La genuflexión de Anna Wintour

Asistimos a un aspaviento nacional ante un flagrante asesinato que ha desatado una carrera de reacciones corporativas para enseñar al mundo que el racismo es malo, como si no lo supiéramos

Foto: André Leon Talley y Anna Wintour. (Getty)
André Leon Talley y Anna Wintour. (Getty)

Hace una semana, Adam Rapoport, el editor jefe de la revista 'Bon Appétit', renunció tras salir a luz una foto suya de hace 16 años disfrazado con el típico atuendo de cantante latino famoso, con gorra, cazadora 'bomber' y cadenas. Condé Nast, grupo editorial al que pertenece, le acusó de racista al ofender con ese comportamiento a la comunidad de Puerto Rico y le pidió amablemente que cerrara la puerta al salir.

Ayer, casualidad, se filtra y aparece en 'Page Six' una carta de la famosa editora de 'Vogue', Anna Wintour (mismo grupo editorial), a sus empleados. Asegura desde el principio sentir una profunda empatía por la tristeza, el dolor y la ira que los últimos acontecimientos tras la muerte de George Floyd pueden estar suponiendo para los miembros negros del equipo: “Vamos con retraso a la hora de reconocerlo y hacer algo. Quiero decir claramente que sé que 'Vogue' no ha encontrado vías suficientes para ascender y dar espacio a editores, redactores, fotógrafos, diseñadores y todo tipo de creadores negros. Además, hemos publicado imágenes e historias que han sido dañinas e intolerables. Asumo toda la responsabilidad por las mismas”.

Aunque hoy sea la moda o el cine los que hagan revisionismo histórico, lo de los polvos y los lodos aderezado con la memoria lo simplifica todo

La editora británica admite en la misiva que no debe ser fácil ser un trabajador negro en 'Vogue': “Sé que no basta con decir que lo haremos mejor, pero lo haremos. Y por favor, sepan que valoro sus voces y respuestas. Estoy escuchando y me gustaría seguir escuchando sus propuestas” añade en su carta. Para terminar, asegura que están viviendo un momento histórico y desgarrador para el país. "Debería ser un momento de escucha, reflexión y humildad para los que tenemos posiciones de privilegio y autoridad. También debería ser un tiempo de acción y compromisos. A nivel corporativo, se está trabajando para apoyar esta causa de una manera real. Estas acciones se anunciarán lo antes posible".

Asistimos a un aspaviento nacional ante un flagrante asesinato que ha desatado una carrera de reacciones corporativas y de imagen para enseñar al mundo que el racismo es malo, como si no lo supiéramos. Desde Nueva York hasta Los Ángeles, y así todas las grandes ciudades de Estados Unidos, están sacando a pasear a sus icónicas celebridades para entonar un mea culpa envueltos en la bandera.

Con sinceridad, creo que hay modos de comportamiento (no solo en las prácticas policiales) que tienen que cambiar, pero esto de la discriminación positiva siempre me ha tenido confundida. Dudo de la honestidad de las cuotas y me parecen medidas de inclusión que van a dar de lleno contra el sentido de la meritocracia y convierten a grupos vulnerables en beneficiados de una suerte de caridad social de la élite que premia por lo que somos por fuera.

Ayer me explicaban con mucho ímpetu que era yo la que no entendía nada. “Lo mismo que ha pasado con el MeToo pasará con el I Can't Breath. Va a arrasar con los códigos establecidos. Estamos viendo cómo va a mejorar el futuro y las nuevas generaciones”. La verdad es que agaché la mirada no por convencimiento ante este argumento sino porque empecé a sentir miedo por las secuelas del confinamiento, la pandemia, la hiperbólica tensión política americana y sobre todo por el entusiasmo tan iluso con el que hay gente que es capaz de convertir todo en un arcoíris y un mundo de unicornios rosas.

Aunque el ideal de la lucha contra el racismo ha sido una supuesta bandera de este grupo editorial, la realidad ha sido a base de despidos crueles

En un país con más de dos armas de media por habitante, quiero saber cómo va a gestionar la policía la detención de alguien sin saber si, al darse la vuelta, le van a pegar un tiro. Porque los bestias y desquiciados existen, pero que nadie olvide que cuando van a pedir la documentación y paran a alguien, de manera instintiva (se llama supervivencia) se llevan la mano a la funda de la pistola por si acaso.

Porque quizás el problema de raíz sea ese. Y aunque hay que pelear contra toda brutalidad y toda lacra racista, el mensaje que se pretende implementar en la sociedad va por mal camino porque la letra de la canción de Anna Wintour ha sonado demasiadas veces y de manera cíclica. Y en ninguna parte aparece la estrofa de vamos a asegurar el acceso a la educación para todos, por ejemplo.

Dos veces la he visto en mi vida. En una de ellas, pude saludarla y me pareció todo lo más alejado de su versión cinematográfica en 'El diablo viste de Prada'. Tímida, elegante, amable y escondida detrás de sus míticas gafas, que parecen más bien un muro de contención. Como si la visión de la luz del mundo le fuera a destrozar y prefiriera verlo más apagado.

Manifestantes en el Civic Center Park en Denver, Colorado. (Reuters)
Manifestantes en el Civic Center Park en Denver, Colorado. (Reuters)

Los que la conocen afirman que la película clava su personalidad. A mí el saludo de 10 segundos no me dio para afirmar nada, pero de lo que no tengo la menor duda es de que 'Vogue' la necesita tanto que sin ella, no habría revista. Aunque el ideal de la lucha contra el racismo ha sido una supuesta bandera de este grupo editorial, la realidad ha sido a base de despidos crueles y encarnizamientos públicos de empleados a los que, por absurdidades, han quemado en la plaza pública de la ejemplaridad hueca del macartismo de moda, que ahorca sin piedad ni explicación.

Leer la carta de buenos propósitos a través de Anna Wintour tampoco es una cosa del azar. Es un bando epistolar no destinado a sus empleados sino al mundo, para adelantarse a posibles problemas, que ella, la embajadora de la moda intocable, ha sido la encargada de leer en medio de la pasarela. Porque el pasado es implacable y en agosto de 1989, 'Vogue Paris' puso por primera vez en portada a una mujer afroamericana: Naomi Campbell. Y al parecer no fue por decisión editorial sino por las 'sugerencias' de su mentor y amigo Ives Saint Laurent, que amenazó con retirar toda la publicidad de la revista si la diosa de ébano no iba en primera página.

Fue hace 16 años, viviendo en Nueva York, la primera vez que tuve que poner por escrito que yo era de raza caucásica (decir negro era un insulto) para obtener mi tarjeta de la seguridad social. Hasta entonces, siempre había vivido con absoluta normalidad ver personas de otra raza y no tener ni que pensar en el color. Pero a pesar de que ha llovido demasiado, estamos en lo peor de una pandemia mundial, y en el comienzo de una crisis económica devastadora, resulta que hoy todo se debate entre negros y blancos.

HBO ha retirado 'Lo que el viento se llevó' por ser racista y la creadora de la famosa serie 'Friends' ha pedido perdón por no haber incluido a un hombre de color entre los protagonistas. Porque ver el entierro de Floyd es desgarrador. Compartir el dolor y hacer propósitos de enmienda es hasta sano. Imaginar a Anna Wintour discutiendo con Scarlett O´Hara sobre asuntos raciales, me hace aterrizar sobre el nivel de estupidez humana al que estamos asistiendo, en el que se sacraliza lo superfluo y no se mete mano a los problemas reales.

Porque hay que acordarse de Denzel Washington, que se negó a besar a Julia Roberts en la película 'El informe pelícano' por no decepcionar a sus fans femeninas y negras. Y aunque hoy sea la moda o el cine los que hagan revisionismo histórico, lo de los polvos y los lodos aderezado con la memoria lo simplifica todo. Continuará.

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