La madre que parió a Trump

No sirve de nada gritar ¡la madre que parió a Trump! cuando ves desde lejos sufrir a los tuyos por las chapuzas de un Gobierno con dos cabezas y poca masa gris que ha perdido la legitimidad de origen

Foto: Donald Trump, durante la rueda de prensa que dio este sábado en la Casa Blanca. (Reuters)
Donald Trump, durante la rueda de prensa que dio este sábado en la Casa Blanca. (Reuters)
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La situación no puede ser más extraña, paradójica e, incluso, terrorífica, pero por mucho que se empeñen, la realidad es que Donald Trump está gestionando bien un caos excepcional. Me sorprende ver los ataques de los medios desde Europa hacia él, como si despistando la mirada de la población fueran a olvidar lo que cada uno está viendo en carne propia. Es absurdo pensar que el comerciante italiano arruinado o el pequeño empresario que ha echado el cierre vaya a sentir alivio pensando en su enemigo americano. Esta extendida manía de fabricar y escupir culpables siempre acaba con el lapo en toda la cara del que recurre a esta estrategia política tan antigua como fallida. Me recuerda a ese ejercicio que hacen muchos gurús. Consiste en cerrar los ojos, abstraerse y pensar que esta es la última noche tu vida. En ese estado mental, uno tiene que repasar a quién va a echar de menos y de qué se arrepiente. Al abrir los ojos seguro que se le estarían pasando nombres por delante, y hoy más que nunca añadirían el de muchas autoridades, organismos o medios de comunicación a los que echará en cara no haber sido responsables.

Porque los culpables de la mayoría de las tragedias o emergencias sanitarias que pasan en la sociedad son la propia naturaleza y la incapacidad de anticipación de los líderes políticos. Y es en esta segunda parte donde, con certeza, Donald Trump debió reaccionar hace mucho tiempo y ponerse a la cabeza de esta pandemia. Estoy segura de que ya, a principios de diciembre, los 'briefings' que tenía encima de la mesa del despacho oval de los servicios de inteligencia desplegados en China le advertían de lo que estaba pasando en la famosa ciudad de Wuhan.

Apostaría mi reino a que si entonces, cuando muchos de los suyos le insistieron que se lo tomara en serio y que no mirara de reojo esos papeles, les hubiese hecho caso la Bolsa no habría colapsado como este pasado lunes. Pero por encima del Covid-19, el crudo petróleo: la política mercantilista y la guerra de precios entre Rusia y Arabia Saudí ha explotado (o estos últimos han decidido que explote al mismo tiempo que el virus) y han gritado al unísono un hasta aquí hemos llegado. Y de aquellos polvos de 2017 a los lodos de una guerra comercial, económica, vírica y de absoluta inestabilidad mundial. Porque es verdad que Trump ha desafiado a casi todos los organismos internacionales, ha estirado demasiado la cuerda y, como a todos los dirigentes, muchas de sus decisiones no le van a salir gratis. Porque, aunque haya quien lo vea ajeno, en esta pelea por el precio del barril estamos metidos todos. Solo nos diferencia si somos una democracia o no. Y esa línea es la que hace complicada esta guerra asimétrica y endiablada.

Fue precisamente el lunes cuando nos juntamos cuatro periodistas, yo era la única española, para tomar un café, y cada uno estaba viendo lo que decían los medios: CNN, FOX News, BBC y yo puse TVE. Todos los periodistas con abismales opiniones y, por supuesto, con culpables diferentes estaban hablando del desplome de las bolsas más importantes del mundo, según iba saliendo el sol, y por este orden: Asia, Europa y Estados Unidos. Y fue en dos segundos cuando el español me sonó peor que en toda mi vida: me quedé helada cuando escuché a la exdiputada Celia Villalobos decir, con soltura y una cómoda postura en un sofá, que estaba encantada de la vida, que a ver si esto se cargaba a Trump de una vez. "Yo me alegro si esto sirve para que se vaya". En ese momento sentí bochorno y vergüenza ajena. No porque los comentaristas de otros medios en otros idiomas piensen u opinen mejor o peor, sino por la ausencia de cualquier componente neuronal a la hora de soltar semejante patada al estómago del sentido común. El IBEX estaba ahogado, las empresas entrando en pánico, y escuché a esta señora decir tamaña irresponsabilidad en una televisión pública como si todo fuera como para echarse unas risas. No cabía en mi cabeza que una supuesta servidora de lo público o de España soltara sin atragantarse semejante comentario pagado. Y la pongo como ejemplo de la desfachatez, frivolidad y ligereza con las que se lanzan o se escriben sentencias como si todos los males del mundo fueran culpa de otro, del muñeco de trapo de turno contra el que lanzan los dardos para exculparse de sus propios demonios.

El pasado viernes, el presidente Trump recurrió a la Ley Stafford de 1988, que permite a la Agencia Federal de Gestión de Emergencias de EEUU (FEMA) coordinar la respuesta nacional en caso de una catástrofe y salir al rescate de los gobiernos estatales y locales impactados. FEMA gestiona cerca de 50.000 millones de dólares en fondos federales aprobados por el Congreso para combatir desastres, que a partir de ahora podrán destinarse a ayudar a algunos de los estados más afectados por el coronavirus, como Washington, Nueva York o California. Todos los que hemos sido adictos a la serie 'House of Cards' vimos esa escena con la mirada turbia de Kevin Spacey, en la que recurría a esa ley para otorgarse todos los poderes, además de los fondos. En la rueda de prensa en la que Trump declaraba esta peculiar situación para todo el país hubo momentos realmente de película. Se hizo esperar y salió tarde flanqueado por su vicepresidente, Mike Pence, el epidemiólogo de cabecera que existe ahora en todos los países, el doctor Anthony Fauci (que lleva días advirtiendo de que lo peor está por llegar) y varios ejecutivos del sector privado.

De izquierda a derecha: Anthony Fauci, y Donald Trump. (Reuters)
De izquierda a derecha: Anthony Fauci, y Donald Trump. (Reuters)

Él iba dando paso a cada uno de ellos mientras leía sus nombres en un pequeño papel que llevaba como guion. Les iba dando la mano, a otro el codo, y así fueron pasando por el micrófono oficial hasta diez personas, con intervalos en los que el presidente añadía o acotaba términos. Finalmente, en el turno de preguntas de los periodistas, que estaban apretados como sardinas y al sol, le preguntaron si se iba a hacer la prueba y aseguró que no la necesitaba. Se le notaba congestionado, pero parece ser que finalmente se ha hecho la prueba y estamos a la espera de los resultados, aunque 'su' positivo no iba a traer nada bueno, y 'su' negativo no se lo va a creer nadie. De momento, 'salvo' el cierre histórico de Broadway (100 millones de pérdidas), los museos, los colegios, cruceros, hoteles, la cancelación de los vuelos desde Europa (dos millones de plazas canceladas) y el final de la temporada de la NBA (972 millones de pérdidas) todo es calma tensa. Como en todos lados, la gente compra compulsivamente papel higiénico, leche y vino. La gente mayor no sale de casa y las peluquerías secan el pelo con guantes y mascarilla.

Como nadie da la mano en general, y menos aún besos, en eso, no ha habido cambios drásticos. Los servicios religiosos han restringido su liturgia y no hay colapso, hasta ahora, en los hospitales. Y al final, esta será la parte más dura de esta macabra e invisible guerra: la silenciosa espera desconfiada. Y es que el miedo ha venido para quedarse durante una larga temporada. Porque restaurar la seguridad y la fe en los que nos gobiernan será extremadamente complicado. Porque este virus ha esparcido relatividad, vulnerabilidad y desconfianza. Aunque sea la primera vez en mi vida que no puedo ir a mi país, prefiero quedarme aquí porque las noticias de caos que me llegan son estremecedoras. Porque no sirve de nada gritar ¡la madre que parió a Trump! cuando ves desde lejos sufrir a los tuyos por las chapuzas de un Gobierno con dos cabezas y poca masa gris que ha perdido la legitimidad de origen… y la de ejercicio. Porque, al final, el engaño y la improvisación en los tiempos del virus tienen poco recorrido. Porque además, escupir, más que nunca, te puede causar la muerte.

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