muchos casos, tienden a converger con los de las naciones desarrolladas. Sólo aquellos sectores como el primario, agricultura y ganadería, que se ha de desarrollar sobre el terreno y al que favorecen las dinámicas maltusianas, pueden mantenerse indemnes. No así el resto de industrias. Los que saben, de hecho, acumulan mientras pueden tierra de labor.

De ahí que sea especialmente trascendente, con el tiempo lo veremos, la renuncia que han realizado nuestros dirigentes a cambiar el modelo productivo nacional, incapaces como han sido de combinar políticas imprescindibles de ajuste inmediato con la potenciación de un marco de atracción y desarrollo de talento, ideas y empresas capaces de ofrecer aquello irreplicable: diseño y servicio, esto es: marca, valor añadido (estaría bien que estudiaran, como ejemplo, el fenómeno de las panaderías de autor que han proliferado por Barcelona). Se siguen confiando las contrataciones futuras al turismo, sujeto a los vaivenes geopolíticos de los destinos competidores, y al inmobiliario. Ni siquiera se ha apostado por un marco fiscal a la irlandesa que permita compensar con creces por el marco del IRPF lo que se pierde en sociedades. Error garrafal.

El segundo de los fenómenos es el de la tecnificación, que podría considerarse como el estadio evolutivo de la automatización, de la que tanto se habló en décadas pasadas como una amenaza real para los trabajadores, pero aplicada a los servicios. ¿Una advertencia, como aquella, excesivamente alarmista? Bueno, miren a su alrededor y me cuentan. Internet como paradigma ha creado un entorno en el que buena parte de los procesos se gestionan solos y de manera automática, con enormes economías de escala en términos informáticos. Su implantación está siendo mucho más acelerada que revoluciones similares en el pasado. Esto está afectando de manera revolucionaria a industrias como la bancaria, la de la distribución o incluso la de los servicios profesionales. La destrucción de empleo que se está produciendo en estos negocios no va a volver. Más bien al contrario. Va a ir a más reduciendo en mayor medida aún las oportunidades para la población activa menos especializada.

El fenómeno de normalización estadística que acompaña a toda estabilización económica está dando grandes alegrías a Rajoy y sus chicos. Pueden ser efímerasSe trata de algo difícil de concebir si abordamos la cuestión con la memoria histórica de la que aún disfrutamos los que hemos superado la barrera de los 40. Pero vayan y vean lo que hacen sus hijos. Cuál es su manera de relacionarse, de comprar, de contratar. En tres o cuatro generaciones sólo quedarán vestigios para los museos de muchos de los que han sido conglomerados incuestionables a día de hoy. ¿Y entonces? La única manera de compensar esa pérdida es apuntarse al carro de una manera valiente, auspiciando el desarrollo de un entorno que facilite de forma clara la transformación digital aun sabiendo que esta liga se juega en el entorno de que muchos pocos no sólo hacen un mucho, sino que crean ecosistemas que se retroalimentan. Algo que, desgraciadamente, tampoco está impulsando la administración española. Al menos, de una manera clara.

Por eso el juicio sobre el futuro de las posibilidades laborales en España a medio plazo es tan sombrío por más que se venda la idea de que somos capaces de generar puestos de trabajo con magros crecimientos económicos. Es un espejismo. El fenómeno de normalización estadística que acompaña a toda estabilización económica está dando grandes alegrías a Mariano Rajoy y sus chicos. Pueden ser efímeras. No sólo en nuestro país. En todas las economías maduras incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos. Globalización y tecnificación han venido para quedarse con su correspondiente impacto (negativo) sobre el empleo. Cuanto antes las incorporemos a la ecuación, mejor.

Buena semana a todos.

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