El Brexit supondrá el final del Reino Unido como gran potencia global

En democracia, la mayoría de las malas decisiones pueden ser revertidas si hay un cambio de Gobierno. La salida británica de la Unión Europea es una de las pocas excepciones

Foto: El euroescéptico Nigel Farage durante la marcha 'Traición al Brexit' en Hartlepool, Reino Unido, el 16 de marzo de 2019. (Reuters)
El euroescéptico Nigel Farage durante la marcha 'Traición al Brexit' en Hartlepool, Reino Unido, el 16 de marzo de 2019. (Reuters)

Una de las grandes fortalezas de la democracia es que a menudo las malas políticas acaban siendo revertidas. Es un consuelo cuando miramos a la explosión de programas autocomplacientes puestos en marcha a medida que la ola populista se extiende por el mundo occidental. Cuando un nuevo Gobierno es elegido, las cosas se pueden deshacer. Excepto en el caso del Brexit, que, si se culmina, podría acabar siendo el legado más profundo de esta década.

El Reino Unido, famoso por su prudencia, corrección y puntualidad, parece de repente una república bananera que toma decisiones imprudentes, tergiversa la realidad y ahora quiere cambiar la fecha límite impuesta por ella misma. Pero si acaba dejando la Unión Europea, serán malas noticias para Gran Bretaña, para Europa y para Occidente.

Como escribe Martin Sandbu en la publicación Political Quarterly, el Brexit ha sido siempre “una solución en busca de un problema”. Para mí, la mejor evidencia de ello es que los euroescépticos del Reino Unido quieren dejar la UE porque lo perciben como un coloso estatista. En prácticamente todos los demás países miembros, los euroescépticos desprecian la UE porque la ven como un coloso del libre mercado. Así que, o todos esos países lo han entendido al revés, o los Conservadores británicos se han vuelto locos.

Al preguntarle a mi compañera en el Washington Post Anne Applebaum qué deberían buscar los historiadores cuando intenten entender el camino hacia el Brexit, sugirió que todo se centra en el Partido Conservador. Los Tories pueden probablemente asegurar ser el partido político más importante del siglo XX, habiendo gobernado Gran Bretaña durante la mayor parte de la centuria y producido a Winston Churchill, Margaret Thatcher y otros estadistas icónicos del mundo occidental. Pero tras la Guerra Fría, a medida que los partidos de extrema izquierda abandonaban las ideas socialistas y se movían hacia el centro, la derecha se enfrentó a una crisis de identidad. Necesitaba encontrar el tipo de claridad y sentido de misión que el anticomunismo y la libertad había proporcionado hasta entonces. En Estados Unidos, esto llevó a los Republicanos a enfatizar las cuestiones sociales y culturales tales como el rechazo al aborto, los derechos LGBT y la inmigración, acompañados de una furia casi religiosa contra los liberales.

En el Reino Unido, los Conservadores se encontraron en el mismo centro de carácter blando que habitaban primeros ministros como Tony Blair y David Cameron. Así que, como señaló Applebaum, se volvieron radicales… respecto a Europa. Por supuesto, siempre fueron euroescépticos, pero habían sido una minoría pequeña y excéntrica dentro del partido. A mitad del mandato de Cameron, fueron capaces de tomar como rehén al partido y forzar al Reino Unido a tirarse por la borda.

Un manifestante anti-Brexit participa en una protesta en el exterior del Parlamento en Londres. (EFE)
Un manifestante anti-Brexit participa en una protesta en el exterior del Parlamento en Londres. (EFE)

Todos estamos cansados de este drama, pero tengan en cuenta: el Brexit sería un completo desastre. Como señala Sandbu, la economía británica es competitiva y productiva solo en servicios y manufacturas de alto valor, los cuales dependen ambos de un mercado ampliamente integrado en Europa. Aunque el Reino Unido puede y debe ajustarse, el Brexit probablemente signifique un camino de menor crecimiento y menos innovación para el país y sus gentes.

Las consecuencias del Brexit en política exterior están siendo menos discutidas, pero podrían ser las de mayores consecuencias. Si el Brexit se produce, en pocos años Escocia e Irlanda del Norte probablemente relajarían sus lazos con Gran Bretaña para mantener su asociación con Europa. El Reino Unido se vería entonces reducido a solo Inglaterra y el diminuto Gales, sin encajar realmente en ninguno de los tres bloques económicos del siglo XXI: Norteamérica, Europa y China. Londres, una ciudad que ha dado forma a las cuestiones globales durante 250 años, se convertiría en el Dubai de Occidente, un lugar donde circula un montón de dinero pero sin mayores consecuencias geopolíticas.

Europa también perdería mucho con el Brexit. Gran Bretaña tiene una economía amplia y vibrante. Pero más importante, ha sido una voz crucial en la comunidad a favor del libre mercado, el aperturismo, la eficiencia y una política exterior de amplias miras. Ha sido uno de los pocos países europeos que ha mantenido y desplegado un ejército poderoso, a menudo para propósitos globales de gran alcance.

A medida que países no occidentales como China crecen en estatura, la cuestión central de las relaciones internacionales es: ¿puede el sistema internacional construido por Occidente -que ha generado paz y prosperidad durante 75 años- ser mantenido? ¿O el auge de China e India y el resurgir de Rusia lo erosionarán y nos devolverán a lo que Robert Kagan llama “la jungla” de la vida internacional, marcada por el nacionalismo, el proteccionismo y la guerra?

El orden mundial tal y como lo conocemos fue construido a lo largo de dos siglos, durante el reinado de dos superpoderes liberales y anglosajones, Gran Bretaña y luego Estados Unidos. El Brexit señalaría el final del papel del Reino Unido como gran potencia, y me pregunto si eso marcará también el día que Occidente, como entidad política y estratégica, empieza a colapsar.

El GPS global

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