Rajoy, haga un último favor a España: ¡inmólese!

A estas alturas de la legislatura, difícil es creer que no será recordada como la gran oportunidad perdida por España para reconducir buena parte de los

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Gtres)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Gtres)

A estas alturas de la legislatura, difícil es creer que no será recordada como la gran oportunidad perdida por España para reconducir buena parte de los errores acumulados en los cerca de cuarenta años de democracia constitucional. Ese era el mandato implícito de las urnas, de la mayoría absoluta de un Mariano Rajoy al que nunca imaginamos sería de aplicación, en relación con su predecesor, el "otro vendrá que bueno te hará". El país está patas arriba, territorial, judicial, parlamentariamente. Y, aunque se ha reconducido la envenenada herencia económica dejada por Rodríguez Zapatero, la sensación de que la situación es peor que hace tres años, cuando aterrizó el gallego en el poder, es generalizada. Le reto, señor presidente, a que encuentre a alguien, fuera de la Bulgaria partidista, que apruebe su gestión. Le será difícil encontrarlo.

Son muchas las voces que ponen en la displicencia del inquilino de la Moncloa la causa de buena parte de los males que afligen a nuestra cuestionada nación. El "ni está ni se le espera", o el más prosaico "pasa de todo", se ha convertido en cantinela recurrente en unos círculos de poder patrios que han pasado aceleradamente de la resignación –"es así, pero al final le salen las cosas"– a la preocupación intensa por lo que se puede avecinar para la nave hispana en caso de no corregir drásticamente su rumbo. Por más que en documentos y declaraciones oficiales se unan al mensaje de bonanza gubernamental, en las reuniones de salón, los que de verdad mandan, censuran inmisericordemente lo que entienden como un nuevo y grave error de apreciación del arriolismo: en el punto en el que nos encontramos, ni la mejora macro puede salvar al PP del desastre electoral. Nos adentramos peligrosamente en aguas desconocidas.

Ante la gravedad del problema, y la ausencia de soluciones de quien tendría que aportarlas, aumenta día a día el coro de quienes piden un cambio inmediato del actor principal de una película que puede acabar siendo de terror. A quienes señalan directamente la incapacidad del amante de los habanos para asumir como propia una visión de Estado que le trascienda, a aquellos que ponen los ojos en el tándem Susana-Soraya como vía para insuflar algo de oxígeno al moribundo prestigio público, se unen los que piden de manera abierta una regeneración que pase no sólo por un cambio estético de caras que libre la acción pública de la mancha de la corrupción, sino por una profunda remodelación de la relación entre gobernante y gobernado en términos de cercanía, modelo de elección y rendición de cuentas, reforma para la que no sirve el político profesional actual, incluido el líder del Ejecutivo.

Supone no conocer bien este percal. Mariano Rajoy, va en el carácter, preferirá suicidarse políticamente en el cargo antes que tomar una decisión de ese calado. Pero, siendo así, los españoles que le votamos, y los que no también que para eso es el presidente de todos, preocupados como estamos por la sostenibilidad del sueño colectivo que emanó de la imperfecta Transición, tenemos derecho a pedirle un último favor. Ya que es esa su decisión, entre una ‘muerte’ vacua y cobarde, propiciada por la negativa a afrontar los retos que España hoy plantea, elija mejor la inmolación, dele un sentido a ese final que se antoja inevitable, recupere el tiempo perdido. Deje la táctica, que no va a cambiar su destino, y piense estratégicamente en país, que no en partido. Reforme sin miedo, ajuste sin miedo, repare sin miedo. En todo orden y en todos los órdenes. Haga lo que tres noviembres atrás muchos esperábamos de usted.

Señor presidente, se asoma peligrosamente al precipicio de la Historia y corre serio peligro de despeñarse, de pasar a la posteridad como alguien infame que acumuló decepción entre propios y extraños y negó a España la oportunidad de volver a ser lo que el pueblo mayoritariamente reclamaba. En sus manos está cambiar tal destino. La diferencia entre estadista y escapista es de apenas dos letras. Un camino muy corto que, empero, aumentará significativamente su recorrido histórico. No le quepa la menor duda.

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