Boris, la gran estafa
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Celia Maza (La Isla)

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Boris, la gran estafa

Es pronto para hacer vaticinios sobre Boris Johnson. Aunque, hoy por hoy, en la ciudadanía y las propias filas 'tories' lo que existe es cierta sensación de estafa

placeholder Foto: El primer ministro británico, Boris Johnson. (EFE)
El primer ministro británico, Boris Johnson. (EFE)

Margaret Thatcher y Tony Blair vieron cómo su popularidad se desplomaba en los primeros doce meses de su mandato. Pero luego se convirtieron en dos de los inquilinos de Downing Street más memorables de la historia del Reino Unido. Es pronto, por tanto, para hacer vaticinios sobre Boris Johnson. Aunque, hoy por hoy, en la ciudadanía y las propias filas 'tories' lo que existe es cierta sensación de estafa.

Se cumple un año desde que el excéntrico político consiguiera para los conservadores la mayor victoria electoral desde 1987. Su promesa de “ejecutar el Brexit” logró incluso que los distritos del llamado Muro Rojo del norte de Inglaterra abandonaran a los laboristas por primera vez desde la II Guerra Mundial. El hombre que siempre había soñado con ser “rey del mundo” entraba en el Número 10 cual César del gran imperio.

Pero los sondeos ahora no acompañan, la formación está más divida que nunca y la oposición laborista tiene un nuevo líder que inspira respeto y confianza. Por su parte, los independentistas escoceses (que quieren nuevo referéndum secesionista) lideran las encuestas para los comicios de mayo al Parlamento de Edimburgo y Estados Unidos —el histórico gran aliado— cuenta con un nuevo presidente electo que ya ha advertido que no está entre sus prioridades cerrar un acuerdo comercial con un Reino Unido fuera de la UE.

Foto: Foto de archivo de Boris Johnson y Donald Trump. (Reuters)

El 31 de diciembre, los británicos consuman a efectos prácticos el histórico divorcio con el bloque. Y sigue sin haber convenio que evite cuotas y aranceles. Quizá no es el mejor escenario para la economía de un país ya en recesión, donde la pandemia ha dejado el mayor número de muertes en Europa (más de 60.000).

En estos últimos doce meses, Johnson (56 años), se ha divorciado, se ha comprometido con Carrie Symonds (32 años), ha estado a punto de morir por coronavirus y se ha convertido nuevamente en padre. La montaña rusa también se ha vivido políticamente. Se ha visto muy poco de Boris y mucho de Johnson. El hombre ocurrente, simpático, desenfadado ha sido engullido por un mandatario vago, indeciso, sin control sobre los detalles y secuestrado prácticamente por un oscuro asesor que le cortaba cualquier línea de comunicación con las filas y el propio Gabinete.

Sin equilibrios

Siempre se supo de las dos facetas. Los 'tories' no pueden decir ahora que hubo publicidad engañosa cuando realizaron el pedido y le eligieron como líder, tras forzar la dimisión de Theresa May. Pero el problema es que no ha existido el equilibrio que tantos éxitos cosechó durante su larga aventura como alcalde de Londres.

Se escuchan incluso rumores de que el primer ministro podría ser derrocado en los próximos meses. Pero, francamente, se antoja bastante complejo. Entre otras cosas, porque, de momento, los 'tories' no cuentan con otro candidato. La creciente popularidad del ministro del Tesoro, Rishi Sunak (40 años) le ha puesto en el foco. Pero no cuenta con la experiencia suficiente y seguramente el pueblo comenzará a verle con otros ojos cuando corte grifo a los ERTE, comience a subir los impuestos e imponga recortes para hacer frente al agujero presupuestario de 442.000 millones de euros (un 19% del PIB) que se prevé para 2020, lo que representa el mayor endeudamiento en la historia del país “en tiempos de paz”.

Foto: El primer ministro británico, Boris Johnson. (Reuters)

De momento, Johnson no quiere siquiera escuchar la posibilidad de regresar a la era de austeridad impuesta en su momento por David Cameron. Son ya diez años los que llevan los británicos con un inquilino conservador en Downing Street (2010-2015, en coalición con los liberal demócratas). Subir los impuestos cuando se acerquen las próximas generales en 2024 no será la medida más popular. Pero tampoco es que haya muchas opciones.

En efecto, nadie contaba con una pandemia global. A Johnson no se le puede culpar del coronavirus. Pero no se le puede eximir de ciertas responsabilidades. Porque sí estaba en sus manos haber impuesto antes un confinamiento en lugar de decir a los ciudadanos que se lavaran las manos mientras cantaban dos veces "cumpleaños feliz". Es también su responsabilidad mantener la disciplina en su formación para que sus diputados apoyen las restricciones sociales ante la crisis y se eviten así rebeliones en Westminster que no hacen más que mermar su autoridad.

El Partido Conservador se ha convertido estos días en una amalgama de grupos rebeldes. Hay prácticamente uno para cada política del Gobierno. Están los que se oponen a los nuevos confinamientos; los que no quieren estrechar las relaciones con China y han forzado la salida de Huawei de la red 5G; los que exigen para el norte de Inglaterra más ayudas; los que se niegan a realizar concesiones a Bruselas para cerrar ahora un acuerdo comercial… En definitiva, caos.

Foto: El primer ministro británico, Boris Johnson. (EFE)

De momento, poco se intuye del “Global Britain” de la que los euroescépticos hablaban cual tierra prometida. Quedan apenas tres semanas para cortar los lazos con la UE. Y, hasta ahora, Johnson tan solo ha cerrado un convenio comercial con Tokio (cuando el comercio con Japón solo representa el 2% del total del Reino Unido) y con Canadá (que básicamente ha sido un copia pega del pacto que Ottawa tenía con Bruselas).

Por otra parte, a Johnson también se le puede responsabilizar de sus elegidas amistades. Durante demasiado tiempo otorgó un poder sin precedentes a su oscuro asesor Dominic Cummings, que tenía al 'premier' en una especie de búnker, controlando de manera enfermiza con quién podía hablar y con quién no. El que fuera cerebro de la campaña pro Brexit inició una auténtica batalla contra las instituciones —entre ellas la BBC y el cuerpo de funcionarios—, sembró una cultura laboral tóxica en el Número 10 y planeó una revolución tecnológica basada en la inteligencia artificial. Y todo eso con el beneplácito de Johnson, que llegó incluso a defenderle cuando el estratega fue pillado saltándose el confinamiento en plena pandemia.

Al igual que hizo durante su etapa al frente del ayuntamiento de Londres, el líder 'tory' delegó en su grupo de asesores cuando llegó a Downing Street. Pero, cuando su popularidad cayó por los suelos y la relación con sus filas era ya insostenible, Johnson dio la patada a Cummings para pulsar el botón de “resetear” en un episodio más puro al estilo de Juego de Tronos que ha terminado con su prometida convertida en Lady Macbeth.

En definitiva, no ha sido el año que el excéntrico político esperaba. Es pronto para hacer vaticinios. Pero, hoy por hoy, lo que existe es cierta sensación de estafa.

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