El nuevo éxtasis: ¿nos hacemos un ISIS?

El Califato nunca existió en el islam. El universo creado por el llamado Estado Islámico es una ficción enteramente basada en las fantasías de mentes europeas y norteamericanas

Foto: Combatientes del Estado Islámico junto a un comandante de la organización conocido como Abu Waheeb, en una imagen difundida por el propio ISIS.
Combatientes del Estado Islámico junto a un comandante de la organización conocido como Abu Waheeb, en una imagen difundida por el propio ISIS.

La ruta del bakalao de hoy día ya no va por las macrodiscotecas de Valencia. Ni siquiera de Londres a Mallorca para ponerse hasta arriba de ácido y pastillas. La nueva droga de la juventud es más dura. La venden en pastillas rectangulares negras con logotipo naïf blanco impreso encima. Es marca registrada y se llama Allah. Así, con doble L y con H al final. Rechacen imitaciones.

Para hacerse con la droga, no hace falta ir a Ibiza ni a Ámsterdam. O bueno, a Ámsterdam sí, que es desde donde salen vuelos baratos a Estambul, a veces vía Madrid. Y de Estambul a la frontera siria son mil kilómetros en línea recta, pasando por Ankara. Si tienes suerte. Porque si te pilla la policía es capaz de decirte que tienes cara de consumidor y de devolverte a tu tierra. A Bruselas, Birmingham, Berlín o Barcelona.

Pero si todo sale bien y en la frontera, allá por Urfa o Antep, consigues montarte en la cunda, en unas horas estás en tu paraíso artificial. A la discoteca ahora le han puesto de nombre Califato, que queda muy retro, casi andalusí, y los espectáculos se retransmiten en alta definición. Iba a decir que en vivo, pero más exacto es decir en muerto.

Mola, ¿verdad? Lo mejor es que una vez en la frontera puedes llamar a tus viejos y decirles cuatro cosas, que dejen de llorar por ti, que se te han abierto los ojos y lo ves todo de color verde y que no te esperen en Navidad. En la discoteca hay piscina y todo, y dentro se graban snuff movies gratis con cámaras acuáticas y jaulas y eso. Yupi.

Retro de verdad. La droga te hace viajar en el tiempo. Catorce siglos atrás, del tirón a la Tierra Media. Dicen que van a acuñar ahora monedas de oro auténticas, como en las películas. Y escucharás las sabias palabras de Gandalf, con su túnica y su turbante. Los Malos y los Buenos, el Concilio Blanco contra Mordor. Todo eso en vivo. Olvídate de las setas alucinógenas o del peyote: eso, ni la ayahuasca, oye.

No estoy de coña. El universo creado por el llamado Estado Islámico (lo llamaré ISIS) es una ficción enteramente basada en las fantasías de mentes europeas y norteamericanas. Usan el Corán como los adeptos a Tolkien usan El Señor de los Anillos. Tienen su propio élfico, desarrollado en los últimos años por una comunidad en toda Europa. Una frase tipo: “Creo en Dios, cumplo el ayuno y me lavo antes de rezar en la mezquita, y gracias a mis creencias firmes me dedico a la misión, según enseñó Mahoma” se dice: “Creo en Allah, cumplo el saum y hago el wudu antes del salat en el masjid, y gracias a mi aquida hago la da'wa entre los kufar, según enseñó Muhammad (s.a.s)”.

Este élfico es necesario para separar los juegos de rol tolkienianos de la realidad: si los seguidores del Gandalf califal y sus predecesores –este juego empezó hace una década ya– usaran su lengua materna –inglés, francés, alemán, castellano– no podrían evitar sentir el islam como una religión más, similar a la de sus vecinos: Dios, rezar, ayuno son conceptos comunes a todos; no existiría mucha diferencia entre ir a la iglesia el domingo o a la mezquita el viernes, tal y como ha ocurrido en Siria o Irak toda la vida de dios. Pero entonces sería la vida normal, no sería un juego de rol.

Milicianos del Estado Islámico durante un desfile militar en Raqqa (Reuters).
Milicianos del Estado Islámico durante un desfile militar en Raqqa (Reuters).

El Califato que nunca existió

Sólo el juego de rol califal permite evadirse totalmente de la realidad, meterse en un universo de ficción donde está bien visto decapitar a gente, tirarla de altas torres o tener esclavas. Tomada la droga que permite entrar a la Tierra Media, las pautas normales de convivencia humana se eclipsan y manda Gandalf.

El califa: esa entrañable figura de los cuentos infantiles europeos, versión adaptada (sin sexo) de Las mil y una noches, que alguien parece haberse tomado demasiado en serio. Hubo analistas europeos que plantearon –eso fue un año antes del advenimiento del ISIS– si Turquía tendría opción de proclamar el Califato, como medio para erigirse en cabeza del mundo musulmán. Pero esto es no haber aprendido que los Reyes Magos son los padres.

El Califato nunca existió en el islam. Salvo los primeros cuatro califas, los sucesores de Mahoma, legendarios como todo lo que rodea la “biografía” del profeta. Después, algunos reyes omeyas, abasíes y andalusíes usaron el título, pero que este ya no tuvo nada que ver con el concepto político de “dirigente de toda la nación islámica”. Lo sabe cualquiera que mire un mapa con la extensión geográfica del Califato de Córdoba. Porque la nación islámica (umma) tampoco ha existido nunca. No más que “la cristiandad” como concepto político.

En el XVI, algunos sultanes otomanos se acordaron del título, pero la primera vez que este se usó realmente como concepto político fue en 1774, cuando Estambul quiso ganar puntos frente al imperio zarista, erigiéndose en potencia protectora de los tártaros musulmanes de Crimea. Copiando un modelo europeo, según el cual los reyes de Francia eran patronos de la población cristiana de Líbano.

El Califato nunca existió. Salvo los primeros cuatro califas, los sucesores de Mahoma, legendarios como todo lo que rodea la 'biografía' del profeta

El título no entró en la Constitución otomana hasta 1876 y duró hasta su abolición en 1924. Y durante estos 48 años demostró su perfecta inutilidad: no hubo musulmán que se creyera el rollo. El Imperio otomano se derrumbó porque la Península Arábiga musulmana se levantó en armas contra el sultán, algo ya habitual en Egipto y Yemen. Pensar que el título de califa lo evitara es como creer que Rabat domina el mundo, porque el rey marroquí lleva oficialmente el título de Comendador de los creyentes (es decir, musulmanes, cristianos y judíos). O que la existencia del Papa haya impedido guerras entre naciones católicas.

Ah, pero el islam es diferente, pregonan los analistas. Los musulmanes son herramientas ciegas de una fe, no son personas como el resto del mundo, con sus intereses geopolíticos, sociales, económicos, no. Son divinamente inexplicables.

Por eso ha sido tan fácil deshumanizarlos, meterlos en Guantánamo, designarlos terroristas: total, son musulmanes, no necesitan derechos humanos ni democracia. No los quieren, son felices así.

Esta deshumanización de los musulmanes, que los convierte en criaturas robóticas de una fe exótica, ha sido adaptada por los propagandistas del ISIS, que han conseguido, efectivamente, convertir a sus adeptos en criaturas robóticas de una fe exótica, tal y como Europa y Norteamérica lo esperan de ellos.

Por eso, el atractivo de ISIS es tan enorme entre los conversos europeos y entre los que se suelen definir como “segunda generación de inmigrantes”, es decir, un colectivo que del islam conoce poco más que el nombre y que, en la práctica, también pasa por un proceso de conversión a una nueva religión desconocida cuando un día decide cumplir rezos, llevar velo o estudiar el Corán. Este descubrimiento de algo desconocido, situado fuera de las normas humanas, es la droga.

Las cifras (actualizadas por Radio Free Europe en enero pasado) lo muestran: proporcionalmente a su población, hay el doble de alemanes en el ISIS (8 por cada millón de ciudadanos) que de egipcios. Tres veces más franceses (18) que turcos. La corona se la lleva Bélgica, con 40 combatientes por millón, el doble que Palestina, salvo Kosovo (83) y Bosnia (92), territorios recientemente islamizados por la misión wahabí.

Entre los países árabes, Túnez (280) y Jordania (315) destacan como fuente de combatientes, lo que en el caso de Jordania se explica: aquí, la visión wahabí difundida por el gran vecino ya ha permeado la sociedad: saben que no hay diferencia esencial entre las proclamas del ISIS y lo que La Meca certifica como “islam verdadero”.

¿Es el “islam verdadero”? Sí, tanto como es cristianismo verdadero lapidar a adúlteras y homosexuales en la plaza pública. Lo mandan las Escrituras (y no me vengan ahora con que el Antiguo Testamento no cuenta: ¿nunca les hablaron de los Diez Mandamientos?). Si ahora resulta que el “islam verdadero” y el “cristianismo verdadero” no son tan distintos, podemos entender por fin que una religión verdadera es la practicada en un momento histórico por la gran mayoría de quienes se adhieren a ella.

No hay diferencia esencial entre las proclamas del ISIS y lo que La Meca certifica como 'islam verdadero'

No, decide el ISIS (y secundan con entusiasmo los analistas europeos): el verdadero islam no se ha llegado a practicar en 1.400 años y es ahora cuando aparecerá por primera vez en la faz de la tierra. Viene directamente desde el cielo. En concreto, de ciertos satélites engrasados con petróleo saudí.

Me consta que hay padres de lejano origen musulmán que educaron a sus hijos en la fe. En lo que ellos creían que era la fe. Cuando sus hijos los llamaron un día desde la frontera siria se quedaron a cuadros. Como se quedaría a cuadros cualquier padre británico, de whisky diario y puro habano, al que su hijo le cuenta orgulloso que se chuta heroína, porque papá, tú también tomas droga. Sólo que la mía es más pura.

Fuera lo adulterado. Fuera catorce siglos de civilización islámica. Queremos el principio activo: la droga destilada, por vía intravenosa. Mahoma caminando por el desierto y hablando de Bizancio. Batallas contra los enemigos de la fe, con kalashnikov a falta de cimitarras. Más o menos como si el Vaticano contratara un safari en Kenia para luchar con sus manos desnudas contra leones y así permitir a los cristianos a vivir una auténtica experiencia de su fe. Espero no dar ideas.

No se rían ustedes de la comparación. La única zona del mundo donde perdura ese espíritu de vivir en un mundo de Sagradas Escrituras no es siquiera Arabia Saudí (allí se vive en la hipocresía impuesta desde arriba), sino el sureste de Estados Unidos. Allí hay gente –bastante– que cree efectivamente en la venida del Mesías, la salvación de los creyentes y la batalla final en Armagedón.

Armageddon. 1989. Bruce Willis. Quién no se ha emocionado. Apocalíptico. Dimensiones bíblicas. Qué pena que en el islam no haya nada similar. ¿Seguro? Ah, pues mire, hay un hadith por ahí que parece ser que Mahoma dijo alguna vez que iba a haber una última batalla contra Bizancio (“Roma”) en Amik o en Dabiq, nadie sabe bien. Resulta que Amik está hoy en Turquía, pero Dabiq en Siria. ¡Adjudicado!

Y ahí va la revista del ISIS, titulada Dabiq, a todo color, con una nota a pie de página que explica que esto quiere decir Armagedón. Porque ni Dios, desde las cafeterías de Casablanca hasta las ruinas de las teterías de Bagdad, ha escuchado jamás lo de Dabiq, y en las de Alepo sólo saben que es un pueblecito perdido medio camino de la frontera.

Una de las páginas de 'Dabiq', la revista oficial del ISIS.
Una de las páginas de 'Dabiq', la revista oficial del ISIS.

Pero qué importa. Ahora sólo falta un periodista norteamericano que se las dé de experto en apocalipsis islámico y que fabule sobre la opción de que “Roma” signifique Occidente o Norteamérica (para saber que “rum” en esa época eran, simplemente, los bizantinos tendría que saber árabe, y eso es pedir demasiado), y listo, ya hay revista. Casi hay título para la próxima de Hollywood.

Lo gracioso de todo esto es que el mismo hadith (Salih Muslim, 6924, 7278 o 2897, según la edición) no termina con la conquista de Constantinopla –hasta ahí, los exégetas de la prensa ya han especulado, encantados de la vida, sobre próximos atentados en Estambul–, sino con una segunda batalla, que será nuevamente en Siria, y donde llegará por fin Jesucristo para exterminar a los enemigos de la fe. Sí, Jesucristo, porque en la teología islámica apocalíptica tradicional es efectivamente Jesús, el mayor profeta antes de Mahoma, quien regresará como mesías.

Dabiq cita el hadith entero en su primer número pero pasa de puntillas sobre la mención de “Isa ibn Maryam”. El cacao habría sido demasiado espeso: ¿cómo enviar a alguien a dinamitar iglesias y decapitar a cristianos por “infieles” si a la vez tienes que explicarle que Jesucristo será su comandante en la batalla final? Es como mezclar éxtasis y alcohol.

Beban mucha agua. Es un consejo.

De Algeciras a Estambul

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