La relación entre EEUU y México explota tras treinta años de equilibrio delicado

En el pasado, México era un país antiestadounidense. A comienzos de los noventa y a través de cuidadosos esfuerzos de líderes de ambos lados, eso cambió. Hasta que llegó Trump

Foto: Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)

Las consecuencias del conflicto de Trump con México son claras. Ha estropeado uno de los logros más espectaculares de la política exterior de EEUU de las últimas tres décadas. México solía ser un país antiestadounidense y resentido hacia su poderoso vecino del norte. A comienzos de los noventa y a través de cuidadosos esfuerzos de líderes de ambos lados, eso cambió. Hasta que llegó Trump.

México casi siempre se ha definido en oposición a Estados Unidos. Se veía a sí mismo como un país en vías de desarrollo oprimido por su vecino imperialista. Y esta imagen tenía una base de realidad.

Desde la perspectiva mexicana, las relaciones con Estados Unidos se caracterizaban por anexiones y explotaciones. El presidente James K. Polk, después de un fallido intento de comprar lo que es ahora California, Arizona, Nuevo México y otros estados occidentales, invadió México y conquistó esos territorios. En 1853, EEUU adquirió incluso más territorios mexicanos en la compra de Gadsden. En total, Estados Unidos se hizo con casi la mitad de los terrenos de México.

Ya en el siglo XX, el acercamiento de Washington hacia México buscaba proteger los intereses de las grandes compañías estadounidenses, especialmente las pretroleras que habían intentado operar en México siempre y cuando las autoridades locales apenas intervinieran. Todo esto reprodujo un clima de desconfianza y resistencia hacia Washington que dificultó la cooperación entre fronteras. De hecho, México fue uno de los pocos países que rechazó la ayuda de EEUU a través del programa John F. Kennedy’s Alliance for Progress.

Washington reconoció que la mejor solución a los problemas – inmigración, drogas y violencia – era un México democrático y próspero

Las cosas cambiaron en los noventa. La Guerra Fría se acabó y Estados Unidos no temía la idea de un país socialista. México atravesó una serie de crisis económicas en los 80 y en los 90 y necesitaba ayuda desesperadamente. Abrió su sistema político y su economía. Las empresas estadounidenses tenían cada vez más negocios con México y preferían un socio comercial más estable. Washington empezó a reconocer que la mejor solución a los problemas más allá de la frontera – inmigración, drogas y violencia – era un México democrático y próspero.

Las relaciones entre México y Estados Unidos se transformaron. El antiguo odio antiamericano se difuminó en el olvido. Los dos países empezaron a cooperar en prácticamente todos los temas importantes, firmando un acuerdo de libre comercio y trabajando juntos en todo: desde la gestión del agua hasta la inmigración pasando por las drogas.

Incluso, el gobierno mexicano permitió a EEUU hacerse con la custodia de su criminal más buscado, Joaquín “El Chapo” Guzmán, que fue juzgado en Brooklyn. A pesar de todo el desdén que Trump ha dirigido a México, su presidente más izquierdista y radical en una generación, Andrés Manuel López Obrador, le ha respondido como un adulto, diciendo que el “gobierno mexicano es amigo del gobierno estadounidense”.

AMLO, tal y como se conoce al presidente, es la respuesta mexicana a Trump. Es difícil establecer la causalidad entre él y la retórica antimexicana de Trump, pero hay que subrayar que el partido de López Obrador ganó tan solo el 8.4% de los votos en 2015 y que ya en las encuestas en 2016, cuando Trump se volvió el candidato republicano, rondaba el 25%.

Un producto anti Trump

A medida que el desprecio de Trump hacia México ha continuado, López Obrador le ha llamado “neofascista” e incluso ha publicado un libro que se titula “Escucha, Trump”. El pasado julio, López Obrador ganó con un asombroso 53% del voto presidencial y su partido consiguió el 37.5% del voto legislativo, doblando al siguiente partido. El timón de México lo lidera un socialista radical gracias, en gran medida, a la retórica desagradable y burlona de Trump.

Pero incluso López Obrador tiene reconocer que, siendo presidente de México, debe ser educado con Washington. La relación es asimétrica. Pero el país se siente humillado y los reformistas se baten en retirada. Jorge Guajardo, un antiguo diplomático mexicano, escribió en Politico: “Nuestras antiguas sospechas se confirman: Estados Unidos no es un país amigo. Estados Unidos se ha vuelto contra nosotros, de nuevo. Estamos donde estábamos antes de NAFTA”.

Guajardo señalaba que México podría dejar de cooperar en varios temas que afectarían a los estadounidenses. Por ejemplo, los mexicanos ven el comercio de la droga como una demanda estadounidense, financiada con dinero estadounidense e inundada con pistolas estadoundeses. Y, aun así, cada mes los policías mexicanos mueren intentando luchar contra los carteles de la droga. El gobierno mexicano ha tratado de frenar la migración a EEUU desde América Central y coopera estrechamente con ellos, incluso aunque el flujo migratorio se haya vuelto inmanejable para ambas administraciones.

México es el principal socio comercial de Estados Unidos en muchas materias, superando incluso a China y Canadá. Pero esto infravalora la alta interdependencia de las dos economías. Un estudio estimaba que el 40% de las importaciones de EEUU provenientes de México están hechos de materiales norteamericanos, un número mucho más alto que en cualquier otro país. Los dos pueblos están interrelacionados económica, política y culturalmente. La relación entre Estados Unidos y México podría ser un ejemplo único de cooperación en condiciones difíciles. Pero eso, por supuesto, requeriría a un presidente de EEUU distinto.

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