Niñas en matrimonio y abusos en escuelas: el silencio que cubre la pederastia en Pakistán

Acusar a los clérigos de violación puede resultar en una condena a muerte. Cuestionar los valores sociales puede resultar en la pérdida de familia y círculo social.

Foto: Unos estudiantes de una madrasa en Karaki celebran el aniversario del nacimiento de Mahoma. (Reuters)
Unos estudiantes de una madrasa en Karaki celebran el aniversario del nacimiento de Mahoma. (Reuters)

I: Una niña.

"Llévate a la más joven; las que llevan tiempo menstruando solo aprenden a palos y mal". Hasta los trece años Nasrin fue una niña feliz, siempre planeando futuros de los que ella era dueña. Sin embargo, a partir de su primer periodo, su vida pasó a ser un valor en alza. Su madre aprovechaba toda ocasión social para alardear de lo dócil, buena cocinera y hogareña que era su hija. Nasrin pasó a ser un producto.

El matrimonio infantil en Pakistán es aún común, especialmente en áreas de bajo nivel socioeconómico. Los datos oficiales reflejan que las mujeres que contrajeron matrimonio antes de cumplir los quince años representan el 4%, mientras las que se casaron antes de los dieciocho años conforman el 18%.

En el verano de 2019 se celebró el enlace de Nasrim con su primo Malik. Ella tenía 13, él 30. El matrimonio fue un arreglo económico para saldar una deuda entre ambas familias. Esta costumbre, conocida como Vani, es ilegal pero sigue practicándose con la aprobación disfrazada de ignorancia de las autoridades locales. La madre cede a la hija, como si se tratara de una cabeza de ganado, y se libera de la deuda. Todo queda en familia; el matrimonio entre primos sigue siendo común en Pakistán, especialmente en las zonas rurales en las que hasta un 70% de los enlaces se dan entre primos hermanos o primos segundos.

Niños y niñas estudian al aire libre en una favela de Islamabad (Pakistan). (EFE)
Niños y niñas estudian al aire libre en una favela de Islamabad (Pakistan). (EFE)

Nasrim dijo no. Nadie se inmutó. Una niña de trece años sentada junto a su madre. Su pelo cubierto con una dupatta que se resbala constantemente. Solloza y sorbe sus mocos. En frente de ella se sienta su primo, indiferente, bebiendo té. "Nasrim es educada, dócil, muy familiar, y es blanca, blanquísima, mirad qué piel", presume la madre de la criatura. Bien podría referirse a una oveja.

La boda es discreta. La novia lleva un vestido rojo que esconde su cuerpo tembloroso. Solloza. Se abraza a la madre y le suplica que no la obligue a abandonar el hogar. La madre le ordena que se comporte y que no ponga en evidencia a la familia, que obedezca a su suegra y no cause problemas en su nuevo hogar. "Deja de llorar", repite la madre. "Log kya kahenge, qué dirá la gente". Esas son las últimas palabras en urdu, la lengua materna, que Nasrim escucha de la boca de su madre antes de meterse en el coche nupcial.

Tradicionalmente después del enlace la esposa pasa a convivir con la familia del marido. Esta ha de adaptarse a las normas de su suegra, de sus cuñadas y de su marido. No es raro que su opinión no tenga cabida en el nuevo hogar. Aún hoy es normal, especialmente en las zonas rurales, que las madres enseñen a sus hijas a cocinar y a llevar la casa con el objetivo de complacer a su futura suegra.

La vida es dura. Casar a una niña significa que solo será un hombre quien la toque, tendrá cobijo y alimento. La libertad es para los ricos

"La vida es dura", afirma la madre de Nasrim, en conversación telefónica. "La vida es dura especialmente para las mujeres. Casar a una niña significa que con suerte solo será un hombre quien la toque, tendrá cobijo y alimento. La libertad, en esta tierra, es para los ricos".

El clérigo de la familia, Seikh Farid, sofoca con soltura cualquier intento de cuestionar la legalidad o la moral del matrimonio infantil. "Después del primer periodo las niñas se convierten en mujeres y su cuerpo está preparado para concebir", explica amparándose en la Sharia, ley islámica, y en el fallo del Tribunal Superior de Sindh que admite la legalidad de los matrimonios de las niñas que hayan tenido su primera menstruación. "El profeta se casó con Aisha cuando ella tenía seis años, pero no consumó el matrimonio hasta que su esposa cumplió nueve, está en los hadices, ir en contra de esta tradición islámica es como cuestionar al Profeta", asegura.

La religión engarzada a la tradición se torna en valor absoluto e incuestionable. El abuso contra los derechos humanos se amparan en sagrado. El fanatismo se hace virtud y de allí surge una miscelánea de aberraciones que hunde sus raíces en el patriarcado. "El tema del matrimonio infantil es controvertido", explica Alena Siddiqui, activista feminista en Pakistán. "Si se estudia el Corán y los textos de eruditos islámicos se aprecia la base para permitir el matrimonio infantil en el Islam; por ello la interpretación de la religión ha de huir de la rigidez y la literalidad".

Paralelamente, el Sheikh Farid afirma que la flexibilidad no tiene lugar a la hora de interpretar el Corán.

Más allá de las escrituras, en el día a día, las niñas víctimas crecen para reproducir tradiciones brutales y convertirse en aliadas de los agresores. Y por cada caso oficial, otros tantos permanecen en la sombra. Historias de niñas-novia que nadie escribirá.

II: Un niño

La llegada del verano era para Usman sinónimo de volver a la tierra madre, convivir de nuevo con los primos, corretear entre los vendedores ambulantes de zumo de zanahorias, guayaba y mangos dulcísimos. La sensación de pertenencia que no sentía en Alemania. Acudir a la madrasa, la escuela islámica local para memorizar el Corán y sentirse apreciado por el sheikh, el clérigo; esa atención dulce que jamás recibía en su escuela europea.

Cuando Usman cumplió los ocho años, los abrazos del sheikh se convirtieron en caricias. De pronto la confusión. El secreto. Luego las violaciones y la vergüenza. Un anochecer, los primos señalaron la mancha en su pantalón: "¡Usman se ha hecho caca encima!", gritaban y reían.

A los once años, reunió el valor necesario para decirle sus padres que no quería volver a Pakistán. Comenzó a relatar la brutalidad a la que se enfrentaba cada vez que acudía a la madrasa. Su padre gritó, le insultó, le acusó de ser afeminado y provocador. Cuando se quedó a solas con su madre, esta evitó mirarle a los ojos y simplemente dijo: “Hay cosas que es mejor mantener en silencio”.

Unos niños que asisten a la madrasa en Karachi, Pakistán. (Reuters)
Unos niños que asisten a la madrasa en Karachi, Pakistán. (Reuters)

El abuso sexual a niños en las madrasas o escuelas islámicas es, en Pakistán, un problema endémico. La superioridad moral cubre de impunidad a los pedófilos, especialmente en las áreas remotas en las que los índices de pobreza son altos.

"Mis padres crecieron en una sociedad en la que la autoridad religiosa jamás podía ponerse en cuestión", cuenta Usman, que ahora tiene veinte años y no tiene contacto con su familia. "La sociedad pakistaní gira sobre un eje sostenido por dos polos: el qué dirán y Alá".

Usman, trabajador social, antidogmático y valiente, lucha por romper el silencio. "En Pakistán por cada caso de pederastia que sale a la luz y es juzgado, hay diez que se silencian". Y es que el silencio es más sagrado que el bienestar de los hijos, porque qué dirá la gente, qué dirá la gente.

Mis padres crecieron en una sociedad en la que la autoridad religiosa jamás podía ponerse en cuestión

Usman habla de las víctimas de abuso sexual infantil en su pueblo:

A Farid le violó su tío a los 10 años. Su padre siguió recibiendo al pederasta en casa y tratándolo con adoración. Porque el honor y la familia están por encima de todo. Porque qué dirá la gente. Qué dirá la gente.

A Mahmud le violó el Sheikh de la madrasa a los 9 años. Su madre lo sabía. Jamás dijo nada porque qué dirá la gente. Qué dirá la gente.

En tales casos las familias prefieren asumir el infortunio a hacer ruido, dejar que la cortesía cubra la violencia, mantener el imaginario colectivo de moralidad y rectitud; lo importante es que no mute el contexto, no alterar el 'statu quo'. La no intervención es santa. Una madre reza para que su hijo, que ha vuelto a casa con un desgarro anal, se cure. "La intervención médica en estos casos no se considera", cuenta Usman. Por el qué dirá la gente.

III: El peligro de hablar. La necesidad de hablar

Hay más de 22.000 madrasas oficialmente registradas en Pakistán, el número de escuelas islámicas sin registrar es incalculable. Los clérigos son intocables. Ocho niños al día son víctimas de abusos sexuales en el país. Las familias están coaccionadas a guardar silencio.

Es urgente luchar por los derechos de la infancia desprotegida en Pakistán. Es urgente empezar a alzar la voz, a faltar al respeto si eso supone salvar una infancia. "Nos acusan de agravar la islamofobia", cuenta Ali Salman, trabajador social de Bahawalpur. "Pederastia hay en todas partes, en todas las culturas, pero en Pakistán es un problema crónico y completamente fuera de control, es brutal".

Pederastia hay en todas partes, en todas las culturas, pero en Pakistán es un problema crónico y completamente fuera de control

El cambio no vendrá de fuera; las propuestas de las instituciones internacionales son contraproducentes en la mayoría de los casos. Las medidas impuestas se perciben como agresión. El cambio vendrá del grito interno, del coraje para modificar y cuestionar. El cambio vendrá al dejar de tolerar la violencia institucional y cultural. "Nos enseñan que el amor y el respeto se expresan mediante el silencio", afirma Ali Salman. "Yo amo y respeto a mi país, por eso denuncio, por eso hablo".

Lo cierto es que ese alzar la voz conlleva una agresiva batalla contra valores sociales y familiares. Alzar la voz convierte al individuo en desobediente, en criatura malvada. "Al cuestionar la legalidad de la sharía nos acusan de blasfemia, al cuestionar las tradiciones nos acusan de haber perdido el respeto a nuestra cultura".

Entonces es cuando la blasfemia entra en juego: acusar a los clérigos de violación puede resultar en una condena a muerte. Cuestionar los valores sociales puede resultar en la pérdida de familia y círculo social. Por eso el silencio rampa a sus anchas, las razones son obvias. El miedo es un arma poderosa.

Pero la infancia es la herida abierta del país; si se tapa se infecta. Por eso la escritura. "No pretendemos atacar a Pakistán", aclara Usman. "Los niños de los que abusan son Pakistán. Las niñas a las que casan son Pakistán".

Es imprescindible que los derechos de los niños se pongan por encima de la cultura, por encima de la religión.

Hablemos por las madres que cierran los ojos, para que no tengan que cerrarlos.

Escribo mientras las mujeres de mi familia pakistaní esconden abusos entre las costuras por el qué dirá la gente. Log kya kahenge. Qué dirá la gente.

El velo invisible
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