De calaveras mayas a hordas de turistas: un paseo global por la patria de los muertos

La muerte es México, porque allí es donde mejor entendieron que los muertos se tiran con más ganas de las nubes para ir a una fiesta alegre que a un velorio de pena

Foto: Simulan huesos de muertos en Ciudad de México. (EFE)
Simulan huesos de muertos en Ciudad de México. (EFE)
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La patria de los muertos es de tierra, cemento o mármol. Desperdigados por el globo, se pudrió su carne y se mantuvo su recuerdo colgando de alguna parte. Los cementerios son casas de memorias y hoy, en la tierra, todos los que se fueron vuelven para recordar que lo único eterno es morirse. Son las reglas de ellos, de los que hoy descienden desde el cielo convertidos en mariposas y humo, en llanto y cena. La patria de los muertos es de tierra, cemento o mármol en la tierra, pero en el cielo, si existiera, flotaría sobre las montañas de la Sierra Madre, las tierras secas del Bajío y la húmeda selva Lacandona. La muerte es México, más que en ninguna parte, porque allí es donde mejor entendieron que los muertos se tiran con más ganas de las nubes para ir a una fiesta alegre que a un velorio de pena.

El panteón maya de las calaveras

Al menos eso cree Doña Porfiria Maico, una mujer maya de 70 años que, como cada Día de Muertos, va al panteón de Pomuch, en Campeche, dobla su espalda con fatiga, saca las cajas de sus muertos de su nicho familiar entre los callejones estrechos de un cementerio donde las calaveras y los huesos se agolpan a la vista de todos O limpia con cuidado cada uno de los fragmentos de sus difuntos. Entre ellos está Angelita, tía de su suegra, y un sobrino de 11 años. Porfiria presta atención a que no se pierda ninguno de los huesecitos por muy pequeño que sea, coloca el nuevo paño en la caja, blanco y con adornos de colores que ha cosido durante un año, y mete con mucho cuidado de nuevo cada uno de los restos de sus difuntos en los nichos. Se marcha andando a casa entre cientos de turistas que hacen fotos medio fascinados y horrorizados por la escena.

Cementerio Pomuch. (J. B.)
Cementerio Pomuch. (J. B.)

Pomuch es el único cementerio maya de ese tipo que queda en México. Las autoridades los fueron prohibiendo por considerar la práctica de colocar en cajas abiertas los huesos de los cadáveres algo antihigiénico. Los mayas antes enterraban en sus casas, como dicta la tradición de este pueblo, y el Día de Muertos desenterraban sus cadáveres y los metían en sus salones para compartir con ellos ese año que cada uno pasó de un lado del cielo. Eso también se prohibió en las últimas décadas y ahora queda este extraño panteón que se ha salvado por algo más prosaico que la muerte: el dinero.

Las autoridades se dieron cuenta que el panteón era un foco turístico que crece. Hoy, esta construcción casi siempre vacía de Doña Porfiria será visitado por miles de turistas que acuden con sus cámaras a hacer fotos de las calaveras, fémures o costillas que se agolpan en cajas a la vista de todos. "Son mis familiares", me explicaba ella cuando me dejó acompañarla a honrar a sus muertos. Lo dijo en presente. Estaban vivos y estaban muertos.

El cementerio de Coco

"Entren por favor. Siéntense. ¿Qué quieren tomar?", nos dicen al pasar frente a una casa enrejada y fijarnos en un altar con velas y flores. Dentro, con un ponche de miel en las manos, vemos que junto a la ventana hay un altar con, nos dice la señora Luisa, la anfitriona, las fotos de sus padres arriba y la de su suegro abajo. "Los altares de tres pisos significan que los de la parte de arriba eran gente importante, con más dinero", susurra el hermano de la señora Luisa. La muerte no perdona el encorsetamiento de las clases sociales.

El hermano sonríe con la puntualización. Y entonces la señora Luisa detalla que le ha colocado a su padre un Nescafé, “que a él le gustaba eso”, y a su madre un café de puchero. Y hay un cigarro, porque su padre fumaba, y algo de Tequila y algunas comidas que asegura que “mañana cuando nos las comamos ya no sabrán a nada porque el sabor se lo quedan los espíritus”. Y uno ya casi siente que el ponche dejó de saber a miel cuando al final, al irnos, la señora Luisa nos indica que tengamos cuidado de no pisar el reguero de flores de cempasúchil porque "le indican a nuestros muertos el camino de vuelta a casa".

Y debe ser cierto, porque una hora después, en el cementerio de Tzurumutaro, en Pátzcuaro, Michoacán, la noche del 1 de noviembre de 2015, encontramos miles de personas que rodeaban las tumbas con las sagradas flores naranjas iluminadas por miles de velas. Las familias se sentaban junto a las tumbas y algunos cantaban mientras otros cenaban tranquilamente, conversando con sus muertos en un cementerio que rebosaba vida.

Los espíritus de las mariposas

Mira al cielo, preocupado, y cabecea con su gorro campestre en la mano, su cara arrugada y rodeado de cruces cargadas de flores de colores. "¿Qué hemos hecho que nuestros seres queridos no llegan? ¿En qué hemos fallado?", se pregunta Sabino Marín, un mazahua de 60 años. ¿Quiénes no han llegado? "Las mariposas, nuestros muertos", contesta él.

Y es que aquel año las mariposas monarcas no llegaron tras sus 8.000 kilómetros de viaje entre Canadá, EEUU y México a las montañas de Michoacán y Estado de México a tiempo. Y Sabino se preocupaba, con razón, porque para su pueblo lo que llegan no son lepidópteras, sino los espíritus de los que se fueron. Y lo hacen siempre para el Día de Muertos con una puntualidad que en esta tierra no se practica. "Este año hemos lanzado bengalas y hecho replicar las campanas para indicarles del camino. Pero no llegan, algo hemos hecho mal", repite él cabizbajo.

Sabino Marín. (J. B.)
Sabino Marín. (J. B.)

Los camposantos esperan en estas zonas rurales y pobres, con sus cementerios convertidos en floridas macetas, a que lleguen las mariposas que no son otra cosa que sus difuntos para empezar la fiesta del reencuentro. Olivia Vázquez, una otomí de 49 años que vive en las mismas montañas, tiene en su casa un pequeño altar con mariposas de madera. Ella aguarda también la llegada de sus ancestros: "Yo vivía con mi abuelita materna. Ella en esta temporada nos platicaba de las mariposas y cuando las veía nos decía: 'ya llegan los muertos'. Las pequeñas, las blancas, nos indicaba que eran angelitos".

Los muertos de los ricos y de los pobres

También hay patrias de muertos en otras tierras. En los panteones se entiende mejor que en ninguna parte la esencia de los lugares. Como en Iquitos, la amazonia peruana, donde tras pasar por un reguero de aldeas paupérrimas tropezamos con un cementerio de tumbas de mármol rodeado de casas de palo y adobe. "La gente gasta mucho dinero en enterrar a sus familiares, es un símbolo de respeto", explicaban los locales. Que los muertos duerman más cómodos que los vivos dice mucho de una sociedad.

"La gente gasta mucho dinero en enterrar a sus familiares". Que los muertos duerman más cómodos que los vivos dice mucho de la sociedad

O en Katmandú, Nepal, en el crematorio sagrado hindú de Pashupatinath, donde el río Bagmati, que se llevaba las mismas cenizas de los cadáveres entre aguas podridas, dividía en dos a los muertos. Los ricos a un lado, en las escalinatas de piedra, rodeados de fuegos y danzas con las que incineraban a sus difuntos. Los pobres abajo, con sus cadáveres envueltos en una sábana y colocados sobre una pira de madera que en ocasiones necesitaba más leña para arder y que terminaban de quemar vagabundos que se ganaban unas rupias para ayudar a que el muerto se fuera por un inmenso desagüe. La muerte de los pobres parecía más triste. El humo olía a muerto. Las antorchas iluminaban un agua oscura llena de ceniza de cadáveres.

En el África subsahariana era distinto. Los cementerios en las zonas rurales son la mayor parte una acumulación de montículos de arena. En Mozambique, en la aldea de Vilankulos, el cementerio es un rectángulo de piedra lleno de chepas de arena con una delgada cruz de madera encima. La preocupación de las familias es poder dar de comer a todos los familiares que llegan de todas partes durante los tres días que dura el entierro.

La ceremonia es tan larga que se llora en coro sólo cuando se mete en el agujero a la difunta para no morir deshidratados del llanto. Había, sin embargo, un cementerio mucho mejor, en la capital, Maputo, donde las lápidas eran de mármol. En el viejo zoológico, en los tiempos de la colonia portuguesa, existía un cementerio para las mascotas de los adinerados colonos lusos. No queda ya nada de aquello que no sean trozos de piedra y restos del mármol partido. Robaron todo los habitantes de los alrededores tras la guerra civil, hartos de ver que la tumba de un perro valía tres veces el precio de sus casas.

Las tumbas museo de Europa

Los cementerios europeos de renombre son panteones de la patria donde se agolpan personalidades entre colecciones de esculturas. En Praga, los turistas suelen ir en masa al viejo cementerio judío y se olvidan del lejano campo santo de la colina de Vysehrad. Allí están enterrados los más importantes intelectuales y políticos de la República Checa, entre manos que salen de las tumbas, rostros de piedra y senderos de leyendas que acaban en una iglesia de fachada oscura. Hay una inquietante muerte por todas partes.

En Londres, en el cementerio de Highgate, los nostálgicos del marxismo acuden en masa a rendir tributo a la tumba de Karl Marx, con su enorme busto mirando a los jardines y su frase lapidaria debajo: "Obreros del mundo, uníos". Pero Highgate es un jardín donde descansa la Inglaterra posterior al siglo XIX y en el que poder pasear entre una colección importante de tumbas de personalidades que han hecho cosas importantes. Entre ellas, entre las tumbas de George Michael, la familia de Charles Dyckens, Alexander Litvinenko, George Eliot (Mary Ann Evans), Bob Hoskins, etc. También está la del primer hombre que abrió las ventanas para airear las salas de los hospitales. Hasta entonces eso estaba prohibido y él decidió abrir una ventana para evitar la concentración de gérmenes. Con eso fue suficiente para pasar la historia como una de las personalidades de Highgate.

El cementerio Père Lachaise de París no desentonaría si se ubicara en el centro de los Campos Elíseos. Un camposanto en perfecto estado, con avenidas grandes y caminos revirados muy cuidados, donde huele a whisky y a poemas. Porque en la tumba de Jim Morrison no falta nunca algún fan que le lleva al viejo roquero una botellita de bourbon y unos cigarros que deposita en su tumba. Algo más arriba, sin embargo, la tumba de Oscar Wilde ha tenido que protegerse con un vidrio para evitar el desgaste que sufre de tanto aspirante a las letras que escribe sobre su piedra. Y luego, por otros lares, se tropieza con la tumba de Chopin, Bizet, Proust, Edith Piaf, Moliere... Todos ellos, inevitablemente, rodeados de una turba de turistas que recorren el cementerio con prisas para que no se les escape ninguno de los muertos que les ha prometido el guía. No deben saber que ya no se mueven.

Por último, el cementerio Monumental de Milán está incluso más integrado en el estilo de la ciudad que el de París. En el caso italiano, su panteón y sus tumbas son diseños que podrían desfilar en un desfile de muertos. Cuesta mucho dinero hacerse un hueco entre los ilustres personajes como Verdi allí enterrados. La muerte allí, entre estatuas que lloran piedra, parece más bella.

Monos y cerezos en flor en Asia

En Tokio, en el cementerio Yanaka, los cerezos florecen en primavera entre las tumbas y los japoneses acuden en masa a presentar su respeto a flores y difuntos. La ramas de los árboles pariendo colores sobre las tumbas hacen dudar de que allí pueda haber algo sin vida. Entre el 22 y 23 de septiembre se celebra allí el Shubun No Hi, fiesta del equinocio de otoño en el que miles de japoneses acuden a los cementerios a encontrarse con sus antepasados. Aquel espacio es un inmenso parque en el que debajo de los pies descansan numerosas personalidades japonesas, mientras sobre sus cabezas las flores blancas y rojas de los cerezos se empeñan en constatar la probable existencia de un dios.

Poo Fook Hill, Hong Kong. (J. B.)
Poo Fook Hill, Hong Kong. (J. B.)

En Hong Kong, por su parte, el problema es que no les caben más tumbas. Sus cementerios están abarrotados y las autoridades toman medidas para que los muertos dejen espacio a los vivos. Hay listas de espera de hasta cinco años para encontrar un hueco donde meter a los difuntos y las familias han empezado a cremar a sus familiares y lanzarlos en bolsas biodegradables en embarcaciones funerarias en el Mar de China. Pero de todas esas cosas mundanas no saben los monos que vemos saltar entre las tumbas en el Po Fook Hill Cemetery donde los nichos son tan pequeños que lo aconsejable es llevar treboles a los muertos para no tapar con una misma flor tres sepulcros . En una colina abarrotada de nichos como colmenas, con la gigantesca ciudad de cemento y neón de frente, los muertos en Hong Kong pronto necesitarán también rascacielos para poder morir en paz.

Evita Perón y el Presbítero Matías Maestro

Para encontrar la tumba de Evita Perón en el cementerio de La Recoleta en Buenos Aires sólo hay que seguir el rastro de la muchedumbre. Su tumba es la tumba de media patria que sigue acercándose hasta allí a rendir tributo a una cadáver que pasó por Italia y España antes de descansar en su tierra llorada. El panteón es en todo caso el lugar de encuentro de buena parte de las grandes personalidades del país. A ese barrio se mudaron los ricos y con ellos se mudaron sus muertos.

En Lima es distinto. En el imponente y majestuoso Presbítero Matías Maestro, el primer cementerio de carácter civil de América construido en 1808, se sube una escalinata que lleva a una plataforma desde la que se contempla todo el entorno. Desde allí se mira adelante y atrás. A los lados. Se fuerza un poco la vista para alcanzar las montañas secas y lejanas. Se observan los pasillos impolutos del cementerio, sus nichos entre callejuelas limpias y sus mausoleos de la zona noble que parecieran palacetes. Y se mira fuera donde se ve un enjambre de hierros, antenas dobladas y cemento en polvo por el que pasan algunos coches eructando humo. Entonces, ante tanta diferencia, uno se pregunta inevitablemente de qué lado de la valla están los vivos y de qué lado están los muertos.

Porque el cementerio de la Patria, de los hombres ilustres, está enclavado en un barrio a 45 minutos a pie de la catedral en el que hasta el aire es seco y pobre. Se atraviesan casas humildes y aceras rotas. Se callejea entre puestos de comida y tienditas que venden jirones de telas y restos del mundo, hasta alcanzar una enorme valla que encierra la historia del Perú y sus numerosas leyendas. Porque los humildes habitantes del entorno van allí, al barrio de los poderosos muertos, a pedirle a la tumba del niño Ricardito que salve a sus hijos enfermos, o a la tumba de María de la Cruz, primera mujer en ser enterrada allí, a pedirle milagros. Y a nosotros el milagro nos parece que los vivos del entorno no agarren sus mesitas, sus ollas, sus sillas y sus colchones, y se vengan a vivir a este lado del limbo terrenal donde al menos se duerme en silencio.

Crónicas de tinta y barro
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