El asesinato de Jamal Khashoggi nos dice mucho sobre Arabia Saudí... y sobre EEUU

El príncipe heredero saudí Mohamed Bin Salman recuerda al Sha de Persia: reformista a la par que un déspota, y muy amado en Occidente, especialmente por la Administración Trump

Foto: Activistas estadounidenses protestan por la desaparición y el presunto asesinato de Jamal Khashoggi frente a la Casa Blanca, el 19 de octubre de 2018. (Reuters)
Activistas estadounidenses protestan por la desaparición y el presunto asesinato de Jamal Khashoggi frente a la Casa Blanca, el 19 de octubre de 2018. (Reuters)

El bárbaro asesinato de Jamal Khashoggi nos dice mucho sobre Arabia Saudí. Pero también nos dice mucho sobre Estados Unidos.

Primero Arabia. Como se ha señalado a menudo, Khashoggi, un columnista colaborador del Washington Post, solía ser parte del 'establishment' saudí. Aunque no era miembro de la Casa de Saud, había nacido en una buena familia y estaba bien conectado. Editaba un importante periódico saudí y trabajaba para altos miembros de la realeza. Le conocí hace 14 años; me asistió durante un viaje de una semana a Riad y Yeda. Khashoggi trabajaba para el príncipe Turki Al Faisal, durante mucho tiempo director de la inteligencia saudí que en esa época era embajador en el Reino Unido y después en EEUU. Turki es uno de los hijos del rey Faisal: en otras palabras, todo lo importante que uno puede ser en la casa real saudí, después del monarca. Khashoggi era, incluso en esos días, y un liberal y un reformista pero siempre moderado y gradual en su enfoque. Le preocupaba que demasiadas reformas fuesen a ser disruptivas. “Me gustaría ver a mi Gobierno tomando medidas más duras contra [elementos extremistas]”, me dijo en 2005 en mi programa en la cadena PBS, 'Foreign Exchange'. Pero al mismo tiempo, advertía contra ir demasiado rápido. “No queremos romper la sociedad”, dijo.

Viendo la estrategia del príncipe heredero Mohamed Bin Salman, una mezcla de autoritarismo y verdaderas reformas, Khashoggi se volvió más crítico, pero nunca fue un radical. Así que, ¿por qué era visto, al parecer, como alguien tan amenazador? Tal vez porque era respetado en el aparato y la elite saudí. Tarek Masoud, de Harvard, sugiere que el 'asunto Khashoggi' podría señalar que hay una discrepancia mayor en el seno del 'establishment' saudí del que habíamos creído. De ser así, es importante. Cuando el académico Samuel Huntington estudió el colapso de los regímenes autoritarios en los años 70 y 80, descubrió que un cisma dentro de la elite gobernante era casi siempre el precedente de un colapso mayor del régimen.

Históricamente, Arabia Saudí ha mantenido la estabilidad porque era realmente un estado patronal, no uno policial. El reino ha lidiado por lo general con sus críticos y disidentes comprándolos, especialmente en el caso de los clérigos radicales. Empleó esta estrategia de nuevo hace poco tras la Primavera Árabe, cuando incrementó de forma masiva los subsidios a los ciudadanos y les dio nuevas prebendas a los empleados gubernamentales. Funcionó. De hecho, una lección de la Primavera Árabe parece ser que la represión no funciona tan bien -consideren el Egipto de Hosni Mubarak o la Siria de Bashar Al Assad- como los sobornos.

Pero MBS, como se conoce al príncipe heredero, parece estar cambiando el modelo gubernativo, acercándolo más al del estado policial. Ha mezclado las reformas económicas, sociales y religiosas con un mayor control del poder, hundiendo a empresarios, encarcelando a activistas, atacando a nuevas plataformas, y ahora, parece ser, ejecutando a un columnista.

Saudi Arabia's Deputy Crown Prince Mohamed Bin Salman con Jared Kushner e Ivanka Trump en Riad, en mayo de 2017. (Reuters)
Saudi Arabia's Deputy Crown Prince Mohamed Bin Salman con Jared Kushner e Ivanka Trump en Riad, en mayo de 2017. (Reuters)

Dejando de lado su inmoralidad, este tipo de acciones despiadadas tienden a producir inestabilidad a largo plazo. Mubarak no pudo mantenerse en el poder, y la supervivencia de Assad se ha producido a un coste abrumador, con su territorio disminuido y principalmente en ruinas. Irónicamente, para alguien tan ferozmente anti-iraní, MBS no recuerda a ningún gobernante de Oriente Medio tanto como al Sha de Irán, un reformista y también un déspota, muy amado por las elites occidentales.

Bin Salman es una figura complicada. Ha llevado a Arabia Saudí hacia adelante en algunas áreas mientras la llevaba hacia una mayor represión en otras. Pero la principal cuestión es que la política exterior de EEUU no debería basarse en personalidades. La visión del mundo del presidente Trump parece abiertamente basada en su aprecio o desdén por otros líderes, incluyendo a Kim Jong-un, Angela Merkel y Mohamed Bin Salman. En Oriente Medio, esto ha llevado a una ciega subcontratación de la política exterior de EEUU vía Arabia saudí. Washington ha visto y apoyado de facto al reino mientras extendía su guerra en Yemen, bloqueaba Qatar, se peleaba con Turquía y básicamente secuestraba al primer ministro de Líbano. Todas esas acciones, en gran medida, han fracasado.

La política de Estados Unidos hacia Oriente Medio debería basarse en sus intereses y valores en la región, y esos nunca se alinearán de forma perfecta con los de ningún otro país. Históricamente, eso ha implicado ser un mediador honesto, respetado por todos los poderes importantes. Eso es lo que le permitió a Henry Kissinger practicar la diplomacia volante y sacar a Egipto del campo soviético, y es lo que ayudó al presidente Jimmy Carter a forjar los acuerdos de Camp David. Por eso es por lo que, desde el presidente Bill Clinton a George W. Bush o Barack Obama, el Gobierno estadounidense ha exigido incluso a sus aliados árabes que llevasen a cabo reformas políticas serias.

Todo eso requiere matices, sofisticación y una incesante diplomacia de alta calidad. Ese es el precio de ser el líder del mundo libre. Un trabajo que, según parece últimamente, se ha quedado vacante.

El GPS global

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