Caso H&M: así ven los chinos el boicot masivo a las marcas occidentales
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Susana Arroyo

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Caso H&M: así ven los chinos el boicot masivo a las marcas occidentales

De un día para otro, numerosas celebridades chinas rompen sus lazos comerciales con la marca, la tienda 'online' de H&M queda borrada de las grandes plataformas de comercio electrónico...

placeholder Foto: Una tienda de H&M en Pekín. (Reuters)
Una tienda de H&M en Pekín. (Reuters)

Un joven con gafas mira a cámara claramente airado, la voz le tiembla de furia mientras manosea, rasga y tritura una camiseta. Con cada gesto, explica su indignación hacia H&M por negarse a utilizar algodón de la provincia china de Xinjiang y extender rumores sobre las condiciones de los trabajadores. Veo que una lluvia de comentarios patrióticos celebran el acto y cómo miles de vídeos similares van desbordando las plataformas chinas. Mientras, en la televisión, un presentador del canal estatal CCTV abochorna el comportamiento de H&M cambiando sus siglas por 'Huang Miu', 'ridículo'. De un día para otro, numerosas celebridades chinas rompen sus lazos comerciales con la marca, la tienda 'online' de H&M queda borrada de las grandes plataformas de comercio electrónico y, frente a las tiendas físicas, ahora vacías, solo se reúnen manifestantes con pancartas nacionalistas.

Durante toda una semana y hasta el mismo día de hoy, H&M junto con Nike, Adidas, Burberry, New Balance y otras marcas extranjeras siguen en lo alto de la lista de temas candentes en la red social Weibo. Todas ellas expresaron en algún momento del año pasado su rechazo a usar algodón o materias primas cuyo procesamiento pudiera poner en peligro derechos humanos. Dichas declaraciones están relacionadas con los informes de diversos medios sobre la situación de la minoría uigur en la provincia de Xinjiang, una zona en pleno camino de la Nueva Ruta de la Seda y donde China asegura estar centrando esfuerzos por combatir el terrorismo.

Foto: Protesta contra el financiamiento chino de universidades australianas. (Reuters)

Sin embargo, esta zona es también una tierra riquísima en recursos donde se produce hasta una quinta parte del algodón usado a nivel mundial; es decir, que una de cada cinco prendas de algodón que poseemos podría venir en parte de Xinjiang. Así pues, ¿por qué esta polémica ha venido a explotar precisamente ahora? ¿Cómo nos puede afectar a nosotros?

Nike, jugando a dos bandos

La polémica sobre el trato a minorías y las reclamaciones de transparencia en la cadena de consumo textil llevan ya mucho tiempo en los medios, por eso, compañías como Nike llevan mucho manteniendo una estrategia a dos bandos que ahora le está pasando factura.

Por un lado, Nike proclamó hace ya un año en su web, y de cara a la galería de consumidores occidentales, que los derechos humanos eran de gran importancia para la compañía. Pero, por otro lado, durante el año 2020 Nike estuvo invirtiendo junto con Coca-Cola y Apple en una campaña para evitar las restricciones que el Gobierno de Trump quería imponer a la importación de productos chinos. El 'lobby' de Nike aseguraba que no es posible controlar su larga cadena de suministros y proveedores.

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(S.A.)

En enero de este año, y como último gesto del Gobierno Trump, Pompeu prohibió finalmente la importación a EEUU de cualquier producto sospechoso de estar ligado a Xinjiang. Además, recientemente, la UE anunció sanciones coordinadas a diversos nacionales y entidades involucrados en la región. La respuesta china ha sido rápida: no solo se han dictado más sanciones, sino que la Liga de la Juventud Comunista rescató declaraciones de rechazo de diversas compañías occidentales que inflaman ahora el boicot nacionalista de los consumidores chinos.

Así, finalmente, el doble juego de Nike le ha costado pérdidas tanto en occidente como en oriente. Una búsqueda en Taobao me muestra que, a diferencia de H&M, las tiendas 'online' de Nike siguen hoy todavía activas, tal vez porque sus vínculos con el deporte profesional chino son muy estrechos, pero es probable que sus ventas queden tocadas para siempre. Como el boicot a empresas extranjeras también traerá consecuencias para la propia China (allí se hallan las fábricas que producen esa ropa boicoteada), los internautas han coordinado un llamado patriótico a consumir marcas locales, por ejemplo Lining, frente a cuyas tiendas se ven desde hace días largas colas de clientes. De hecho, tampoco sería extraño que este giro beneficiara a la marca de origen español, pero ahora china, Kelme, hoy ya muy presente en el fútbol chino.

Nacionalismo en internet

La cultura de la cancelación está hoy en boca de todos y también en oriente tiene su historia. Desde 2018, Dolce & Gabbana se esfuerza por recuperarse de la indignación generada por un anuncio cargado de tópicos donde una modelo asiática parecía completamente superada al tratar de comer una pizza con palillos. A principios de 2021 salió a la luz que la celebridad Zheng Shuang había tenido dos bebes por gestación subrogada en EEUU (muy común entre ciertas actrices que quieren ser madres sin afectar a su físico), pero que ya no quería hacerse cargo de ellos; la internet china ardió en ira y en ese escandalo su carrera quedó aniquilada.

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Foto: S.A.

Todas estas tremendas guerras mediáticas, que destruyen carreras o tumban imperios comerciales, están en abierto, accesibles a los ojos del internauta o del periodista occidental. Sin embargo, es raro que lleguemos a saber de estos dramas. Damos por hecho que todo el globo conoce Amazon o YouTube, pero nosotros casi no hemos oído de gigantes como Taobao, ni de plataformas de vídeo como Youku o Bilibili. Se habla del 'firewall' que veta contenidos en China, pero lo cierto es que pocos occidentales tienen siquiera idea de qué cifras y guerras se libran al otro lado de esa muralla. En nuestro caso, no nos frena la censura. Así pues, ¿por qué solo nos interesamos por la internet china cuando nos sentimos atacados?

La censura no funciona como piensas

“¿Cómo que no hay censura en tu país? —me pregunta, estupefacta, una amiga china—. Entonces, ¡uno podría publicar cualquier cosa!”. Y así es, se publica pornografía, insultos, mentiras, comentarios xenófobos, fotos truculentas y también buenas noticias de investigación, acusaciones fundadas contra cargos corruptos, poesía, memes divertidos y canciones sin importancia. ¿Qué se publica entonces en la China continental? Muchísimo más de lo que pensamos.

Dos cuestiones se suelen mezclar cuando se habla de la censura de contenido china. Una es el acceso a redes sociales y medios extranjeros. Otra es la discusión abierta de ciertos temas dentro de las propias redes locales, así como la autocensura que los usuarios pueden ejercer sobre sí mismos.

Como cualquier viajero a oriente recordará, un teléfono occidental se convierte en un caro ladrillo nada más tomar tierra en China: sin Google, ni Gmail, ni Twitter, ni Facebook, ni Instagram, ni WhatsApp, ni Skype, etc. Casi ninguna red social extranjera funciona y muchas webs internacionales tampoco. Sin embargo, es una censura porosa, ya que todas las restricciones del gran 'firewall' pueden circunnavegarse con una aplicación VPN, que sitúa al usuario virtualmente fuera del país. Puesto que tantos occidentales tenemos internalizada la idea tecnopositiva de que la información nos hará libres, es fácil caer en el estereotipo orwelliano de que los internautas chinos viven esperando una oportunidad para saltarse el 'firewall' y que cambiarán sus puntos de vistas cuando lo hagan. Sin embargo, la realidad es que no hay tantos contenidos inaccesibles y que, salvo extranjeros, activistas y empresas de comercio internacional, escasísimos usuarios chinos se interesan por saltarse nada.

Molly Roberts ha demostrado que la censura hoy en día no funciona a través del miedo o la represión, sino de forma más sutil: con una internet porosa donde el usuario podría saltarse la censura, pero decide no hacerlo, ya sea por disuasión (la pereza de usar una VPN de pago que encima ralentizará las búsquedas unos preciosos segundos) o por distracción (la internet en chino es tan masiva, tan entretenida y sobreabundante de contenidos inocuos que las noticias polémicas quedan diluidas con facilidad). Es decir, los estudios muestran que, si la mayoría de los internautas no se saltan el 'firewall', no es por miedo, sino porque no saben que existe o porque piensan que no vale la pena tanta molestia. Más aún, cuando deciden usar una VPN y echar un vistazo a otros contenidos, no suele ser para informarse sobre cuestiones políticas, sino para acceder a algún entretenimiento como Instagram.

En las redes chinas sobre todo se trata de evitar el activismo y la movilización. Los 'posts' no pasan una censura previa, pero cada grupo de WeChat (el WhatsApp/Facebook local) tiene a su administrador como responsable legal de lo que en ese espacio se diga, de modo que son los propios usuarios los que corren a evitar mensajes potencialmente problemáticos. Con todo, como cualquier usuario de redes en mandarín puede atestiguar, hay espacio para la crítica. De hecho, el propio Gobierno también anima a que se expresen críticas al sistema, pues es una forma muy eficiente para el Estado central de recabar quejas sobre corruptelas locales, casos de mala gestión a nivel provincial o cuestiones que molestan a la población y que con el tiempo podrían convertirse en motivo de protestas reales. De nuevo, frente al tecnooptimismo, la realidad demuestra que incluso la expresión en las redes sociales es un arma que también puede llegar a servir para mantener un 'statu quo' perenne.

Compra ética y nacionalismo

En esta nueva era, los internautas jóvenes coinciden en dar importancia a los valores éticos de las compañías cuyos productos consumen. En lo que parecen no estar de acuerdo es: ¿qué valores son esos?

El consumo ético puede ser hasta cierto punto efectivo en la lucha contra la depredación sexual en la industria cultural, la denuncia de las condiciones de trabajo en terceros países o conseguir que los supermercados ofrezcan más productos para celiacos o veganos. Como vectores del capitalismo, las compañías globales harán cualquier cosa que fomente su beneficio y, en mitad de la moda de responsabilidad social, empresas como Nike tratan de tomar la delantera a esas reclamaciones sociales sean las que sean.

Si esta crisis del algodón está demostrando algo, es que ni la conexión digital mundial ni la globalización económica vienen con un conjunto de valores de talla universal, sino que cada nación exige ajustarlos a medida de sus nacionalismos. Por eso, en vez de dar por garantizados nuestros valores, nos toca defenderlos cada día.

Nike Derechos humanos Uigur