Instrucciones en seis pasos para no-caricaturizar a Mahoma

Por qué defender el derecho a dibujar a Mahoma aun pudiendo morir en el intento. Sobre identidades musulmanas, laicismo, islamofobia y mafias islámicas en Europa

Foto: Una protesta en Karachi, Pakistán, contra Charlie Hebdo. (EFE)
Una protesta en Karachi, Pakistán, contra Charlie Hebdo. (EFE)

(Inserte aquí el titular sobre un atentado terrorista vinculado al islam). A continuación podrá encontrar los comentarios más populares:

“¡Esto no es islam!”

“¡El islam es violento!”

“¡Esto no es islam!”

“¡El terrorismo es el islam!”

“¡No! ¡El islam es una religión de paz!”

La guerra ideológica explotando en la red, el campo de batalla del siglo XXI. Un joven cita el Corán: “Matadles donde les encontréis” (Sura 4, versículo 89), otro usuario comparte: “'¡No debe existir coacción en cuestiones de fe!' (Sura 2, versículo 256).

Tanto lo terrible como lo bello forman parte del Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Aleyas bondadosas y aleyas violentas que se tornan armas en una guerra de gran dimensión mediática: una batalla que al final se reduce a un patético “nosotros” contra “ellos”. Como si el ser humano pudiera habitar en categorías uniformes. Una batalla que se libra en un triste lenguaje universal: el estruendo que hacen las ignorancias al chocar.

Y así, en Europa se polarizan cada vez más la islamofobia y el islamismo. Los poderosos se frotan las manos ante los beneficios que produce este antagonismo. Mientras, unos y otros siguen pensando que el problema versa de identidades o derechos, sobre dioses o culturas. Sobre qué identidad prevalecerá. Cuando en realidad es el poder de los que mueven los hilos lo único que está en juego. Y el dinero el único dios que mueve el mundo.

El resto, son solo voces. Somos voces perdidas en tiempos en los que las cosas del mundo se confunden con las cosas de Dios. Tiempos en los que las cosas de Dios son mercancía.

Las mafias de los niños rotos

La debilidad identitaria, efecto secundario del multiculturalismo, unida al miedo, a la culpa y al vacío existencial, allanan el terreno de los grupos terroristas cuyo objetivo es la expansión del Califato. La presencia del terror en Europa se abre paso entre los vacíos que los sistemas de integración fallan en resolver, el racismo y la creciente popularidad de políticas extremistas.

Pero el discurso ideológico hunde sus raíces en el islam.

Y sus soldados son jóvenes con grietas existenciales fáciles de llenar.

A Rashid le llamaban “moro de mierda” en el colegio. Creció descolgado entre dos extremos: aprendió a avergonzarse de sus orígenes, y al mismo tiempo a rechazar la cultura local. Su madre decía que Europa era tierra de “kafires”, de infieles. Aprendió que su familia era lo bueno y asimiló que el entorno era malo. Y así, polarizado, se convenció de que el islam no debía mancharse de laicidad.

Las escenografías violentas que encontraba en los videojuegos le servían de refugio. En la ficción no era un “moro de mierda”, sino un tipo con agallas que salvaba al mundo de la injusticia. Por las noches leía el Corán; las fórmulas de venganza y violencia casaban con su mundo ficcional. Cuando dio con el clérigo carismático que detectó potencial en su resentimiento, el trabajo ya estaba medio hecho: la ideología violenta y onírica se completaba con promesas de heroicidad y justicia.

Viajó a Pakistán, su país de origen, donde se convirtió en e-yihadista. Perseguía y acosaba a apóstatas y críticos del islam en las redes sociales. Aprendió a conseguir datos personales de ateos que posteaban desde países en los que abandonar el Islam era un crimen. Interactuaba con otros chavales europeos, víctimas también del racismo y la islamofobia, que soñaban con diseñar una guerra santa. Jóvenes que habían adoptado el sentido bélico de la palabra “yihad”, jóvenes adictos a la violencia, que asimilaban los versos sanguinarios del Corán sin tratar de encontrar en ellos más que la interpretación dictada por sus líderes fanáticos. La religión servía así para justificar todo ese odio, toda esa violencia. No necesitaban más.

Un día mataron a uno de los apóstatas que él había ayudado a descubrir en Pakistán. Sus compañeros compartieron la foto de la viuda llorando junto a los hijos que habían quedado huérfanos de padre. Sus compañeros comentaban la foto con palabras denigrantes. Y en ese momento algo dentro de Rashid hizo 'crack'.

Y por esa grieta entró la duda, que contaminó las reglas sagradas.

Comenzó entonces a utilizar la información que tenía para tratar de alertar y proteger a los usuarios de las redes sociales que podían encontrarse en peligro.

Un día Rashid ya no posteó más.

En octubre de 2020, un profesor francés fue asesinado por mostrar a sus alumnos las caricaturas de Mahoma publicadas por Charlie Hebdo en 2012. Hubo condenas por parte de la comunidad musulmana, pero enseguida el foco se desvió hacia la necesidad de boicotear a Francia por permitir la sátira del Profeta.

Las caricaturas, indirectamente, sirven como cebo a las mafias islamistas: miles de musulmanes reivindican su fe como identitaria, como intocable y sagrada en una Europa en la que, como Rashid, son a menudo víctimas de racismo.

“Moro de mierda”.

“Quítate el velo”.

Y de pronto los dibujos del Profeta.

El islam militante beneficiándose de nuevo del sentimiento de injusticia, retorciendo narrativas y adaptándolas a sus imperialismos imposibles.

La mafia de la fe.

Pero en medio del caos unos cuantos musulmanes que dicen: “Nosotros defendemos el derecho a ofender. Aunque estén ofendiendo a nuestro Profeta”.

Las redes sociales explotan.

Dibujar para entender: Instrucciones para no-caricaturizar a Mahoma

Porque el arte será disruptivo, porque toda religión ha de ser cuestionada, o se vuelve mordaza. La blasfemia tiene lugar cuando el musulmán acepta la caricatura como representación del profeta, no cuando un no-musulmán expresa su visión de una religión que no es la suya.

1. Dibuje un óvalo: "¿Pero qué más dará lo que un no-musulmán piense del Profeta?", se pregunta Amr, en su cuenta de instagram. "Esa fealdad nos es ajena. Esa fealdad no nos representa".

2. Después, añada una mirada enmarcada por cejas agresivas: "Tenemos derecho a cuestionar nuestra religión sin ser tachados de racistas o islamófobos", sostiene Shumaila. "No se puede reducir el islam al terrorismo. Pero no es responsable ignorar la relación de ambos".

3. Trace un garabato en menos de un segundo, así, como si de una barba larga y desaliñada se tratara: Entonces el sobresalto. Pero es un garabato, es un garabato. No vale una vida humana. No.

El día que decapitaron al profesor francés, Omar supuso que en la mesilla de noche del asesino había un Corán, como en la suya. Desasosiego. Probablemente ambos lo leían varias veces al día: a uno le inspiraba la paz y al otro el odio. El denominador común era el islam. "Y no, no es todo el Islam", explica Omar. "No es el Islam de tu marido, el tuyo o el de tu mejor amiga. Pero es una interpretación del islam basada en unos versos que existen".

4. Ahora un cuerpecillo patético: Porque si la religión vale una vida humana, es patética. "Soy musulmán y defiendo el derecho a ofender", escribe Ghasan. "Soy musulmán y me pegaron el día que cuestioné versos del Corán en la cocina de mi casa. Porque ofendí a mi madre. Soy musulmán y creo que la religión, toda religión, ha de estar abierta a la crítica, ha de estar abierta a la mirada del otro, ha de estar abierta para los que se quieran ir".

5. No olvide el cuchillo en la mano: Recuerde, esto sigue siendo un dibujo. No un profeta. En miles de hogares se mezclan bendiciones preciosas: "Bismillah", "Mashallah", con relatos aterradores sobre el destino de los pecadores. Son muchos, también, los que crecen con la responsabilidad de defender el islam. "En el islam son las personas quienes deciden entre paz o violencia con sus actos", explica Faiz. "Tenemos la obligación de preguntarnos: ¿Qué es entonces el islam? ¿A quién pertenece; a los que se inclinan por su contenido violento o a los que se inclinan por la paz?".

6. Y la boca abierta como un abismo: Qué vértigo pensar que un dibujo pueda causar más revuelo que los abusos que sufren los musulmanes en China. Que se trate de boicotear a un país por defender la libertad de expresión y no se boicotee a Arabia Saudí por sus continuas violaciones de los derechos humanos. Que no se boicotee a Pakistán por sus numerosas conversiones forzosas, asesinato de minorías religiosas o pederastia. Qué abismo tan feo el de los abusos domésticos y cotidianos que sufren los musulmanes que no pueden cuestionar la fe. Qué terrible que un dibujo cause más rabia que la falta de libertad de las mujeres para ponerse o quitarse el velo.

"El terrorista no ha vengado a un profeta", afirma Fatima. "Ha matado a una persona".

El debate necesario

La religión ha de ser susceptible de crítica. Si no se cae en el terror del absolutismo. El laicismo coloca a todas las religiones a la misma altura.

Decir que el islam es violento no es islamófobo. Hay un islam violento que existe porque hay personas violentas. No hay una jerarquía intelectual o espiritual dentro del islam sunní. La interpretación es personal; nadie habla por todos los musulmanes.

"Las reformas en el mundo musulman son indispensables para lidiar con el yihadismo", opina Daud. "Hay textos violentos que son inaplicables, en vez de tratar de blanquearlos deberían analizarse y revisarse, no dejarse a la libre interpretación".

La mayoría de los jóvenes musulmanes en Europa comparten ideas transformadoras de paz. Algunos defienden la necesidad de cambio en el islam. Creen en acabar con los silencios. Defienden la libertad de burlarse de todo y de todos, porque así funciona la sátira, uno de los mejores síntomas de libertad. Y defienden que se dibuje al Profeta una y otra vez hasta que los musulmanes del mundo entiendan que son solo dibujos vacíos, que la visión del otro sobre Mahoma, sobre Dios, no importa.

Si la respuesta a la sátira es la indiferencia, si el islam se muestra sereno, se acabó el juego

Y el día en que deje de importar, se acabarán las caricaturas de Mahoma. Porque no habrá reacción a la provocación. Y es que el arte, la creación, busca afectar. Ese es el motor de todo cambio, de toda revolución. Si la respuesta a la sátira es la indiferencia, si el islam se muestra apaciguado y sereno, se acabó el juego.

Pero no olvidemos que a los señores de la guerra les gusta jugar. No olvidemos que existe un islam que quiere a sus fieles enfadados. No olvidemos que el odio es más rentable que la paz.

No olvidemos reflexionar sobre quién se beneficia de nuestro sentimiento de injusticia. Quién gana qué con nuestro enfado.

El velo invisible