Las lecciones de Detroit

Parecía que no podía ocurrir pero finalmente la ciudad de Detroit ha solicitado ser declarada insolvente económicamente y, por tanto, en bancarrota. La resolución final se

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    Parecía que no podía ocurrir pero finalmente la ciudad de Detroit ha solicitado ser declarada insolvente económicamente y, por tanto, en bancarrota. La resolución final se espera para final del verano como muy tarde, pero todo parece indicar que será aceptada. Esta posibilidad se venía contemplando desde hace dos años y alcanzó fuerza hace unos meses con el nombramiento de Kevin D. Orr como encargado especial para solventar las financias locales. Aunque según el Detroit News, Orr logró un acuerdo con algunos bancos acreedores, con quitas próximas al 75%, no consiguió llegar a un acuerdo con el resto de acreedores con quienes el ayuntamiento tiene una deuda próxima a los 20 billones de dólares. El gobernador de Michigan, Rick Snyder, firmó la solicitud de Orr acogiéndose al capítulo 9 en la normativa de quiebras -referida exclusivamente a los ayuntamientos- afirmando que era “un paso difícil, pero la única opción viable para afrontar un problema que se ha venido gestando durante seis décadas”; se trataba de asumir una realidad que “ha sido ignorada”.

    Casi medio centenar de pequeñas ciudades y municipios norteamericanos se han acogido anteriormente al capítulo 9, pero es la primera vez que lo hace una metrópoli de las dimensiones de Detroit. Resulta difícil de precisar, pero todo indica que un buen número de ciudades norteamericanas observan expectantes el proceso de Detroit considerando seriamente la posibilidad de acogerse al referido capítulo 9. La ciudad que otrora fuera modelo industrial norteamericano aproximándose a los dos millones de habitantes a mediados de los 60, está sumida en una crisis económica de cuestionable recuperación. El 18,6% de sus 700.000 habitantes -con un 80% de afroamericanos- está en paro cuando la media nacional se sitúa en torno al 7%; y en el 2012 tuvo el cuestionable privilegio de ser la ciudad con mayor índice de criminalidad de los Estados Unidos. Como diría un castizo, “a perro flaco todo son pulgas”, aunque tal vez sean las pulgas quienes enflaquecieron al perro.

    El rescate según el modelo europeo, no llega a contemplarse; será la propia ciudad quien asuma las consecuencias de su calamitosa gestión El relato de cómo Detroit ha llegado a esta situación puede motivar la comparación con algún territorio mucho más próximo… Detroit tuvo su momento de esplendor a mediados del siglo pasado cuando la boyante industria automovilística parecía blindar a la ciudad ante cualquier peligro futuro. Se emprendieron una serie de reformas urbanísticas propias de una megaciudad, pero, sobre todo, se incurrió en una serie de gastos de personal –pensiones de funcionarios incluidas- muy superiores a las que necesitaba la municipalidad. Y, por si fuera poco, también hubo casos de corrupción. El alto índice de desempleo motiva que sean necesarias más ayudas sociales y, por el contrario, los ingresos por impuestos sean menores al reducirse el consumo. La creciente inseguridad es causa del proceso migratorio de ciudadanos y negocios a localidades próximas, por lo que vuelven a reducirse los ingresos derivados de impuestos -las corporaciones locales tienen una capacidad impositiva mucho mayor que en España-; los únicos que parecen constantes son los 11 millones de dólares que reciben puntualmente del casino local.

    Más allá de las hipotéticas lecciones que pudieran derivarse, la declaración de bancarrota resulta sintomática de las distintas aproximaciones al liberalismo económico de Europa y Estados Unidos. El rescate según el modelo europeo, no llega a contemplarse; será la propia ciudad quien asuma las consecuencias de su calamitosa gestión. Sin embargo el capítulo 9 intenta favorecer al deudor en tanto en cuanto impide que compañías de servicios esenciales entre otras, puedan cesar en sus prestaciones. La deuda ni se perdona ni se condona, pero sí se favorece la renegociación, como mal menor, bien con quitas, reducción de intereses o refinanciación en condiciones más favorable.

    Y ¿qué hacen los ciudadanos ante la reducción de servicios que se avecina? Hace unos años la californiana ciudad de Sockton de 200.000 habitantes sufrió un proceso prácticamente idéntico. No hubo manifestaciones ni protestas locales, y probablemente eso ocurrirá también en Detroit. Más allá de responsabilizar a los gobernantes por la mala gestión el norteamericano entiende que ha sido él quien ha elegido libre y democráticamente a esos gobernantes asumiendo su implícita responsabilidad. Asumen que la justicia actúe reclamando a quien corresponda su alícuota del desastre, y es ahí donde se exigirán las responsabilidades que hubiere. En caso de corrupción demostrada el responsable termina en prisión. Allí terminó Kwame Kilpatrick, alcalde de Detroit entre 2001 y 2008. 

    Crónicas del Imperio
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