España dentro de 10 años: lo que va del terror al pánico

Leo con interés las previsiones resumidas que realiza Esteban Hernández de cómo ve España dentro de diez años Eduardo Punset en su nuevo libro, Viaje a

Foto: Eduardo Punset en la presentación de su libro 'Viaje al Optimismo'. (Efe)
Eduardo Punset en la presentación de su libro 'Viaje al Optimismo'. (Efe)

Leo con interés las previsiones resumidas que realiza Esteban Hernández de cómo ve España dentro de diez años Eduardo Punset en su nuevo libro, Viaje a la vida, más intuición y menos Estado, que acaba de ver la luz. Puesto que aún no he tenido tiempo de leerlo, he de dar por bueno el sumario de las ideas del pensador catalán que realiza nuestro responsable de Alma, Corazón y Vida en el sentido de que “los tiempos que vienen nos abrirán muchas puertas interesantes. Veremos cómo por primera vez se va a poner la persona en el centro”, lo que vendrá acompañado de la supresión de “muchas de las estructuras institucionales, como las estatales, en las que nos apoyábamos”.

Sin embargo, cuando uno entra en el desglose de los elementos en los que, de acuerdo con el estudioso de la felicidad, se va a concretar esa declaración general dentro de una década en nuestro territorio, no puede evitar que se le pongan los pelos como escarpias. Imagino que el texto completo desarrollará prolijamente las ideas del artículo, por lo que cualquier juicio que un servidor pueda hacer sobre ellas es parcial e incompleto. Sin embargo, de concretarse en los términos expuestos, el miedo que atenaza a nuestra sociedad habrá devenido para entonces en pánico, al menos si nos atenemos a las causas que pueden provocar tales consecuencias.

Articula Punset su discurso, de acuerdo con Esteban, en torno a tres grandes ejes: relaciones sociales, realización individual y ruptura del modelo individuo-Estado.

Bien, respecto a las primeras, menos familia, hogares más pequeños y convivencia más cercana, menos jerárquica. Se trata de una tendencia visible ya en la actualidad, pero que no es fruto de la búsqueda de mayor bienestar sino de la falta de compromiso y de la crisis. Con 100.000 divorcios al año, la desestructuración familiar es un hecho en España y, con ella, la búsqueda de soluciones individuales por encima de las colectivas que impone la convivencia. Es difícil pensar que, de sacarse los excónyuges las castañas del fuego por separado, con los hijos convertidos en el peor de los casos en elemento transaccional, se derive algo armonioso para el conjunto del país. Por si fuera poco, menos familia, igual a menos hijos igual a una sociedad aún más envejecida y triste, escasamente dinámica y creadora. Los modelos cercanos de convivencia, todos durmiendo en la misma habitación, son incompatibles con el hedonismo libertario y, de producirse, se derivarán de la estructuralidad de una crisis –escasez de empleo, desigualdades cada vez mayores entre ricos y pobres– que obligará a volver a costumbres propias de las naciones en vías de desarrollo.

Es evidente que, en un entorno como el descrito, sí se cumplen los parámetros de realización individual marcados por Punset. En la medida en que el hombre pierde referencias –la religiosa, por supuesto, pero también la personal en un trágico proceso de pérdida de raíces, reconocida por el autor– se encuentra sólo ante su destino, con un miedo cerval a una trascendencia que le persigue y que prefiere negar –de nuevo el rechazo al compromiso– y en severa necesidad de, uno, retrasar su final, cuidado de mente y cuerpo; dos, dar rienda a su deseo individualista, conciliación de entretenimiento –ya no familia, qué cosas– y trabajo; y, tres, desarrollar tareas solidarias -la mejor manera de ser felices es hacer felices a los demás- que compensen lo que no deja de ser un sentido trágico de la vida: todo para nada. Frente a lo esencialmente humano: la libertad que orienta la voluntad a la conquista de metas concretas, existencias circulares en busca de justificación donde todo gira alrededor del yo. Terrible.

Acaba Punset con una reflexión final sorprendente, pero justificable, desde el momento en que ha dotado de contenido positivo a los factores antes mencionados: todo este proceso va a concluir en una afirmación del individuo frente al yugo de la Administración en general y del Estado en particular, llamado a reinventarse en su relación con el elector. Aun siendo una visión más que deseable, quizás sea aquí donde su discurso peca de más inviable y voluntarista. No sólo porque los movimientos políticos de nueva creación y la mentalidad del conjunto de la sociedad, si pecan de algo, es justo de lo contrario –más Estado como instrumento que garantiza mi bienestar por encima del esfuerzo individual– sino también porque no se puede pasar por encima de servidumbres ya creadas, como esa deuda pública a la que cita, sin que se traduzca en un mayor empobrecimiento para la gran mayoría de la población. A día de hoy la ruptura de esos esquemas se antoja imposible por más que la ‘casta’ se empeñe en dar argumentos para que así fuera.

En contra de lo que afirma el pensador, ese conjunto de cambios que anticipa son la antítesis, probablemente, de lo que España necesita y auguran un mañana realmente terrible. Una sociedad sin pasado, difícil tiene construirse un futuro; la alergia al compromiso nunca puede ser reemplazada por la vacuna de la satisfacción inmediata, esa que se agota en sí misma; no se puede negar el papel regulador de límites y defensor de derechos básicos del Estado que ha de ser mejor y no mayor; la creación artística ha de ser complementaria a la capacidad académica, no sustitutiva de ella; la intuición sin esfuerzo y conocimiento tiende al fracaso. Si como dice Punset, “la felicidad está escondida en la sala de espera de la felicidad, ilusión de lo que está por venir”, permítame querido amigo que, si lo que está por venir es lo que describe tan optimistamente en su libro, vaya pensando en el exilio.

Buena semana a todos.

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