MILIBAND TENDRÁ QUE REBAJAR SUS PRETENSIONES

Ojito, nuevo 'premier', te llames como te llames: la City no se toca

La City vive una realidad bien distinta a la del conjunto del país, cierto, pero es a la que este se aferra para marcar distancias con el resto de la UE en términos de crecimiento y empleo

Foto: Imagen de la City londinense (Reuters)
Imagen de la City londinense (Reuters)

Me van a permitir que escriba hoy un post políticamente incorrecto pero tremendamente realista.

Sea cual sea el resultado de las elecciones británicas de este jueves, sus gobernantes deberían tener una cosa clara: la City ha devenido intocable. Y cualquier intento de alterar su privilegiado estatus puede tener consecuencias desastrosas no solo para la capital del Reino, sino para el conjunto del país.

Más les vale no jugar con fuego.

Es la ejemplificación del triunfo de la economía financiera sobre la real, de la que hace tiempo se desligó para cobrar vida propia. Ha sido el flujo de dinero que ha llegado a Londres y sus alrededores desde todos los rincones del planeta el que le ha permitido mantener a flote su economía durante la crisis y hasta generar nuevos desequilibrios en mercados como el inmobiliario. Esa área metropolitana cuenta con más milmillonarios por metro cuadrado que ninguna otra ciudad del planeta.

Reino Unido es una nación de servicios, que suponen tres cuartas partes de su producto interior bruto. Y en la composición de los mismos tienen especial relevancia todos los agentes que trabajan con dinero o para el dinero, desde bancos a gestoras, pasando por aseguradoras y hedge funds, o esos asesores, consultores o auditores que dan también servicio a las multinacionales radicadas en su territorio. Su industria es cada vez más menguante y el peso del sector primario, insignificante.

Ha sido el flujo de dinero que ha llegado a Londres desde todos los rincones del planeta el que le ha permitido mantener a flote su economía

Todos estos actores encuentran en la City un marco óptimo para trabajar debido a la proximidad del negocio, a la concentración de la clientela, a la consideración del país como puente hacia Norteamérica y Asia y a un régimen fiscal que solía beneficiar al trabajador expatriado. Unas ventajas que han compensado secularmente los obstáculos de la climatología o la carestía de la vida. 

Viven una realidad bien distinta a la del conjunto del país, cierto, pero es a la que este se aferra para marcar distancias con el resto de la Unión Europea en términos de crecimiento y empleo.

Su defensa es, por tanto, una cuestión de necesidad al menos hasta que se promulguen otras iniciativas que permitan recuperar la calidad de vida de una población que vive muy alejada de la burbuja de esos profesionales, como prueba la continua deflación de precios en las cadenas de distribución en los últimos años. Un fenómeno que pone en riesgo la cohesión social –el 62% de los ciudadanos piensan que el nivel de desigualdad no está justificado– y que se está repitiendo en buena parte de las naciones desarrolladas.

De ahí que, en contra de lo que afirma Ed Miliband, Reino Unido no se puede permitir que la persecución de la justicia social sea ‘contra’. Debe ser necesariamente ‘con’ sin que eso implique renunciar a la lucha contra la ocultación, el blanqueo o el fraude, prácticas no suficientemente perseguidas en ocasiones y que suponen una parte menor en el conjunto de transacciones que a diario se producen en la City.

Es ahí donde la lucha sin cuartel está justificada.

Pero resultaría suicida para los intereses del propio Reino Unido establecer, como tiene el laborista en su programa, medidas de palo impositivo sin zanahoria alguna que permita salvar los muebles a los que trabajan en los servicios financieros en Londres o han hecho de la capital inglesa refugio para su bienestar o plataforma para el desarrollo de sus negocios a nivel mundial.

Los efectos de tal política serían sísmicos.

Pongamos como ejemplo HSBC, al que la presión fiscal ya existente le está llevando a considerar su traslado a Hong Kong donde sería recibido con los brazos abiertos por unas autoridades deseosas de consolidar el modelo local. Qué no sucederá si sus planes se llevan a cabo.

Miliband tendrá que rebajar sus pretensiones o, al menos, encuadrarlas en una política de 'do ut des', más allá de la presión de sus potenciales socios

La City debe quedar, pues, a salvo. Reino Unido no se puede permitir su deterioro.

Es así, para bien o para mal.

Miliband tendrá que rebajar sus pretensiones o, al menos, encuadrarlas en una política de do ut des, más allá de la presión de sus potenciales socios de Gobierno. Mientras, la posibilidad de que alcance con su discurso inicial el poder atribulará a los mercados. Tormenta pasajera sin impacto de relevancia. Por lo que respecta a las promesas conservadoras de referéndum, la opción de un Brexit parece perder fuerza en la medida en que UKIP pierde peso político y la vieja Europa vuelve al business as usual, factores ambos que están relajando la contestación local hacia el proyecto único.

Habrá, pues, incertidumbre, pero será temporal. De lo contrario UK se estaría cavando su propia tumba.

Claro que la capacidad de autoflagelación de los pueblos es infinita...

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