El ocaso del Imperio británico: dos iconos empresariales hundidos en apenas 15 días

En Reino Unido ha habido errores evidentes de gestión corporativa, pero también falta de sostenibilidad del modelo y visión excesivamente cortoplacista por parte de la Administración

Foto: Vista del logotipo de la empresa británica de construcción y gestión de servicios Carillion. (EFE)
Vista del logotipo de la empresa británica de construcción y gestión de servicios Carillion. (EFE)

La noticia de ayer en el Reino Unido fue el hundimiento bursátil de Capita, compañía de 'outsourcing' que llegó a perder un 45% de su capitalización tras revelar su nuevo consejero delegado un dramático plan de rescate para salvarla: recorte del dividendo, venta de activos y una ampliación de capital por 700 millones de libras. Vamos, lo de siempre. Otra cosa es que se concrete en la forma prevista. El anuncio vino acompañado de un ‘profit warning’ que deja el beneficio previsto para este ejercicio fiscal muy lejos de lo que el mercado esperaba. No en vano, mantener o comprar la acción era la recomendación dominante del ‘sell side’. Otro clásico de ayer y hoy. Los analistas, a las patatas.

No han tardado en establecerse en aquel país similitudes con Carillion, una firma de corte similar que, tras graves problemas de liquidez, entró en liquidación a mediados de este mes de enero. Un cliente principal, la Administración, 47% de los ingresos, a la que provee de servicios, tanto de gestión de fondos como tecnológicos; un porfolio excesivo y sin suficiente masa crítica en buena parte de su oferta; una deuda abultada, fruto de una estrategia errática de adquisiciones (17 en 2014 y 16 en 2015) que ha disparado el valor de los activos intangibles en el balance (3.600 millones de libras frente a 2.100 de Carillion); y un agujero en el fondo de pensiones de sus empleados que, sin ser el de algunas de las principales corporaciones inglesas, ha multiplicado por cuatro desde 2011 y pesa sobre el futuro financiero de la empresa. En definitiva, una corporación "demasiado compleja, enfocada en el corto plazo, sin disciplina operativa ni flexibilidad financiera", Jonathan Lewis, el nuevo CEO incorporado hace dos meses, 'dixit'. Motivador, lo que se dice motivador, para sus 67.000 empleados, como que no.

Con esos mimbres y el precedente más inmediato, la posibilidad de que la compañía se aproxime a un abismo inesperado es más factible que nunca, por más que tanto el propio equipo directivo —que quiere redefinir Capita como una consultora tecnológica en vez de un ‘externalizador’ al uso— como el gobierno, que no se puede permitir otro fiasco que afecte al normal desenvolvimiento público, quieran marcar unas diferencias que no son, ni mucho menos, evidentes. Resulta curiosa, de hecho, la posición de este último, toda vez que en el pecado de sus propias necesidades presupuestarias —recorte de servicios y presión en precios— puede llevar la penitencia de una quiebra inesperada que, de materializarse, será una suerte de profecía autocumplida. El arranque de la saga ayer invita a pensar en ello. La Lex Column de 'FT' ya se ha pronunciado sobre tal particular: de momento, pulgar abajo.

Sea como fuere, el debate de fondo es precisamente ese: cómo gestionar los servicios públicos en un entorno de limitaciones financieras de los estados. La tentación fácil, llegados a este punto, es pensar que estos dos botones sirven de muestra para concluir que la ‘privatización’, en mayor o menor grado, es un error que conduce a males mayores que los ahorros que ofrece. Sería una falacia plantearlo y un error aceptarlo. La gestión privada no solo identifica costes y establece umbrales de rentabilidad de muy dudosa concreción y materialización en la esfera pública, sino que debería permitir, tanto más cuanto mayor es la delegación, introducir mejoras exportables al conjunto del sistema. El problema llega cuando se quiere nadar y guardar la ropa, apretando al proveedor, limitando el periodo concesional y discutiendo inversiones necesarias. Al final, su aportación deviene ‘blue collar’, el propio Lewis 'dixit' again, fácilmente reemplazable. Pero es el conjunto de la sociedad el que sale perdiendo. En Reino Unido ha habido errores evidentes de gestión corporativa, pero también falta de sostenibilidad del modelo y visión excesivamente cortoplacista por parte de la Administración. Y de esos barros vienen estos lodos. Desgraciadamente, no se puede decir que en España sea distinto…

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