¡Que viene el lobo!

Los dieciséis días de incertidumbre desde que se decretara el cierre gubernamental en Estados Unidos a principios de mes han llegado a su fin

Los dieciséis días de incertidumbre desde que se decretara el cierre gubernamental a principios de mes han llegado a su fin. Como era de esperar, se ha alcanzado un acuerdo bipartidista (81-18 en el Senado y 285-144 en la Cámara) para prorrogar hasta el 7 de febrero la capacidad de endeudamiento de la Reserva Federal. La "bomba atómica", recurriendo a la expresión utilizada por el presidente Obama, que los republicanos estaban a punto de dejar caer en pleno corazón de la economía norteamericana se ha desactivado.

No creo que le haya sorprendido a nadie. Desde luego no al mercado bursátil, que ha asistido impasible al vaivén de reuniones, declaraciones apocalípticas, o el absurdo baile de un pasito pa'lante otro pasito pa'tras. Eso, en sí mismo, resultaba ser un claro indicador de que por enésima vez se lograría un acuerdo de última hora. Como en el cuento del pastorcillo y el lobo, se trataba de una situación ya vivida en el cálido agosto del 2011, cuando Obama y Boehner alcanzaron un acuerdo de ultimísima hora, y después en las frías Navidades del 2012, cuando los congresistas fueron convocados de manera extraordinaria el mismo día de Nochevieja para votar exactamente lo mismo que se aprobó ayer. La simple idea de convertir en crisis económica una crisis eminentemente política resultaba tan ilógica como estúpida.

De no haber sido por la coyuntura política, con un horizonte de elecciones -las de mid-term- a más de un año vista, esta crisis probablemente nunca se hubiera producidoDe no haber sido por la coyuntura política, con un horizonte de elecciones -las de mid-term- a más de un año vista, esta crisis probablemente nunca se habría producido. Una crisis tal vez un tanto artificial si consideramos el argumento que han venido esgrimiendo los republicanos: el Obamacare; la reforma sanitaria ya aprobada en el Congreso, ratificada por el Tribunal Supremo, y que ahora mismo ya se encuentra en su primera fase de desarrollo. Desde el primer momento dejó claro Obama que no pensaba cambiar una coma de su proyecto de ley. Las concesiones fueron numerosas, y en algunos casos sustanciales, durante la compleja tramitación en el Congreso.

No resulta extraño que la última propuesta republicana de la Cámara, proponiendo un aplazamiento durante dos años de uno de los artículos de la mencionada ley referente a la financiación, fue rechazada de inmediato. Eso sí, se debía buscar una salida mínimamente digna para los republicanos, que de forma clara y contundente han perdido este pulso... de momento. La creación de una comisión bipartidista con objeto de proponer medidas de recorte de gasto y estudiar distintas posibilidades dentro del panorama impositivo ha propiciado el referido aplazamiento del techo de deuda y la reincorporación inmediata de los cientos de miles de empleados públicos que fueron temporalmente despedidos.

La pregunta ahora tiene que ver con lo que ocurrirá dentro de poco más de tres meses. ¿Se nos volverá a inquietar con la inminente llegada del lobo? Todo parece indicar que el acuerdo beneficiaría tanto a demócratas como a republicanos. En su alocución tras el pacto alcanzado, se refería Obama a las incertidumbres que supone para el país y sus empresas gobernar "a golpe de crisis" y la necesidad de llegar a un acuerdo definitivo y definitorio para al menos una década sobre el balance necesario en cuanto a ingresos y gasto.

Indudablemente, y pese a su victoria, la debilidad del presidente con una cámara dominada por los republicanos resulta más que obvia y deberá admitir medidas y acuerdos innegociables en un panorama distinto al actual. Pero no es menos cierto que los republicanos han sufrido un desgaste considerable de consecuencias impredecibles. Y no me refiero precisamente a las consecuencias electorales derivadas de esta suerte de enroque que ha mantenido en jaque a la economía norteamericana y mundial, sino a las que puede tener dentro del propio partido.

Boehner se negaba a proponer la votación en la Cámara de Representantes para que no resultara evidente la ruptura de su propio partido. En ese intento ha estado a punto de dejarse, si no la piel, sí el cargo. El tiempo dirá si efectivamente lo ha conseguido o únicamente se ha cerrado en falso la crisis que se está viviendo dentro de las filas republicanas. Justo el tiempo que falta para que sobre la arena política se debata otra ley que levanta ampollas entre los republicanos del Tea Party o del rampante Heritage Action for America: la de reforma migratoria.

Crónicas del Imperio
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