Los jesuitas en el Capitolio de Biden y las contradicciones españolas
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Luján Artola

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Los jesuitas en el Capitolio de Biden y las contradicciones españolas

El mantra de esa derecha de Vox que aplaudía a Aznar y vivió de su mandato hoy sufre un ataque de coherencia y avisa sobre los peligros de Lucifer instalado en el Capitolio

placeholder Foto: Detalle del templo jesuita en Oaxaca México. (iStock)
Detalle del templo jesuita en Oaxaca México. (iStock)

Siempre me ha fascinado la rapidez, la claridad y sobre todo la displicencia de ciertos sectores de la sociedad que desde la barrera siempre saben lo que tiene que hacer el torero, pero cuando les toca ponerse delante de él ni hay faena, ni ruedo, ni siquiera arena que pisar y se vuelven hasta comprensivos con los antitaurinos. Siempre encuentran justificaciones para la propia incompetencia e ineficacia, abusan del victimismo y son implacables con el paisano de enfrente. Esquizofrenia compleja.

Leía esta semana cómo, por tercera legislatura, exalumnos educados por los jesuitas representan el diez por ciento del Congreso americano. Entre los 535 miembros del 117º Congreso de los Estados Unidos, 55 se graduaron en colegios y universidades jesuitas: 13 ocupan puestos en el Senado y 42 en la Cámara de Representantes. Este año, como novedades, han sido elegidos en 2020 el representante Mike García (republicano por California), Chris Jacobs (republicano por Nueva York) y August Pfluger (republicano por Texas). Asimismo, el senador Jon Ossoff (demócrata por Georgia) fue elegido en enero y juró el pasado miércoles 20 de enero. Aparte del encanto que tiene en este país reivindicar constantemente los orígenes, me sorprendió ver publicada en varios medios una nota de prensa en la que la asociación de antiguos alumnos de colegios y universidades de la Compañía de Jesús reivindicaban su red en puestos relevantes de la Administración americana. He mirado con detalle la larga lista de miembros y suma cerca de un 11% de los cargos en el Capitolio.

"Tengo la mente abierta y busco la verdad. Esas dos cosas, en las que definitivamente creo, provienen de los jesuitas"

El congresista demócrata por California Mark De Saulnier hablaba hace dos semanas del servicio público, la política y su educación: "Tengo la mente abierta y busco la verdad. Esas dos cosas, en las que definitivamente creo, provienen de los jesuitas. Creo que el servicio público es muy espiritual; lo he dicho a menudo. Creo que la Cámara de Representantes (el Congreso) es un sanctasanctórum de la evolución humana, y una educación jesuita tiene mucho que me ha impactado a mí y a mi sistema de creencias: que lo que hago no es un trabajo. No es solo un servicio público: está conectado con Dios". Como a muchos, me producen cierto pudor las confesiones públicas de este tipo en boca de políticos. Pero aquí, en Estados Unidos, es absolutamente normal, añade valor como dicen los cursis y he empezado a pensar que quizá lo 'anormal' sean las tragaderas relativistas que se han desarrollado entre diferentes sectores de la sociedad española. Y digo relativistas, porque con diferencia de pocos años, demasiado pocos, los púlpitos políticos, laicos y eclesiásticos se han convertido en una especie de selección natural entre los limpios y los impuros. Entre los de derechas 'de verdad' y los 'acomplejados'. Entre los que piensan que para ser español, la bandera hay que llevarla en la muñeca y el papa Francisco es un progre que pronto será sustituido por el cardenal Sarah, en esa suerte de cónclave nacional en el que ponen y quitan credos, fondos europeos y señalan a los tibios. Niegan la pandemia, te explican con una precisión científica al nivel de Lancet cómo con la vacuna van a insertarnos (o ensartarnos) un chip porque Bill Gates, Soros y ahora el 'senil' Biden y la 'maléfica' Kamala Harris están en el poder.

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Detalle del templo jesuita de la Compañía de Jesús en Oaxaca México. (iStock)

Y leo y veo a gente de cierto nivel intelectual repetirlo una y otra vez, convertir estos nuevos mandamientos en mensajes de WhatsApp. Poco se habla, por cierto, de esa moda de si no estás en Signal o Telegram te ha poseído el espíritu de Lenin y formas parte de ese grupo de pobre gente manipulada, buenista e ignorante a la que todavía, ellos, no han podido iluminar. Y me quedo alucinada cuando me dicen por mensajes (anónimos o privados) que el confinamiento es una maravillosa experiencia familiar, que no valoro el regalo de poder ser la maestra de mis hijos; y así, como una butifarra eterna de chorradas, me reprenden y de paso hacen que se me caigan las pestañas de dos en dos cada vez que leo esas estupideces. Y empiezo a darle vueltas y vueltas y acabo siempre en un bucle en el que me siento como quieren que me vea: una rata de laboratorio, indefensa dando vueltas mientras el nuevo orden mundial dirige mi vida.

Confieso que he llegado al tope de gilipolleces. Con la edad me sube la tensión y al mismo tiempo la intolerancia a los profetas que se santiguan y aplastan. Cogen el incienso y con caídas de ojos y en medio de un éxtasis místico hablan de la manida unidad de España y señalan al católico Biden (y san Donald Trump) como la nueva clase política vendida al sistema imperante. El tema es que si él está de saldo, cómo estaba todo el gabinete de Gobierno de José María Aznar, todos a una, aquellos católicos del Majestic de 1996 reconvertidos en una aplastante mayoría absoluta que no hizo absolutamente nada en ese campo moral que ahora le exigen al presidente de Estados Unidos. Me pregunto por qué a toda esta nueva generación de seguidores de la cruzada de Vox no se les atragantaban las nóminas de entonces mientras nada de lo que supuestamente creían se materializaba en política. Y no hablo solo de ministros, diputados, sino de obispos y de laicos que entonces montaron sus grandes chiringuitos mediáticos y ahora escupen en la Cadena Cope sin ningún rastro de memoria ni pudor. Me irritan los sermones de los que miden los tiempos y juzgan según les sople el viento del éxito mundano. Y es que cuando se está fuera del terreno de juego, no hay nada más fácil que titular o escribir en las redes sociales. La gestión de lo público no ha sido, es ni será nunca un estado de pureza, primero por la condición humana de los que la protagonizan y segundo porque el poder suele, por lo general, corromper. Antes para conseguirlo y después para mantenerlo. Y no se me pongan las mantillas, se arrodillen y agarren los misales como si fuera esto el apocalipsis, porque esto es una realidad tan antigua como el Imperio romano. San Ignacio decía de manera demoledora que "mucha sabiduría unida a mediana santidad es preferible a mucha santidad con poca sabiduría". Urge, más que nunca, rescatarla.

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