Antifa

A este país se le está olvidando que son la primera potencia democrática del mundo. Se le olvida que hay protestas que se les están yendo de las manos a todos los gobernadores

Foto: Manifestantes recorren las calles de Nueva York. (Reuters)
Manifestantes recorren las calles de Nueva York. (Reuters)
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Son casi las siete de la tarde en Nueva York, y ya han sonado las alertas del toque de queda. De manera literal, abordan nuestros teléfonos los famosos (y angustiosos) mensajes con ese tono único del sistema de notificación masiva del estado. Como las alarmas de las tiendas, a todo volumen, se ponen en marcha sin permiso. Se mandan de manera masiva para advertir a los ciudadanos de las emergencias e información crítica para ayudar a proteger las vidas de los neoyorquinos. La última que recibí, fue en septiembre, en medio de un restaurante tras el secuestro de una niña en el Bronx. Agobian y mucho. Estos días, como si no hubiéramos pasado ya suficiente miedo mientras seguimos en medio de la pandemia, ahora tenemos horario de asueto limitado. La última vez que la ciudad de Nueva York estuvo bajo toque de queda fue en febrero de 1945. Fiorello La Guardia era el alcalde y Franklin Roosevelt el presidente. Las fuerzas aliadas acababan de bombardear Dresde en Alemania, y Estados Unidos se enfrentaba a una escasez de carbón. Duró hasta mayo. Y así, hasta 2020 el año fatídico en el que solo falta una invasión alienígena con la que tendríamos la película hecha.

Necesito que me expliquen por qué, además de llevar meses parados en el tiempo, tenemos que seguir en esta especie de vida hibernada en la que se puede respirar, pero todo ahoga. Ayer a las cinco de la tarde, varios encapuchados se hicieron fuertes en la calle Madison y tropas de policías nos pedían que nos largáramos a casa como si fueran tiempos de guerra o de la 'kale borroka' que tanto nos arruinó la vida a los vascos y al resto de españoles. Me di cuenta lo que sacude un 'déjà vu', en inglés, y con la memoria en euskera. Porque la imagen es exactamente la misma. El fondo, también. La superficie, como siempre en la historia, borrosa de origen, nítida como el fuego en el ejercicio y siempre con un final triste. Se hacen llamar Antifa (Acción antifascista que toma el nombre del movimiento alemán Antifaschistiche Aktion) y en teoría es un movimiento conformado por grupos autónomos de extrema izquierda y que tienen como objetivo lograr cambios mediante el uso de la "acción" en lugar de las reformas políticas. Su logotipo que se ha visto estos días en varios estados ostenta la bandera roja del comunismo y la negra del anarquismo.

Canalizan la rabia humana y crean puertos y montañas de contenidos basura que circulan a la velocidad del rayo

Hay opiniones para todos los gustos sobre ellos. Donald Trump afirmó esta semana que debería ser incluida en la lista de organizaciones terroristas, pero está complicado, ya que la legislación americana no contempla el "terrorismo doméstico" como tal. Hace unos años el famoso politólogo Noam Chomsky la calificó como un regalo para la extrema derecha y la represión estatal de Estados Unidos. Pero sean lo que sean, la realidad es que el FBI no consigue información real de la estructura y financiación. Y quizá por esta parte sea donde circule algo de luz y es que cualquier descerebrado se junta con unos amigos que se debaten en la misma onda y tienen que repartirse una sola neurona entre todos. A veces haciendo eslalon consiguen hacer banderas, ruido en las redes, se ponen una capucha y un pañuelo en la cara, y todo recto, llegan al caos muy rápido. Porque estoy convencida de que Antifa, Anonymous, Del caos al orden y hasta las conspiraciones en torno a Epstein son tan peligrosas como volátiles. No persiguen más que la desestabilización, pero protestan por todo. Canalizan la rabia humana y crean puertos y montañas de contenidos basura que circulan a la velocidad del rayo. No creo que estén conectadas ni coordinadas, pero con seguridad, están siendo obscenamente rentabilizadas.

Esta pasada noche me rastreé unos cinco canales de televisión y algunas páginas web, además de YouTube. En todas las protestas, a la pregunta de por qué está usted aquí hoy, había todas las respuestas inimaginables. Me resultó emocionante el primer funeral por George Floyd y pensé en todos los que subieron a ese atril a hablar si seguirán acordándose de su hija pequeña en un año. Si se ocuparán de ella. Quiero creer que sí. El discurso era unánime pero una vez en la calle, otra vez el grito de hay que acabar con Trump, la desigualdad, la violencia, el racismo, la pobreza, los derechos… todo seguido, como si los males del mundo fueran culpa de él. Y es que a este país se le está olvidando que son la primera potencia democrática del mundo. Se le olvida que en cinco meses pueden votar. Se le olvida que hay protestas que se les están yendo de las manos a todos los gobernadores de todos los estados, sin excepción. Ayer mismo en Buffalo, estado de Nueva York, unos policías empujaron a un hombre de pelo canoso que cae al suelo y empieza a sangrar. El gobernador Andrew Cuomo les ha suspendido de manera fulminante y esta es la realidad a la que se enfrentan demócratas y republicanos. Y es que si la policía recibe órdenes de cortar calles y la gente se niega a obedecer, hay avalanchas, y alguien acaba tropezando, ¿qué espera la población que pase? ¿Qué saquen termos y repartan café?

La provocación no es hacer política. Pero dejarse avasallar en nombre de la libertad, tampoco

Ahora que Joe Biden por fin es el candidato oficial a las presidenciales, ya saben los americanos sus dos opciones. Pueden cambiar al inquilino de la Casa Blanca. Pero mientras la opción sea el toque de queda a la democracia, aquí no se va a solucionar nada. Y menos aún, los problemas que se arrastran desde hace doscientos años. Mientras los Antifa de turno capitalicen las protestas, este país estará dando la peor de las lecciones al mundo. Mientras seguimos con todo cerrado por el covid-19 durante el día y, por las noches los saqueadores salgan de compras, esto se irá pareciendo cada vez más a cualquier cosa menos a América. Mientras sigan miles de ciudadanos conectados a respiradores, solo por respeto, aquí debería hacerse justicia, pero no una guerra de poderes con injerencias internacionales. La provocación no es hacer política. Pero dejarse avasallar en nombre de la libertad, tampoco. Francamente, estoy hasta la mismísima peineta de ver que tengo tres helicópteros sobrevolando mi tejado todos los días. Como el piloto estornude, me voy a quedar sin algo más que internet. No soporto que los propietarios de los edificios de medio Manhattan se haya convertido en un destacamento de vigilancia que asusta a los vecinos con llamar a la policía si ven que alguien sale de casa o entra más tarde de las ocho. O que me cuente el peluquero español Javier Benavent que está perdiendo miles y miles de dólares cada mes de alquiler y sin horizonte claro de apertura. Hoy domingo, acaba el toque de queda. Ahora solo podemos aguantar la respiración y esperar que las capuchas y las caretas desaparezcan.

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