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El verdadero objetivo del órdago de Erdogan sobre la OTAN… y puede que salga mal
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Ilya Topper

De Algeciras a Estambul

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El verdadero objetivo del órdago de Erdogan sobre la OTAN… y puede que salga mal

El veto de Ankara es una apuesta de Erdogan de pescar en río revuelto y no necesariamente por los kurdos. Pero a ver quién termina de romper la baraja

Foto: Erdogan junto al presidente estadounidense Joe Biden en 2021 (Reuters)
Erdogan junto al presidente estadounidense Joe Biden en 2021 (Reuters)

—Haren, tenemos un problema—. Uno se imagina la llamada telefónica al cuartel central de la OTAN en el idílico barrio de Bruselas—. Erdogan acaba de decir que no.

Fue el viernes 13 de mayo, apenas un día después de que Finlandia y Suecia dejaron entrever que podrían pedir el ingreso en la Alianza Atlántica, tras décadas de mantenerse fuera del bloque militar. Si Putin quería frenar la expansión de la OTAN invadiendo Ucrania, ha conseguido lo contrario: un proceso exprés de avanzar las fronteras atlánticas de golpe. Helsinki está más cerca de Moscú que Donetsk. Exprés, si no fuera por Ankara.

Foto: Ejercicios militares Cold Response de la OTAN en Rena, Noruega. (EFE/Geir Olsen)

Pero el veto de Ankara —ampliar la OTAN necesita el acuerdo unánime de todos los miembros— no es un intento de Turquía de echarle un cable a Rusia, sino más bien una apuesta de Erdogan de pescar en río revuelto. En principio, Turquía está a favor de la ampliación, solo que Suecia y Finlandia “albergan a terroristas”, dijo Erdogan, y no los extraditan cuando deben extraditarlos. “Suecia es una incubadora de organizaciones terroristas. En su Parlamento hay diputados que defienden a los terroristas”, remachó.

Cierto. En el Parlamento de Suecia hay diputados que piden la legalización del PKK, la guerrilla kurda de Turquía, que la Unión Europea considera una organización terrorista. Lo pide Zübeyir Aydar, quien habló en abril pasado en el Parlamento sueco. Aydar fue diputado turco en 1994 pero ese mismo año tuvo que exiliarse a Suecia y figura en la lista de “terroristas más buscados” de Turquía. Los propios medios kurdos lo presentan como miembro de la junta directiva del KCK, una organización paraguas anunciada por el PKK en 2005, que pretende englobar tanto a milicias armadas como a movimientos políticos. Siguiendo esa lógica del propio PKK de vincular a activistas cívicos y guerrilleros, miles de personas han sido condenadas en Turquía.

Lo pide también Jaber Amin, diputado sueco hasta 2018, de origen kurdo-iraquí. Lo pide Pehr Garton, eurodiputado sueco hasta 2004. Y sobre todo lo pide Amine Kakabaveh, quien cree que Erdogan pensaba justo en ella al hablar de terroristas en el Parlamento. Es posible. Kurda nacida en Irán, donde llegó a combatir como adolescente en las filas del partido marxista Komala, Kakabaveh sigue reivindicando un Kurdistán independiente como objetivo final, muy en línea con gran parte de la izquierda europea, que ha cambiado aquello de 'obreros del mundo, uníos' por cualquier bandera que exija diseñar nuevas fronteras, especialmente si lleva un kalashnikov como emblema. Y curiosamente en oposición radical a los propios movimientos armados kurdos que dice defender.

Foto: Gazprom building in st. petersburg

“Formar geografías basadas en una única etnia y nación es un invento inhumano”, dijo el fundador y líder venerado del PKK, Abdullah Öcalan, encarcelado en Turquía, cuando en 2013 pidió al movimiento dejar las armas y asumir una participación política dentro de una Turquía democrática. Y lo ha repetido en 2017 una de las jefas del PKK, Bese Hozat, desde los montes Qandil: “El enfoque de nuestro movimiento no es construir un Estado. Un Estado kurdo nunca será una solución a la cuestión kurda”. También el YPG ha reiterado una y otra vez que no busca una secesión de Siria. Curiosamente, el único que todavía reivindica la independencia, hasta el punto de convocar un referéndum en 2017, es Masud Barzani, el hombre fuerte del Kurdistán iraquí autónomo, autócrata, conservador, patriarcal y gran aliado de Erdogan.

Más allá de la causa 'kurda'

Porque es falso lo que dice Kakabaveh de que Erdogan considera terroristas no solo al PKK sino a todos los kurdos. Erdogan no tiene nada contra los kurdos, como demuestra su aparición en Diyarbakir junto a Masud Barzani. Tiene algo contra la izquierda. Y especialmente contra la izquierda democrática representada por el HDP, el partido nacido de los movimientos kurdos. Muy especialmente tiene algo contra Selahattin Demirtas, que fue capaz de sacar el partido de sus feudos del sureste y convertirlo en una fuerza moderna de la izquierda de toda Turquía y lleva encarcelado cinco años. No porque Demirtas fuese kurdo —es zaza, y la copresidenta Figen Yüksekdag, encarcelada a la vez, es turca —sino porque le rompió los planes de utilizar el movimiento kurdo para sus aspiraciones de liderazgo: le negó en 2015 el apoyo parlamentario para reformar el sistema político y convertir Turquía en una república presidencialista autócrata.

La negativa de Demirtas en 2015 dio al traste con otro plan geopolítica: una alianza entre Ankara y Rojava, las zonas de mayoría kurda en el noreste de Siria, como la que ya hay entre Ankara y el Kurdistán iraquí. Habría sido la opción más sensata para todos los implicados, y probablemente sea lo que se negociaba en 2013 y 2014 cuando Salih Muslim, líder del partido kurdosirio PYD, viajaba reiteradamente a Ankara para entrevistarse con altos cargos turcos. Es fácil imaginar qué falló: a diferencia del clan Barzani, Salih Muslim no pudo romper con los movimientos de la izquierda kurda de Turquía. Firmar la paz con el PKK era imprescindible.

Foto: Foto de archivo del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan durante una cumbre de la OTAN en diciembre de 2019. (Reuters)

También era posible, visto que la guerrilla ya no pide nada que contradiga la Constitución, únicamente un proceso de descentralización del país con transferencia de ciertas competencias a los ayuntamientos y la progresiva integración del idioma kurdo en el enseñanza, ya iniciada. Estaba todo a punto de firmarse en enero de 2015. Se rompió cuando Demirtas puso la democracia de Turquía por encima de los pactos geopolíticos y se negó a echar al lote un respaldo incondicional a Erdogan como líder de la nación con poderes ilimitados. Al año siguiente, Demirtas dio con sus huesos en la cárcel y Salih Muslim pasó de interlocutor a terrorista: Ankara pedía su extradición a Praga, Berlín y Estocolmo, sin éxito desde luego.

Europa no estaba dispuesto a meter al YPG en la lista de organizaciones terroristas: no constan atentados contra civiles. Si constan en el caso del PKK: aunque suele enfrentarse al Ejército turco dentro de las reglas clásicas de la guerra —tiroteos, minas, emboscadas—, también ha ejecutado a reclutas desarmados y ha colocado bombas a la policía urbana. A eso se añaden atentados suicidas con muchos muertos civiles en Estambul y Ankara, que reivindica el TAK, una oscura y casi inexistente organización paralela, de idéntica ideología, tan idéntica o tan inexistente que el PKK nunca parece haberse enfrentado a ella, pese a debería considerarla su rival... o incluso su saboteador. Para Ankara son, simplemente, lo mismo.

Foto: Foto: Reuters

No es lo mismo el YPG, aunque los vínculos están ahí. Sus militantes ondean los retratos de Abdullah Öcalan y parte de la cúpula del propio PKK son kurdos nacidos en Siria. Durante la 'guerra de de las zanjas' en 2015, cuando jóvenes del sureste de Turquía montaban barricadas en las ciudades kurdas, se traían armas automáticas y experiencia de combate de las cercanas zonas sirias bajo control del YPG. Pero el auge del Daesh hacía olvidar estas menudencias. Gracias a su denonada lucha contra los yihadistas, el YPG no solo empezó a recibir apoyo militar de Estados Unidos desde 2014, sino que también subió como la espuma en la opinión pública europea, homenajeado como fuerza democrática y hasta feminista, esto último por su batallón de combatientes mujeres. Nadie preguntaba por sus aspectos autoritarios: era el gran aliado de Europa contra la barbarie islamista. En 2016 ya colgaban banderas del YPG en los pasillos del Parlamento Europeo en Bruselas. En 2020, Suecia fue el primer país europeo en enviar una delegación oficial al noreste de Siria para una reunión con representantes del PYD, le siguieron Finlandia, Austria y Bélgica.

Al mismo tiempo, perdida la esperanza de obtener el respaldo del movimiento kurdo, Erdogan lo fue a buscar en la ultraderecha, en el partido MHP, los de saludo del lobo gris. El binomio PKK/YPG se convirtió en el símbolo del Mal en sus discursos y Europa en un pérfida potencia decidida a destruir Turquía apoyando el terrorismo. Aydar, Amin y Kakabaveh son en este sentido justo el antagonista que necesita Erdogan para demostrar que YPG, PKK y Bruselas son lo mismo y para mantener fiel a un vital sector de votantes: no se puede ser ultranacionalista sin enemigos.

Órdago al atlántico

¿Por qué la amenaza del veto, entonces? ¿Realmente espera Erdogan que Suecia proceda a acusar de terrorismo a una diputada, levante su inmunidad y la despoje del escaño, como es ya práctica rutinaria en Turquía? ¿Cree que los tribunales suecos extraditarán a Turquía a personas que acorde a las leyes suecas no han cometido delitos? No es que ser miembro de una organización terrorista no sea delito en Suecia, sino que la ley sueca exige probar esa acusación, y la turca no: la acusación basta para condenar.

He dicho extraditar, pero es probable que Erdogan no pensara en un proceso jurídico. “Cuando ustedes nos han pedido a terroristas ¿acaso nosotros les hemos pedido papeles a ustedes?”, preguntó a Washington en 2016, al exigir la entrega del predicador turco Fethullah Gülen, exiliado en Pensilvania. Más tarde propuso intercambiar a Gülen por el misionero evangélico Andrew Brunson, detenido en Turquía bajo acusaciones, como no, de terrorismo. Fue el primer gran órdago que le salió mal: Donald Trump amenazó con hundir la economía turca y lo cumplió. La lira turca cayó un 25% en dos semanas. Liberado Brunson se recuperó, pero nunca más se restableció la confianza internacional en lo que antes era un espacio de negocios seguro: la economía turca se ha convertido en un rehén.

Foto: Un efectivo de control de explosivos en Dinamarca. (EFE)

Ahora puede ser peor. Con Putin ante portas, el ingreso de Suecia y Finlandia en la Alianza Atlántica no es una manzana de discordia menor sino, en opinión de muchos políticos, una cuestión de ser o no ser de Europa. Por eso sigue el proceso, como si no hubiera veto: en Bruselas y Washington parecen dar por hecho que es un farol. ¿Lo es?

Erdogan juega alto esta vez. Ha rechazado incluso colocar sus exigencias sobre la mesa: ¿para qué? No hay nada que negociar, porque ya se sabe que no van a cumplir, ni aunque lo prometan, ha dicho. Y en eso tiene razón: lo que él les reprocha a los dos países nórdicos, el respeto a la libertad de expresión y la independencia de la Judicatura, es innegociable.

La culpa no es de Suecia, desde luego, y menos de Finlandia, que parece estar metida sin comerlo ni beberlo, porque la actitud es común a toda Europa y el apoyo a los “terroristas” del YPG lo lidera Estados Unidos. Por eso hay quien piensa que el verdadero destinatario del órdago es Joe Biden. Y que no se trata de meter a un par de activistas kurdos más entre rejas, como si las cárceles turcas no estuvieran ya hacinadas, sino de conseguir concesiones de mucha mayor envergadura. En primer lugar, una nueva remesa de cazas F-16, ahora que ha quedado claro que el proyecto de fabricar en coproducción los modernos F-35, congelado por la compra del sistema antimisiles S-400 Rusia en 2017, es ya irrecuperable. El Gobierno de Biden ya se ha mostrado favorable, pero la venta tiene que pasar por el Congreso y no es seguro que reciba el visto bueno; es lo que tienen las democracias. Aunque probablemente sea un negocio factible: OTAN por cazas, todo queda en familia.

Unos días de grandes discursos para ganar votos en el sector ultranacionalista turco —las elecciones son en junio del año que viene, pero todas las apariciones de Erdogan son mítines de campaña— y una charla por teléfono con Biden para luego anunciar el deal: mientras sea eso, la táctica puede ser rentable. Más difícil sería si, vista la ocasión, Erdogan pide algo más grande, por ejemplo el reconocimiento de Chipre Norte y la división definitiva de la isla. Ahí, los demás podrían romper la baraja. Y la lira turca no está para bollos: va bajando décimas con cada No de Erdogan. Cuánto tiempo se puede mantener el tira y afloja sin que se parta la cuerda, esta es la incógnita.

Otra incógnita es si Suecia puede conservar el equilibrio en esa misma cuerda. Porque Amineh Kakabaveh, marxista y probablemente poco simpatizante de alianzas militares, ya ha dejado entrever que no piensa respaldar un chanchullo de cambiar OTAN por kurdos. Ni siquiera de boquilla. Cuando la ministra de Exteriores sueca Ann Linde subrayó que Suecia considera al PKK una organización terrorista, tal y como recogen las directrices europeas, Kakabaveh protestó: Estocolmo ya se había doblegado ante Erdogan, llegó a decir.

Un paso más, y ella rompe la baraja: su escaño —es independiente desde que se peleó en 2019 con el partido Izquierda al que pertenecía— es clave ahora para mantener o tumbar la mayoría del Gobierno. Es lo que tienen las democracias. No sé si en los cuarteles centrales de la OTAN en el idílico Haren temen más a Erdogan o a Amineh Kakabaveh: están pescando en el mismo río revuelto.

—Haren, tenemos un problema—. Uno se imagina la llamada telefónica al cuartel central de la OTAN en el idílico barrio de Bruselas—. Erdogan acaba de decir que no.

OTAN Joe Biden Finlandia Conflicto de Ucrania