Felipe González

Sacar el pasado a relucir en un país en quiebra técnica y en medio del luto de una pandemia es de primero de tablero de ajedrez político

Foto: El expresidente Felipe González. (EFE)
El expresidente Felipe González. (EFE)

Walter Scott, escritor y protagonista de una de las mejores épocas de la novela británica, dijo hace dos siglos que la venganza es, para el paladar, el bocado más dulce que se ha cocinado jamás en el infierno. Y es justo de esos bajos fondos y fuegos de donde salen todas y cada una de las mal llamadas informaciones de la sobrevalorada CIA americana.

Leo con los ojos como platos cómo en España algunos súbditos subrayan en fluorescente y levantan esa mano vieja y casi temblorosa de los cobardes que nunca consiguieron los favores que en su día pedían. Veo con incomodidad cómo desde sus butacas muchos miran de lado y contribuyen a este circo romano en el que pretenden echar a los leones a Felipe González, mientras aseguran sacarnos a todos de nuestros errores y encendernos la luz.

Pretenden re-juzgar para hacer callar a los que llaman jarrones chinos y poner los focos en puras vasijas de barro

Levanto la mirada a la tribuna y observo cómo el emperador Sánchez, coronado de laurel, asiste con mirada falsa y compungida al banquete de su vida. Él ha montado este coliseo mientras sus senadores le susurran lo bien que le queda el dedo hacia arriba perdonándole la vida mientras, por detrás, se dan palmadas de satisfacción.

Entre ese aquelarre llamado coalición, se guardan el uno al otro las cuerdas con las que ahogan y atan al poste a todo el que se entromete en sus planes, si es que tienen alguno. Y ahí, en la arena, las fieras desfilando con hambre. Unas por rencor, otras por facturas del pasado, otras por pura vanidad y muchas por oportunismo, sacan los dientes y rugen con demasiada rabia.

Me producen verdadero pudor estas venganzas baratas, llenas de ruido y envueltas en un grotesco revisionismo histórico que ni repasa ni es historia y que solo lleva al precipicio. Pretenden re-juzgar para hacer callar a los que llaman jarrones chinos y poner los focos en puras vasijas de barro. Sacar el pasado a relucir en un país en quiebra técnica y en medio del luto de una pandemia es de primero de tablero de ajedrez político.

Y como habrá quien me suelte que si escribo esto es porque trabajé para él, no se equivoca. Pero lo hago porque tengo una peineta española puesta, aunque viva en Nueva York, y de mis pies salen raíces vascas que podrían llegar hasta Sabino Arana. Y por esto último, sobre todo, no me gustan las hogueras y no tolero las advertencias vía Twitter de los que, en su día, nos hicieron arder de miedo.

Fui entrenada en el rigor y tengo el ego tan atado en corto que no le hago ni caso. Tampoco a los que me dicen que no me meta en jardines. Y es que quizá sea eso lo que más me altera o lo que más me anime a gritar con letras desde el otro lado del charco. Porque es quizás en este país y en esta ciudad donde más y mejor he oído hablar de él y de José María Aznar, por cierto.

Donde se han levantado más miradas para observarme después de decir que trabajé en la Fundación Felipe González. Y aunque no parezca en absoluto la edad que tengo, llevo 23 años cotizando y pagando impuestos. Y sí, aquí en Nueva York, he oído a protagonistas trascendentales de la historia moderna hablar de él como un líder y estadista que “inventó” las cumbres iberoamericanas y sigue mojándose (de verdad) por el pueblo de Venezuela. Un hombre de palabra y sobre todo, como me dijo alguien, de los pocos que se atrevían a escribir cartas a mano cuando muchos no se ponían ni al teléfono por miedo.

He oído a protagonistas de la historia moderna hablar de él como un líder y estadista que “inventó” las cumbres iberoamericanas

Hombres relevantes me han explicado en inglés historias de sus casi 14 años al frente del Gobierno de España, siempre con un respeto exquisito, aun estando en las antípodas políticas. Y me consta que es uno de nuestros expresidentes mejor pagados en Estados Unidos (con mucha diferencia con los demás) para dar conferencias y, seguramente, el que ostenta el récord en rechazarlas. Desconozco la verdad de lo que ha salido de esas tres frases de un expediente de 1984. De lo que estoy segura es de que nadie tiene arrestos para ir más allá de la llamada 'pena de telediario', tan sobada por el paso del tiempo y tan resultona en estos tiempos llenos de inmadurez y filtros.

El pan y circo del que se están empachando algunos de los que ya no pueden sacar tajada es lo más impúdico que he visto en mucho tiempo. La obesidad mórbida instalada en la mente cortoplacista de los que miran con ese regusto cómplice y cobarde resulta bochornosa hasta con un océano de por medio.

Estas maniobras supuestamente políticas son patologías propias de tiranos que disparan detrás de cortinas de humo. Y desde ahí, sin miramientos, cargan contra la Fundación Felipe González echando por tierra demasiadas horas (mal pagadas) de personas que, con un alto sentido del deber y gran profesionalidad, organizan un archivo histórico de miles de páginas para ponerlas a disposición de todos. Ausentes de naftalina, desempolvan para contar la historia. Con extremado cuidado y modernidad excepcional, enseñan nuestro pasado. Y con una sobriedad casi monacal, intentan aportar al futuro, escrutando montañas de papeles antiguos. Con aciertos o equivocaciones, me da igual, pero lo hacen.

Me alejo de lo barroco para terminar diciendo que no soy dada a idolatrar lo terrenal y, mucho menos, a canonizar en vida. Quizá, por eso, una de las personas que más admiro decía que la imparcialidad ante la vida es un nombre pomposo para la indiferencia, que es un nombre elegante para la ignorancia. Y de todo eso huyo escribiendo y opinando. Hoy, también.

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