Sopa de ganso

Muchos americanos miran con estupor a Donald Trump mientras les pregunta si van a creer lo que están viendo o lo que él les promete

Foto: 'Sopa de ganso' (Leo McCarey, 1933)
'Sopa de ganso' (Leo McCarey, 1933)
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Benito Mussolini prohibió esta película en Italia, harto de la capacidad única de ridiculizar de los hermanos Marx. Como es de suponer, ellos vivieron con regusto haber provocado que el Duce se sintiera ofendido. Una cinta de 68 minutos en la que Groucho es Rufus T. Firefly, un excéntrico personaje que llega a ser presidente de Libertonia, una vez que el anterior es destituido del cargo por desavenencias con los aristócratas del lugar, en particular, con la rica y alegre viuda, Gloria Teasedale. Suenan tambores de guerra con el país vecino, Sylvania, y aunque se trata de hacer la paz, Rufus, en medio de situaciones hilarantes, se empeña en rechazarla. Los espías, como pasa en muchas de sus películas, son Chico y Harpo y hacen todo lo que pueden, pagados por el país rival, para secuestrarlo o conseguir información sobre sus estrategias.

Llena de escenas caóticas y divertidas, lo absurdo, se convierte en una suerte de documental científico sobre el género humano. Hay un momento en que dos de los hermanos se disfrazan con pijamas idénticos y después de un lío de puertas que se abren y cierran, uno de ellos sale de debajo de la cama con el gorro de dormir y el puro en la boca y ella, en ropa interior se asusta y, con aspavientos de dignidad, le pide que se vaya. Él le dice que ya se ha ido mientras Mrs. Teasedale, insiste que le está viendo ahí. Y es ese minuto de gloria en el que el genio de Groucho suelta con firmeza una de las mejores y proféticas frases de la historia del cine: "A quien vas a creer, a mí o a tus propios ojos".

Cartel de Sopa de ganso de Leo McCarey
Cartel de Sopa de ganso de Leo McCarey

Y es precisamente esta adulterada visibilidad, con la que muchos americanos miran con estupor a Donald Trump mientras él se fuma un puro y les grita, y pregunta si van a creer lo que están viendo o lo que él les promete.

Las recientes encuestas le dan al candidato demócrata John Biden una ventaja de 14 puntos. En 2016, Trump ganó Pennsylvania, Michigan y Wisconsin, pero con un margen muy estrecho que hoy se reduce a una velocidad demasiado rápida, a cinco meses de las elecciones. De momento, su oponente sin haber dado una rueda de prensa en tres meses, le pisa los talones en Texas, que no ha sido de los demócratas desde Jimmy Carter, en 1976. Y todo, desde el salón de su casa y de rebote, poniendo histéricos a los asesores republicanos que empiezan a ver cómo Biden espera sonriente el momento oportuno para saltar a la arena. Por ahora, solo va a seguir haciendo tele-campaña de cantantes famosos, estrellas de Instagram o charlas de café con Obama. No dice nada, pero sigue subiendo. Y es que, desde su sofá en Delawere, se pone cómodo mientras ve a su adversario pegarse tiros en el pie —casi a diario— y dejárselos como un queso gruyere.

Los frentes abiertos de Donald Trump son tan fáciles de enumerar, como complicados de solucionar: la pelea contra el coronavirus, suma alrededor de 2,3 millones de personas contagiadas, lo que supone más del 25% de todos los casos que se han registrado en el mundo. Además, pese a que la dichosa curva empezó a frenarse, los rebrotes registrados en al menos 12 estados, hacen peligrar las mejoras que se habían conseguido, y muchos han vuelto a cancelar operaciones urgentes y a volver a necesitar respiradores. Si esto no fuera de suyo excepcionalmente grave y la pesadilla de cualquier mandatario, a pesar de las primeras euforias, la economía no consigue subir —a la velocidad que necesita Trump— y las últimas estimaciones pronostican una caída del PIB estadounidense de 6,3% para finales de 2020. A esto, podemos añadir las prolíficas publicaciones que se esperan en su contra y que ya ha estrenado su ex consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, con perlas como que "Trump no es apto para ser presidente de Estados Unidos". Se esperan otros cinco libros que serán de este estilo, pero quizá el frente de los resentidos a golpe de tecla sea lo de menos en este tsunami.

Este lunes la Casa Blanca se despachó a gusto con una nueva orden ejecutiva que, tapada con el paraguas populista de la protección de puestos de trabajo de los americanos, ha desatado oficialmente su particular guerra de visados contra Europa. De los cinco folios, solo una conclusión: deniega la entrada en Estados Unidos a todos aquellos que hayan sido contratados en el último mes, prohíbe la renovación de permisos y cancela de paso y de golpe, la salida de cientos de miles de europeos que tienen su residencia y pagan sus impuestos en este país. Así me lo resumía una abogada este martes: "Este presidente está en un momento tan errático y volátil que recomendamos a nuestros clientes, aunque tengan sus visados en regla, no salir de Estados Unidos porque quizá, no les permitan volver a entrar". Eso significa que demasiadas personas honradas y legales que se dejan la piel y contribuyen a la riqueza de este país, no puedan ir a ver a sus familias hasta el 31 de diciembre. Y nadie dice nada. Porque ha empezado a ser todo tan surrealista que nos hemos atragantado, nos falta el aire y se empieza a dar por hecho que en periodo electoral, pueda pasar de todo.

El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)

A estos entrantes, les pueden añadir los platos principales: protestas raciales, brutalidad policial, China, Rusia, Alemania, Europa, los tratados de armamento, Corea del Norte, Venezuela, la ONU, la OMS, sanciones contra funcionarios de la Corte Penal Internacional, las tecnológicas y más platos, que seguro me dejo en el camino. En este menú de comida americana, también hay postres tan suculentos como el aborto y la libertad religiosa, que ponen a mil por hora a tanto incauto que se cree que todo es una cuestión de honor por parte del presidente. Para que no haya dudas, son dos de los "asuntos" en los que, sin ningún tipo de pudor, me declaro contraria al primero y defensora a muerte, del segundo. Pero por desgracia, para esta administración, son de esos "principios que, si no le gustan, tengo otros" tan propios de tiempos extremos.

Y así, llegamos al final de esta película de ciencia ficción en la que América se está convirtiendo en Libertonia, el país inventado de Groucho Marx. Un lugar en el que no existen las bromas, todo es demasiado serio y encima tenemos que comer todos los días sopa de ganso.

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