Pena de muerte: las últimas ejecuciones entran en campaña

Por muy doloroso que sea, estas sentencias nunca serán el consuelo de nadie. Porque creo que hasta el asesino tiene el derecho de no ser asesinado

Foto: Unos operarios preparan una camilla para una ejecución en EEUU. (EFE)
Unos operarios preparan una camilla para una ejecución en EEUU. (EFE)

Justo hace una semana, la Corte de Apelaciones de Estados Unidos emitió un fallo que permitía la primera ejecución de un prisionero federal en 17 años. El martes, Daniel Lewis Lee, condenado por asesinato, moría a las 8:00 horas de la mañana, tras una inyección del famoso pentobarbital. Un cóctel de la muerte legal en China, Vietnam y Estados Unidos. Unas horas después, Donald Trump, publicaba un tuit con tres palabras: Ley y Orden.

Lee fue sentenciado en 1999 a la pena de muerte por su participación en un triple asesinato. Él y su cómplice torturaron y mataron a William Mueller, su esposa Nancy y su hija de 8 años. El jueves, las autoridades ejecutaron al segundo de la lista: Wesley Purkey, condenado a muerte en 2003 por la violación y asesinato de una joven de 16 años, en Missouri. Tanto Lee como Purkey fueron ejecutados en la prisión de Terre Haute, en Indiana. Son las dos primeras de las cinco programadas para este verano por el fiscal general, William Barr, que declaró estar solo haciendo justicia contra los peores criminales y de esta manera "brindar alivio a sus familias".

La última ejecución federal, antes de la de Lewis Lee, ocurrió en 2003 y actualmente quedan 61 presos condenados a la pena capital por el Gobierno. Pero, como había prometido en campaña, Trump puso en el calendario las fechas y, además, no son casuales y están en rojo. La primera potencia del mundo, la más "avanzada", sigue considerando la pena de muerte una solución y una suerte de escarmiento, extraño, porque cada vez es más difícil conseguir detalles. Se ejecuta, pero se exhibe poco. La realidad se parece mucho a las películas, pero sin las imágenes escabrosas. Y esta parte es la que me parece más reveladora.

Estamos acostumbrados a ver los cuerpos atados a las sogas en las ejecuciones de los países árabes o los cadáveres de las lapidaciones en vida. ¿Por qué no podemos ver cómo fueron los últimos momentos, por ejemplo, de Leroy Hall, ejecutado en la silla eléctrica el pasado mes de diciembre? Pongo este caso, porque sería bastante más espectacular que la inyección letal, que según los que lo han visto, dura poco y tan solo "se ve convulsionar durante diez minutos al reo". ¿Por qué los espectadores tienen prohibido sacar fotografías o la prensa publicarlas? En la actualidad es legal en 29 estados y más de 2.600 presos esperan su condena a muerte, con el mono naranja como un ataúd adelantado.

El fiscal general, William Barr, declaró estar haciendo justicia contra los peores criminales y así "brindar alivio a sus familias"

Y aquí es donde el dilema divide y, de paso, sirve de cebo apetitoso para los partidarios de este castigo legal. El padre de una de las víctimas de Purkey dijo que estaba listo para ver respirar, por última vez, al hombre condenado por el asesinato de su hija. En unas declaraciones al periódico 'The Indianápolis Star', aseguró que por fin había llegado el día. "Hoy vamos a tener lo que necesitábamos. Estar presentes en su último aliento, porque él se llevó el de nuestra hija. Esto no acaba aquí porque nunca la recuperaré".

Intento imaginarme ese dolor y no lo consigo, porque no quiero ni llevármelo a la cabeza. Ese abismo al que se han asomado tantos padres o familiares después de que un asesino les empujara a la peor pesadilla que un ser humano puede soportar, solo puede ser mitigado con la Justicia. Que alguien decida llevarse por delante la vida de un hijo, un niño, una mujer, un anciano, torturarlo hasta la muerte, disfrutar con el dolor ajeno... ese apetito extremo por arrebatar la vida es una droga que los depredadores salvajes no pueden quitarse de encima. Existió y existirá siempre, porque el mal, en su sentido más diabólico y aterrador, forma parte de la existencia humana.

Pero, una vez que se tiene a ese asesino entre rejas, ¿freírlo como si fuera un animal es una solución? En Estados Unidos, sí. Hoy. Esta semana pasada. Y así, desde que este país estaba sujeto a las leyes inglesas hasta que el Tribunal Supremo confirmó la legalidad de la pena capital en 1976 en el caso Gregg vs. Georgia. Desde entonces, 21 estados la han abolido, entre ellos, New Hampshire, el año pasado. Pero, aunque los gobernadores decidan eliminarla, sigue estando vigente en las leyes federales y ningún presidente de este país ha querido abrir nunca ese melón. Y es que es como la fruta prohibida del paraíso. Despierta las pasiones más extremas y como tales se esconden porque en el fondo saben que no son dignas de ser exhibidas. Estas últimas ejecuciones han sido noticia, peno no tienen 'hashtag' ni han sido 'trending topic'. No han estado en los debates de las grandes cadenas de televisión. Se han publicado porque estamos en campaña presidencial pero no han interesado a casi nadie.

La lista completa de los ejecutados el año pasado la forman solo hombres, todos con una media de 25 años de espera entre la sentencia y la ejecución, todos habiendo pasado una vida en prisión. Y no. Por mucho que se intente partir en dos este tema, no es cuestión de estar a favor de la víctima o del criminal. Porque trasciende a eso. Por supuesto que las sentencias intentan ser el remedio terrenal al delito cometido, pero el asunto es que la ejecución sea la solución o el final de algo. No son ejemplarizantes porque se tapan. Y por muy doloroso que sea, nunca serán el consuelo de nadie. Porque creo que hasta el asesino tiene el derecho de no ser asesinado. Porque el ojo por ojo solo consigue pegarse a la sociedad como una ceguera que extiende el dolor como una plaga.

El ojo por ojo solo consigue pegarse a la sociedad como una ceguera que extiende el dolor como una plaga y no lo alivia

Albert Camus, el famoso novelista francés, relató cómo se vivió en su casa (Argelia) la ejecución de un hombre que había sido acusado del asesinato de unos niños y llevado a la guillotina. El pueblo entero estuvo a favor de la ejecución y quería ver morir al asesino en la plaza en directo. Camus reconstruyó cómo fue aquel día en el que su padre se levantó más temprano que de costumbre y fue a reunirse con sus vecinos frente al patíbulo, en medio de una gran multitud. "Cuando regresó parecía otro, estaba pálido y trastornado. Después de vomitar y quedarse durante un buen rato tendido en la cama, se levantó. Nunca más volvió a decir una palabra sobre aquello. En lugar de pensar en los niños asesinados, mi padre solo podía pensar en ese cuerpo jadeante que acababan de arrojar sobre una tabla para cortarle el cuello".

Esta semana no había patíbulo en el estado de Indiana. Cristaleras, cortinas y mascarillas han sido el escenario de una ejecución en medio de la pandemia. Esa moderna y cuidada ceremonia letal, no ha reparado el daño. Y es que no hay nada más peligroso que la muerte entre en política o en una campaña presidencial. La historia sentenciará y nadie saldrá bien parado. Al tiempo.

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