Decapitando a los peones

Las protestas chiíes contra Arabia Saudí por la ejecución de 47 presos en un solo día son parte del enfrentamiento entre Teherán y Riad. Las lágrimas de cocodrilo de Irán no son convincentes

Foto: Una mujer iraní con fotografías del clérigo Nimr Baqir al Nimr durante una protesta en Teherán tras su ejecución, el 4 de enero de 2016. (Reuters).
Una mujer iraní con fotografías del clérigo Nimr Baqir al Nimr durante una protesta en Teherán tras su ejecución, el 4 de enero de 2016. (Reuters).

Cuando ruedan cabezas, hay quien mira la espada y no la cabeza. En las redes sociales se han multiplicado las denuncias de la “barbarie” de Arabia Saudí por decapitar en un día a 47 personas. Decapitar, sí, un terrible castigo medieval. ¡Igual que el Estado Islámico!

El mismo castigo se empleó en la muy civilizada Francia hasta 1977, por si ustedes no lo sabían, y si bien la guillotina se inventó por su mayor eficacia y humanidad, no creo que estemos aquí para discutir sobre la profesionalidad de los afiladores de sables o los electricistas especializados en sillas. Resumiendo: Arabia Saudí no se parece al Daesh porque decapita sus reos sino que se le asemeja por los motivos por los que los decapita.

Afortunadamente, entre los ejecutados no se debe de hallar Ashraf Fayad, condenado a la pena capital por apostasía en noviembre pero cuyo juicio aún está en revisión. No sabemos si en el mundo habrá un clamor si finalmente lo envían al patíbulo. En el caso de los 47 ajusticiados el 2 de enero, sí hubo protestas que llegaron incluso a niveles de conflicto diplomático, porque un único país levantó la voz más allá de un comentario educado: Irán.

Irán no deja de ser el país con más ejecuciones del mundo: 300 al año, frente a 80 en Arabia Saudí

Curiosamente, porque Irán es el país con más ejecuciones per cápita del mundo: al menos unos 300 reos acaban cada año en la horca, frente a los 80 de media que pasa a cuchillo Arabia Saudí, según las cifras de Amnistía Internacional. Desde luego, Teherán no protestó por un sentimiento humano, sino por el ajusticiamiento de una sola persona: el clérigo chií Nimr Baqir al Nimr.

La pena capital aplicada a este predicador saudí de 56 años es denunciable, más allá de lo denunciable que es toda pena de muerte: a diferencia de algunos otros reos, hallados culpables de ataques y asesinatos terroristas, Al Nimr no había hecho más que dar encendidos discursos contra el Estado saudí, sus leyes, reyes y príncipes. Muy encendidos. Lástima que conceptos como libertad de expresión en esta parte del planeta ya solo se emplean en las competiciones de hipocresía.

Pero los intentos de retratar a Al Nimr como líder de la Primavera Árabe saudí (y de la de Bahréin, de paso) es un ejemplo más de cómo los teócratas de todos los bandos intentan secuestrar las protestas contra las dictaduras: si los Hermanos Musulmanes consiguieron hacerse con Tahrir, y los salafistas de Al Qaeda posan hoy como cabezas de la rebelión siria, ¿por qué no iban los clérigos chiíes fundamentalistas a aprovecharse del descontento bajo la dictadura saudí?

Qassem Soleimani, comandante de las tropas de élite de la Guardia Revolucionaria iraní, visita las milicias chiíes de Irak en el frente de Tal Ksaiba, en marzo de 2015. (Reuters)
Qassem Soleimani, comandante de las tropas de élite de la Guardia Revolucionaria iraní, visita las milicias chiíes de Irak en el frente de Tal Ksaiba, en marzo de 2015. (Reuters)

El regreso triunfal de Irán

El modelo lo planteó Estados Unidos en 2003, al repartir el poder político en Bagdad según cuotas religiosas y étnicas, en un gesto que anunciaba oficialmente el fin de la democracia como ideal de la humanidad y su reemplazo por la teocracia.

Fue tan exitosa la división y destrucción de Irak mediante este sistema del enfrentamiento suní-chií, propagada con sanguinarios atentados (suníes) y escuadrones de la muerte (chiíes), que parece haber llegado el momento de extender el modelo a toda la zona. La ejecución de Nimr Baqir al Nimr cumplió la función de chispa: consiguió provocar un incendio en la embajada saudí en Teherán, rodeada por enfurecidos manifestantes.

Si bien en un primer momento parecía más bien un ensayo de laboratorio, realizado en un momento de baja atención mediática internacional, los días siguientes han demostrado lo contrario: La ruptura de relaciones diplomáticas entre Riad y Teherán, un paso secundado ipso facto por Bahréin y Sudán, con su evacuación de las legaciones, parece una especie de redoble de tambor para llamar a filas a las tropas y organizar el asalto.

Porque la guerra se está diseñando, de eso no cabe duda. No hizo falta mientras Irán era parte del eje del mal de Estados Unidos: aislado internacionalmente, sus posibilidades de marcar la agenda política de la región eran escasas. Tras firmarse el acuerdo nuclear en Viena en julio pasado y regresar Teherán lentamente al concierto de las naciones, el mapa de Oriente Medio se va a ir transformando o, mejor dicho, va a reajustarse en sus antiguos goznes: el imperio persa lleva miles de años siendo la principal potencia política al este de Roma.

Con el acuerdo nuclear iraní, Israel se le ha quitado su derecho a vivir en eterno pánico ante una inminente aniquilación. Pero Netanyahu encontrará reemplazo

El enfado de Tel Aviv por el acuerdo nuclear duró poco. Si bien a Israel se le ha quitado su derecho a vivir en eterno pánico ante una inminente aniquilación, probablemente Netanyahu puede encontrarle reemplazo, quizá declarando una amenaza existencial procedente de algún meteorito en forma de media luna, para continuar con el terror psicológico imprescindible para ganar unas elecciones en Israel.

Más crudo lo tiene Arabia Saudí, a punto ya de ganar la guerra siria. Parecía estar en su derecho: si Teherán se había comido la pieza Irak, prácticamenta ya convertido en un protectorado iraní, a Riad le tocaba comerse Siria. No fue posible de inmediato: hizo falta primero destruir toda oposición cívica o laica a Asad, triturar toda opción demócrata entre las ruedas de molino del Estado Islámico (Daesh) y el régimen sirio.

Convenientemente exhibido el Daesh como entidad diabólica, era fácil poner la etiqueta de 'moderadas' a las demás milicias, así fuera Al Qaeda reconstituida. Importan los vídeos y los monos naranja, no las ejecuciones, así que Daesh son los malos y Ahrar al Sham son los buenos, aunque ambos comparten la misma ideología religiosa que Arabia Saudí: el extremismo wahabí que ha usurpado el nombre del islam. Parecía faltar poco para asestarle a Damasco un golpe final y llevar a estas milicias a la cúspide de una República Islámica de Siria.

Combatientes turcomanos de Siria, apoyados por Turquía, a los que Rusia acusa de ser responsables de la muerte del piloto de caza ruso derribado por la aviación turca en noviembre de 2015. (Reuters)
Combatientes turcomanos de Siria, apoyados por Turquía, a los que Rusia acusa de ser responsables de la muerte del piloto de caza ruso derribado por la aviación turca en noviembre de 2015. (Reuters)

Nuevo reparto de cartas

La intervención de Rusia y sus bombardeos contra esas milicias wahabíes (y lo que hubiera de civiles) dieron al traste con la jugada. El eje Moscú-Teherán-Bagdad ha recobrado vigor y está dominando casi todos los escaques. El primer asalto acabó con Ankara contra las cuerdas: el derribo de un caza ruso por parte de la aviación turca en noviembre -y la posterior negativa a pedir disculpas- no solo ha dejado maltrecha gran parte de la industria turca sino que también ha dejado clara la alineación: en diciembre, Bagdad denunció públicamente a Ankara por mantener un batallón en las cercanías de Mosul. Lo que hasta ese momento era un acuerdo mutuo, protestaba el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, de repente era una violación de soberanía.

Ante el elocuente silencio de Washington, la soledad de Erdogan se acentuó. Tanto que los últimos días de 2015 viajó a Riad para solidificar los puentes con quien era hasta marzo pasado su mayor rival soterrado en la región. La enemistad turco-saudí se evidenció en Egipto: Riad apoya al golpista Sisi, Ankara aún reconoce el Gobierno depuesto de los Hermanos Musulmanes. Pero estas menudencias serán cosa del pasado frente al enemigo común: Teherán.

La ejecución de Al Nimr, apenas tres días después, era a todas luces una carta jugada para provocar al adversario. Protestaron, según el recuento de una agencia de noticias iraní, grupos chiíes en la propia Arabia Saudí, políticos y clérigos en Irán (también de la minoría suní: Teherán controla su territorio), políticos y clérigos chiíes de Irak, manifestantes en Bahréin (donde la mayoría chií vive bajo una dinastía suní), Hizbulá en Líbano, una red religiosa chií en Pakistán, los huthíes (chiíes y adversarios de las tropas saudíes) en Yemen y el grupo palestino marxista FPLP.

Es decir, ¿chiíes contra suníes? Por supuesto. Por ahí se está diseñando la falla geopolítica. Esto no quiere decir, desde luego, como quieren creer algunos tertulianos, que Riad y Teherán se combaten porque tengan diferencias religiosas. Las diferencias teológicas, ya lo hemos repetido, entre suníes y chiíes son cero: se limitan a una adherencia a distintas estructuras jerárquicas que en el fondo enseñan lo mismo. Pero esta jerarquía es lo que permite dividir (y reinar), al igual que el color del uniforme permite diferenciar a las tropas en combate. Creer que dos ejércitos se tiran cañonazos porque les molesta el color del uniforme del enemigo es confundir efecto y causa.

¿Chiíes contra suníes? Por ahí se está diseñando la falla geopolítica. Esto no quiere decir que Riad y Teherán se combaten por diferencias religiosas

La lista de protestas chiíes, desde luego, dibuja una alianza variopinta y dispersa frente al baluarte de la Liga Árabe, que tras la caída de los Hermanos Musulmanes egipcios y la vuelta al redil de Qatar parece firmemente en manos de Riad. Pero provocar tensiones en el patio de la Casa Saud puede desgastar y debilitar un régimen que únicamente se mantiene por su oro negro, sin inspirar simpatías a ningún país, ni siquiera a quienes viven de ese flujo de fetuas y petrodólares.

¿Inspira Irán más simpatías? Si la línea del Gobierno la marcaran los llamados reformadores (es decir, fundamentalistas un poco menos severos), quizá no sería tan difícil recordar la inmensa influencia cultural persa sin la que sería impensable esa histórica civilización árabe cuyos restos está destruyendo Riad ahora a golpe de fetuas.

Pero si el maremágnum iraní de ayatolás, guardias revolucionarias y políticos sigue con su afán de exhibir como fundamento 'islámico' de la vida los mismos dictados que emplea el wahabismo saudí, la guerra entre los gigantes no cambiará gran cosa el mapa de Oriente Próximo. Únicamente será un negocio para unos cuantos fabricantes de armas en Maryland y Moscú y servirá para acabar definitivamente con todo atisbo de democracia, de derechos humanos, de pensamiento libre en esta parte del planeta.

Porque ejecutar al predicador chií Nimr Baqir al Nimr era un crimen, desde luego, pero adivinen cómo sería un mundo moldeado según los preceptos de este señor, que declaró (en un discurso de 2011) no reconocer ninguna patria, ninguna autoridad ni Gobierno, salvo Dios, el profeta y sus leyes. Es fácil ponerle nombre a ese mundo imaginado: Estado Islámico. Ashraf Fayad no tendría ningún futuro en un mundo así. Dios nos coja confesados.  

De Algeciras a Estambul
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