¡Alerta, España! Europa se desmilitariza con el enemigo llamando a la puerta

Uno de los estamentos a los que se asocia con el pasado y cuyo papel se quiere reducir a una suerte de ONG que ayuda en conflictos internacionales y limpia de nieve las carreteras es el ejército

Foto: Tres paracaidistas de la Patrulla Acrobática Paracaidista del Ejército del Aire. (EFE)
Tres paracaidistas de la Patrulla Acrobática Paracaidista del Ejército del Aire. (EFE)

Que vivimos en una sociedad hipócrita, no se le escapa a nadie.

Prueba de ello es el uso torticero que habitualmente se hace de la palabra ‘progreso’. Algo que debiera estar asociado a avance y mejora, siendo sustancial lo segundo y accidental lo primero, se ha convertido en el argumento para negar buena parte de aquello que nos ha traído hasta aquí. Ser conservador se ha convertido en un insulto, como si mantener en vigor los valores e instituciones que nos configuran como pueblo fuera algo de lo que avergonzarse. Mal vamos. Y peor vamos a ir.

Uno de los estamentos a los que se asocia con el pasado y cuyo papel se quiere reducir a una suerte de ONG que ayuda en conflictos internacionales y limpia de nieve las carreteras cuando toca es el ejército. Una percepción que niega su razón última de ser, que es la defensa nacional, y que hasta ahora encontraba en refrendo político en unos Presupuestos Generales del Estado en los que esta partida representaba menos del 1% del PIB. Contra la pretensión de la ministra del ramo, María Dolores de Cospedal, de doblar tal importe en los próximos siete años, no han dudado en alzarse las mismas voces de siempre bajo la estulta excusa de que hay otras prioridades ligadas, cómo no, a necesidades de los estratos más débiles de la sociedad.

Pues miren, no. No las hay.

Aunque ahora las aguas parece que han vuelto a su cauce, con el debilitamiento del Estado Islámico y la ausencia de atentados relevantes en Europa Occidental, el conflicto sigue vivo porque el enemigo tiene un objetivo atemporal y una pléyade de soldados dispuestos a luchar por él, tanto desde dentro de nuestras sociedades como en forma de tropa organizada. En la medida en que se debiliten nuestras defensas —físicas y armamentísticas, pero también morales y sociales—, más allanaremos el camino a su acción, que volverá, no lo duden, antes o después.

Eso por no hablar de clásicos como Rusia o Corea del Norte, que empiezan a asomar la patita en manifestaciones tanto reales como virtuales.

No nos engañemos. No estamos preparados para enfrentarnos a conflicto alguno que afecte a nuestro territorio.

El problema no es solo español. Publicaba 'FT' el pasado 20 de febrero una inquietante pieza sobre las consecuencias de la relegación económica de las necesidades de sus tropas por parte del Gobierno alemán. Las carencias van desde falta de chalecos antibalas hasta la inoperatividad de todos sus seis submarinos o de sus 14 aviones de transporte A-400. Hasta 21.000 plazas militares están pendientes de cubrir por falta de recursos públicos para financiarlas. Y así sucesivamente.

Sé que este es un discurso anacrónico para la progresía y su imperante buenismo. Y que lo más fácil es mirar hacia otro lado pensando que se trata de una alarma innecesaria, que el tiempo de los grandes conflictos ha pasado a mejor vida.

Bueno, ustedes mismos, permítanme que discrepe.

Es algo prioritario. DefCom 1, nunca mejor dicho.

Y no, no se equivoquen. Si hay alguien a quien defienden nuestras fuerzas armadas es precisamente a los estratos que sufren las mayores penurias, los mismos que no pueden huir en caso de contienda o que carecen de los recursos necesarios para enfrentarse a ella.

Todo lo que sea ridiculizar nuestros cuerpos de Tierra, Mar y Aire, cuestionar su necesidad o regatear su financiación es tirar unas piedras sobre el propio tejado que pueden terminar por hundir el edificio.

Dicho queda.

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