4 de julio en Buridán

La administración de Trump, ante el abrumador devenir, no distingue la diferencia de valores a la hora de decidir y se queda mirando poseído por la duda mientras comete demasiados errores encadenados

Foto: Una niña celebra el Día de la Independencia, 4 de julio, en EEUU. (iStock)
Una niña celebra el Día de la Independencia, 4 de julio, en EEUU. (iStock)

Hoy es el día grande de Estados Unidos. Una fecha única que trascendía a todo y unía a los americanos. Y puede ser que, desde 1776, cuando firmaron su independencia del Imperio Británico, nunca el calendario haya estado tan alejado del espíritu patriótico y los fuegos artificiales sean solo el recuerdo diario de un país dividido y enfrentado.

Hemos llegado a la mitad de este macabro 2020, y el agotamiento, la histeria, el miedo y el desconcierto son como paredes de hierro que aplastan de costa a costa a la que es la primera potencia del mundo. Esta semana, el Gobierno británico anunció su plan de inversión y, como en una regresión fantástica, Boris Johnson se comparó con Roosevelt y a su programa con el que Estados Unidos empleó para salir de la depresión de los treinta. Resulta fascinante ver la ligereza con la que se utiliza el atrezo político para convertirse en un anhelo de líder y tan solo acabar reducido al esperpento de un guiñol callejero. La ligereza con la que distribuyen fortunas del erario público, trufadas de torpes paralelismos históricos, no consiguen despistar a nadie. Tampoco hacen olvidar que Roosevelt no tenía encima la pandemia más cruel de la era moderna y el 'premier' británico no se acerca ni de lejos al expresidente americano y, en cambio, se parece demasiado al de ahora.

Resulta perturbador ver la mirada desnortada de estos dirigentes que crean círculos concéntricos de desgobierno tan letales como obscenos. En su día, se independizaron. Hoy, empiezan a estar más atados que nunca. Se quedan con las fronteras como si fueran nacionalizadas al más puro estilo venezolano, prohíben la entrada de los que viven en Estados Unidos, deniegan la entrada de turistas americanos en Europa, mientras esta permite la entrada de ciudadanos de China o Ruanda. Y, en medio, millones de personas atrapadas en el mundo, que rezan todo lo que saben para poder llegar a su país de cualquier manera, mientras otros rezan para poder volver a su lugar de residencia. Es tan demencial como ignominioso.

Mientras, la capacidad de adaptación —y las tragaderas— del género humano se agiganta a medida que cada golpe de timón sacude sus vidas. No es resiliencia moderna ni resignación de toda la vida, sino puro miedo a que todo vaya a peor. Desconcierto, falta de líderes e indecisión. Así está América, y medio planeta, más que nunca, inmersa en el famoso dilema del asno de Buridán: antigua teoría filosófica de cómo la vida se puede reducir al absurdo según defendía Jean Buridán, en el siglo XIV. Para ridiculizar su argumento, algunos críticos imaginaron el caso absurdo de un asno que no sabe elegir entre dos montones de heno —o, en otras versiones, entre un montón de avena y un cubo de agua— y que a consecuencia de ello termina muriendo de hambre o de sed. Se trata de una magnífica paradoja, ya que, pudiendo comer, no come porque no sabe, no puede o no quiere elegir qué montón es más conveniente, porque ambos montones le parecen iguales.

El primer ministro británico, Boris Johnson, junto al presidente de los EEUU, Donald Trump. (Reuters)
El primer ministro británico, Boris Johnson, junto al presidente de los EEUU, Donald Trump. (Reuters)

El ejemplo del asno que muere de hambre por indecisión parece inverosímil, pero lo estamos viendo todos los días, en medio de tanto ruido. La Casa Blanca se encuentra metida hasta la bandera en este dilema: persiste en seguir la máxima de hacer siempre primero lo que es más urgente y, enfrentada a varias tareas extremas, su propia deliberación acerca de cuál es la prioritaria le hace perder un tiempo demasiado valioso. La administración de Trump —y la de medio mundo— se parece cada día más a este animal que, ante el abrumador devenir de los tiempos, no distingue la diferencia de valores a la hora de decidir y se queda mirando poseído por la duda y, mientras, comete demasiados errores encadenados. Se pasean por el establo, rebuznan, toman decisiones precipitadas, dan coces a los que creen enemigos y multiplican los problemas en vez de solucionarlos. No saben ni comer, ni beber, ni dar de comer… ni dar de beber.

Perdidos, se hacen lío con cada momento y cada situación, llevándonos de manera silenciosa a un rincón agotador en el que hay que utilizar mascarillas, pero no sirven para nada. Un lugar en el que no hay crisis económica porque las inyecciones de dinero tapan el agujero de la quiebra. Una esquina en la que la temporalidad del calor anima a recostarse cómodamente, sin saber que estamos sobre una trampa que nos mata poco a poco. Y esta falta de liderazgo mundial tiene su epicentro en Estados Unidos, al que todo el mundo mira y compara. Más que nunca, una potencia escrutada por la urgencia electoral que no permite distinguir ni agua, ni paja ni heno.

Desconcierto, falta de líderes e indecisión. Así está América, y medio planeta, inmersa en el dilema de cómo la vida se puede reducir al absurdo


Nadie hubiera sido capaz de pronosticar un 4 de julio tan hecho trizas ni una bandera que antes era la guía del mundo y ahora está aplastada por otra que es un paño de color rojo, con cinco estrellas amarillas de cinco puntas, que simbolizan la unidad del pueblo revolucionario bajo el Partido Comunista de China.

Ese famoso 4 de julio de 1776 en el que las colonias cortaron oficialmente sus lazos políticos con Gran Bretaña, John Adams, segundo presidente de Estados Unidos, escribió a su esposa Abigail sus pronósticos sobre esta festividad nacional: "Creo que el Día de la Independencia se celebrará, por generaciones futuras, como el gran festival de aniversario. Debe ser conmemorado, como el día de la liberación con actos solemnes de devoción al Dios Todopoderoso. Debería celebrarse con pompa y desfile, con espectáculos, juegos, deportes, cañonazos, campanas, hogueras e iluminaciones de un extremo a otro de este continente por siempre".

Aquella carta, bien podría ser hoy una plegaria nacional. Un ruego, en vez de un brindis. Un rosario de peticiones que alejen las hogueras de un lado al otro del país. Está en peligro la prosperidad no solo de América, sino del mundo occidental. Y la victoria pasa inexorablemente por dejar los juegos del hambre o la sed del asno y convertirlos en políticas productivas y reales. Necesitamos una urgente independencia de la incompetencia que solo habla en primera persona del singular. Porque más que nunca, hoy, las banderas o son de todos, o no serán de nadie.

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